Dante y Virgilio. La Experiencia y la Poesía, luz en la oscuridad, adentrarse en los abismos

Dante y Virgilio. La Experiencia y la Poesía, luz en la oscuridad, adentrarse en los abismos

Recuerda Dante los comienzos de su atrevido viaje que lo llevará por el Infierno, el Purgatorio y el Paraíso.

Recuerda el terror que lo invadió al inicio del camino. Fue cuando sintió que “perdí toda esperanza”, cruzado el león y la loba en su camino. ¿Seguiría?

Seguiría. Alguien, alguien inesperado divisó: “miro a uno que al pronto mudo advierto, /tal vez por uso de silencio largo”. Le habla en su desesperanza: “Ten piedad -le grité- de este afligido”. Pero, ¿quién es? “Poeta fui, canté del noble y justo/ hijo de Anquises que de Troya vino, / después de hundido su poder robusto”. Sabe entonces Dante quién es aquel: “¿Eres tu aquel Virgilio, aquella fuente/ que anchos ríos de dulce hablar derrama … Mi maestro eres tú, mi autor precioso:/ tú aquel de quien tomaron mis Camenas/ el que gloria me ha dado, estilo hermoso”. Y le ruega: “Mira la fiera que resisto apenas; defiéndeme, gran sabio, de su ultraje”.

No sólo lo defendería. Haría más: “Más hora por tu bien pienso y discierno / que ser debo tu guía y quien te lleve / desde este sitio humilde hasta otro eterno”, a las mismas puertas de San Pedro, que de allí no podrá pasar el maestro, para el encuentro de Dante con Beatriz.

Inesperado: ¿un Poeta para afrontar el atrevido viaje?

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Explica Virgilio qué hace allí: Beatriz lo envió.

Hace a la historia que motoriza y que culmina el viaje.

Pero no hace a la imbricación profunda entre Dante y Virgilio: la Experiencia y la Poesía.

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Porque la explicación la da el propio Dante. Dante debía encontrarse con Virgilio: “Mente que lo que vide yo escribías”.

La experiencia vívida de Dante necesitaba de las palabras que Virgilio ya escribió.

Esas palabras de Virgilio necesita ahora Dante: Ruega a Sibila: “Oh virgen, los trabajos y desventuras que me aguardan nada nuevo tienen para mí. Todo lo he previsto, lo he pesado todo de antemano en mi ánimo. Sólo te pido una gracia: puesto que aquí, según dicen, está la puerta del rey de los Infiernos y el tenebroso lago de donde desborda el Aqueronte, séame permitido ir a ver la faz de mi padre amado: muéstrame el camino y haz que pase el sagrado ingreso”. La virgen lo acompañará y aconsejará. También, le advertirá: “Ilustre vástago de los dioses, troyano hijo de Anquises, fácil es descender a los Infiernos; pero magno y penoso trabajo es desandar el camino para salir a las alturas”. Advertido, desciende. Debía hacerlo. Su padre allí le había llamado, para mostrarle el porvenir que le esperaba, y de se modo alentar sus trabajos y no cejar ante las adversidades.

Virgilio nos cuenta quienes allí se establecieron: el Orco, el Duelo, los vengadores Cuidados, las pálidas Enfermedades, la triste Ancianidad, el Miedo, el Hambre, mala consejera, la hedionda Pobreza, el Sufrimiento, la Muerte, el Sueño, su hermano, los goces culpables del alma, la homicida Guerra, la furiosa Discordia, los vanos Ensueños, mil monstruos diversos.

Al borde del Aqueronte están las sombras de los muertos. Reconoce a algunos de los suyos entre ellas: Leucaspis, Orontes, Palinuro. En la otra ribera, las sombras de niños muertos prematuramente, de mortales falsamente acusados, de suicidas, de consumidos por el amor, de héroes de guerra. Otros más reconoce Eneas: Fedra, Procris, Erifile, Evadne, Pasifae, Laodamia, cenea, Dido, Siqueo, Tideo, Parthenopeo, Adrasto, Glauco, Tersiloco, Medonte, los tres hijos de Antenor, Poliofetes, Ideo, Deifobo.

Allí, un tribunal, con Minos como cuestor, decide la suerte de las almas, examinando sus vidas e investigando sus crímenes.

Baja al Tártaro, el lugar de los suplicios reservado a los malvados. Custodiado por Tisifone y presidido por Radamente, asistido por la hidra. Allí, reconoce a los Titanes, los dos hijos de Aloe, Salmoneo, Titión [Prometeo], Ixión, Piritoo, Teseo, Flogias. Allí están los que en vida odiaron a sus hermanos, maltrataron a su padre, traicionaron la buena fe de un cliente, los avaros, los adúlteros, los impíos, los que no cumplieron la palabra dada a su patrón, el que vendió su patria, el corrupto, el incestuoso.

Llegaron al fin a los Campos Elíseos, “los amenos lugares, las rientes praderas y deliciosos bosques, mansión de los felices”. Ve allí a Orfeo, la raza de Teucro, entre ellos a Ilo, Assaraco, Dárdano, fundador de Troya, los guerreros que murieron combatiendo por la patria, los sacerdotes de vida pura, los vates piadosos, los artistas, los benefactores. Y está Anquises, su padre.

