La muerte de Virgilio, Hermann Broch

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La muerte de Virgilio, Hermann Broch

Llegan los días finales de Virgilio.

Y con ellos, un remontarse a toda su vida y a su obra. Para llegar a una conclusión, a una decisión. Una decisión que Augusto César, severo y tierno, déspota y amigo, rechaza: “Tu plan de destrucción es criminal”.

[Una decisión que nos permite conocer lo que no conocemos, lo que es esta novela: “¡Un comentario de Virgilio sobre su propia obra!”].

¿Cuál plan criminal? Quemar su obra.

¿Y por qué quiere Virgilio quemarla?

[Como en la Eneida, todo fluye trastocándose, metamorfoseándose en su contrario: estados de ánimo, ideas, sensaciones. Y sobre todo: el César, héroe estatal de su tiempo, en defensor de la poesía; Virgilio, el poeta, en defensor de la acción, de la construcción del Estado, de la construcción de Roma, denostando su obra, y la poesía].

Cuatro elementos en los días finales de Virgilio. El agua, que lo transporta contra su voluntad, una nave imperial llevándolo por el mar de Grecia a Brindis, ya enfermo, débil, cuidado y a la vez a merced de los otros. El fuego, cuando experimenta un “incendio de vida”, un impulso a una vida nuevamente vivida que lo sacudió estando hundido en su angustia de muerte, y que lo llevó a su terrible decisión. La Tierra, el reconocimiento de la verdad de la amistad y el amor, y lo confirmó en su terror del límite del conocimiento que ansiaba y que por no alcanzarlo le hacía querer destruir su obra: “preso en lo terreno es conocimiento de la vida, no de la muerte”, al que debe aspirar la verdadera poesía.

[Y que, habiendo alcanzado esta verdad de la poesía, hace de Virgilio el Virgilio medieval: anunciador de la llegada del Cristo. La proclamación de la venida del Salvador que une la vida y la muerte venciéndola. Mucho para un poeta].

Seis claves que llevan a la decisión de Virgilio:

  • El conocimiento. Traído de nuevo a Italia por el César, Virgilio se lamenta. “¿Por qué había cedido a la insistencia de Augusto?, ¿por qué se había alejado de Atenas? Ahora se había desvanecido la esperanza de que el sagrado y gozoso cielo de Homero favoreciera, propicio, la terminación de la Eneida; se había desvanecido cualquier esperanza de la inconmensurable novedad que hubiera debido surgir, la esperanza de una existencia filosófica y científica, alejada del arte y de la poesía, en la ciudad de Platón, se había desvanecido la esperanza de poder pisar jamás la tierra jónica: ¡oh, había desaparecido la esperanza en el milagro del conocimiento y en la salvación por el conocimiento!”
  • El destino. “¿Por qué había renunciado a ella? ¿Voluntariamente? ¡No! Había sido casi una orden de las fuerzas ineludibles de la vida, de aquellas indeclinables fuerzas del destino … a las que nunca es posible sustraerse, a las que siempre hay que someterse: era el destino. Él se había dejado llevar por el destino y el destino lo llevaba al final”.
  • La época. Mira en la nave los esclavos; mira las mercancías que se comercian; mira al personal de la corte, todo ávido, goloso, codicioso: “¡Oh, bien se merecían alguna vez ser representados con exactitud! ¡Un canto de la codicia debía estarles dedicado! Más, ¿de qué serviría ahora? Nada puede el poeta, ningún mal puede evitar; se le escucha únicamente cuando magnifica el mundo, pero no cuando lo representa como es. ¡Sólo la mentira es gloria, más no el conocimiento!”
  • La función de la poesía. “¿Y sería posible, pues, pensar que a la Eneida le tocaría ejercer otra influencia, una influencia mejor? ¡Ay, se la ensalzará, porque todo lo que él ha escrito ha sido ensalzado, porque también en ella se leerá solamente lo agradable … demasiado bien conocía a este público, para quien la grave labor del poeta, la auténtica, que aguanta el conocimiento, consigue tan poca atención como la de los esclavos del remo, llena de amargura, amargamente dura”.
  • La soledad. Porque la masa de los remeros, del pueblo de Brindis, de los italianos, era salvaje, animal, infrahumana: no le comprendían. Los de la corte eran ávidos, glotones, codiciosos, orgullosos: le eran indiferentes, no tenía nada en común con ellos.
  • La memoria, el recuerdo. En este repaso de su vida, en todo lo que cantó en la Eneida. “¡Oh, recuerdo indestructible, recuerdo del ondular del trigo … oh, ciencia del arribo y del retorno, esplendor del recuerdo!”

La decisión que toma entonces es fatal, todo lo llevaba a ella: Del conocimiento fue arrancado, como se lamentaba, y en sus horas finales comprende que no puede alcanzar el conocimiento de la muerte. La época que hace a la función de la poesía hizo que no describiera, sino que ensalzara al pueblo romano. La soledad y el recuerdo lo distancian del mundo en el que vive, y la poesía no puede tocar ese mundo, ni pertenece a otro mundo.

Es la crisis del escritor que duda de su obra. No de las cumbres que alcanzó, sino de los fines de su obra, de su sentido, “del fin objetivo de la Eneida”.

[En esta crisis, largas meditaciones metafísica sobre el inicio y el retorno, el comienzo y el final, el ser y el no ser… Pero, como le dijo sabiamente Augusto a Virgilio: “te torturas y quieres ocultarlo entre enigmas; eso no es bueno para el hombre, lo oscuro no es bueno”].

Es la crisis que llama a sus amigos. Plocio Tucca, Lucio Vario y el mismísimo César Augusto. Con éste, amado creador de la presente Roma, posible por el triunfo del combate naval de Accio, que trajo paz, prosperidad, legislación moderna, un sistema monetario, bibliotecas, sobre la que se iba construyendo el Imperio y que era el triunfo de Occidente sobre el oscuro Oriente, discutió largamente.

Los argumentos, inteligentes, iban y venían del uno al otro. Virgilio afirmaba la superioridad de la acción, de la construcción del Estado, de la construcción de Roma y su Imperio. Augusto sostenía que la Eneida, ese canto perfecto a Roma y el Imperio, era ya propiedad de Roma y su pueblo. Sin parecerlo, coincidían. Aunque Virgilio creía que “la fuerza imaginativa del arte está rigurosamente condicionada por la época”, y con Roma y su Imperio una nueva época estaba naciendo. Finalmente, sin embargo, Virgilio accedió a no quemar su obra.

Había entonces algo, algo más que la función de la poesía, que la época que la determinaba, que la aspiración del conocimiento, que la comprobación de la soledad y la dolorosa y grata memoria. Era la creencia de Virgilio, era en lo que Virgilio creía, era lo que ya había escrito en la Eneida: “coloqué por encima de cualquier actividad artística tu obra, tu Estado, tu semejanza del espíritu romano, como lo único valedero”.

Crisis del artista, ¿vale la poesía, la obra, las formas, el lenguaje llevado a su esplendor, ante las exigencias del mundo?

Y entonces [¿la vida imita al arte?], replica la Eneida: vuelve, con su vida y revirtiendo su decisión, a exaltar a Roma, a su pueblo, a su Emperador. Tal vez es de este modo que cumple su Destino, habiendo querido esquivarlo a última hora. Tal vez es de este modo que, sí, como afirmó: el poeta, la poesía, cumple su destino siguiendo la dirección de su tiempo, cantando su época.

(Alianza Tres. Versión de J. M. Ripalda sobre traducción de A. Gregori)

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