Ya: las palabras han sido dichas.

Dante debía conocerlas, debía aprenderlas. Para ahora poder usarlas.

La Experiencia, “lo que vide yo”, había encontrado la Poesía, las palabras que Virgilio “escribías”.

El viaje que estaba comenzando, podía recorrerse: podía ser cantado: no se perdería.

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Fue guía el Poeta, ante cada vacilación, duda y temor de Dante. Como ante la temible sentencia: “¡ah, los que entráis, dejad toda esperanza!”.

Se atemorizó: “maestro -dije-, su sentido es duro”.

La Poesía, el Poeta, Virgilio, da respuestas, con ello un sentido, con ello seguridad: “Y él replicóme cual persona experta/ ‘Aquí es bien que el temor dejes a un lado’”.

Y así sería en todo este viaje.

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Este viaje, que sería no sólo por esas regiones que los mortales simples no pueden recorrer sin quedarse allí.

Este viaje es también el viaje que, pudiendo volver, te lleva de nuevo a tu hogar, a ti mismo. Cuando en el séptimo círculo del Infierno Dante encontró a Bruneto Latino, su antiguo discípulo, éste le preguntó: “Y este, ¿quién es que te enseño el camino?”. Y Dante: “Allá en la vida quieta/ descarriado me vi por selva umbría … La espalda ayer mañana ya volvía/cuando éste vino a reponerme en ella, / y a volverme al hogar por esta vía”.

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Viaje que, de ida y vuelta como advirtió Sibila, solo pocos han podido: Dioses y Poetas. Dos poetas hasta entonces: Dante y Virgilio.

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Virgilio, es para Dante también, la manera que su poesía encuentra para explicarnos lo que necesitamos entender, sin que la voz del narrador interrumpa la narración que nos trae.

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Pero no es sólo un recurso narrativo. La Poesía explica la vida. “Maestro, tu palabra envía / tanta lumbre a mi mente, que, a su lado, / apagado carbón todo sería”.

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Tampoco es sólo una función.

Si ayer, Homero, Virgilio, invocaban a las Musas, ahora, Dante invoca a personas, seres humanos, poetas de carne y hueso, Virgilio, para que vengan en nuestra ayuda y poder cantar lo que los abismos nos presentan.

“¿Quién con holgura de palabra airosa

Pintar podría, y con cabal semblanza,

Cuanto yo vi de llaga sanguinosa?

A empresa tan difícil, ¿quién se lanza,

Sin miedo al pobre idioma, y a la mente

Que escenas tales a abarcar no alcanza?”

El pobre idioma parece no alcanzar a cantar a quienes se adentran en los abismos de la experiencia humana, vivida e imaginada. Necesita otro idioma, aquel que cantan los Poetas.

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Idioma, pobre o excelso, que debe modular su voz acorde a la escena que canten -que no todo es cuestión del lenguaje-.

Al salir del Infierno y entrar al Purgatorio “tornó a dar a mis ojos la alegría”.

Fue entonces cuando supo que otra modulación de las palabras hacían falta. “Más cambie el verso aquí su fuerza dura … y a mi voz preste el son aquel tan blando … del triunfo y del perdón desesperando”.

Aquí el cuerpo de Virgilio se va difuminando, “sombra no hace ya la imagen mía”: no son regiones a las que pueda acceder, muerto pagano. Por eso otro recurso asoma, y Dante se irá dirigiendo, aunque ocasionalmente, de manera directa a nosotros: “Aquí, lector, a ver lo verdadero / presta atención”.

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Aquí, el conocimiento gana protagonismo. “De saber ansioso estaba”.

Y la Poesía, se une no solo a la Experiencia, se une también al Conocimiento.

“Por eso, dulce padre, yo te ruego / me expliques el amor, del que decías / que del bien y del mal produce el juego”. Y Virgilio le explica.

Pero se acercan al final del camino que pueden recorrer juntos. La Poesía, unida a la Experiencia y al Conocimiento, cederá su lugar a la Fe y al Amor, encontrándose Dante con Beatriz.

Cuando se acercan al final del camino juntos, aparece el poeta Estacio, que se inclina ante Virgilio, “sombra mezquina” porque vive en el Infierno.

¡Pero es el encargado de guiar a Dante! Paradoja de paradojas, la misma que canta Virgilio: será la mezcla de dos razas enfrentadas, la asiática y la europea, Troya e Italia, Turno y Eneas, invirtiendo su historia, reescribiéndola, rehaciéndola, la que dará a luz a un nuevo mundo.

La Poesía, por sobre todo, canta la infinita complejidad que critica la simplificación de la vida que hacemos los pobres mortales; canta la paradoja, la mezcla; canta al Bien y al Mal; canta asomarse y adentrarse en el abismo sin perder la inocencia, poder ir y volver; canta mundos nuevos que la imaginación siembra y los seres humanos cultivamos y traemos a la vida.

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El Virgilio de Dante es un audaz recurso literario; es la audacia de, otra vez y como Virgilio, tomar la tradición para así deshacerla, rehacerla y crear algo nuevo; es la unidad de la Experiencia, el Conocimiento y la Poesía, es darle a la poesía la potencia de llevar luz en la oscuridad, de adentrase en los abismos que la humanidad, y cada uno de nosotros, tiene consigo.

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