
Thomas Mann y Virgilio. En la contradicción contemporánea
“En lo que se refiere a la conversación, a la controversia de aquel día — naturalmente, controversia entre Naphta y Settembrini—, giró en torno a un tema aparte, sin guardar más que una ligera vinculación con las habituales discusiones sobre la francmasonería … una discusión que se mantiene con una pasión como si a uno le fuese la vida en ella y, al mismo tiempo, con un ingenio y una agudeza como si todo ello no fuese más que un elegante duelo deportivo —y esas dos peculiaridades se daban en todas las discusiones entre Naphta y Settembrini— siempre es digna de ser escuchada con interés, incluso por parte de quienes no captan muy bien ni los argumentos ni su alcance”.
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El dantesco guía en el camino del amor.
Settembrini le lanza a Hans Castorp:
“—¿Qué he oído, ingeniero? ¿Qué rumor ha llegado hasta mis oídos? ¿Vuelve su ‘Beatrice’? ¿La estrella que le guía a través de las nueve esferas giratorias del paraíso?”
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Pero interpuesto en el camino del amor. Si Hans Castorp siguiera sus sentimientos, su guía, el humanista liberal Settembrini perdería su lugar.
“¡Espero que, a pesar de eso, no desprecie usted del todo la mano amiga de su Virgilio!”
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Apresado tanto Hans Castorp como el mismo Virgilio-en un juego de contradicciones. Contradicciones de la época presentes por medio de los dos representantes de su época el liberal humanista Settembrini y el jesuita promotor del alba proletaria Naphta.
“Nuestro eclesiástico, aquí presente, le confirmará que el universo del medievo no queda completo si a la mística franciscana le falta el polo opuesto, el conocimiento tomista.
Todos rieron al oír semejante despliegue de pedantería y miraron a Hans Castorp, que también se reía y levantó su copa de vermut a la salud de ‘su Virgilio’.
Parece imposible de creer el reñido debate intelectual al que dieron pie, durante la hora siguiente, aquellas palabras de Settembrini que, aunque muy rebuscadas, en el fondo eran inofensivas. Pero Naphta, para quien, obviamente, constituían toda una provocación, devolvió el ataque de inmediato y arremetió contra el poeta latino, al que Settembrini, como todos sabían, adoraba e incluso consideraba superior a Homero; y si Naphta había manifestado más de una vez un profundo desprecio por la poesía latina en general, aquí aprovechó la nueva ocasión que se le ofrecía para insertar un comentario malicioso”.
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Para el portavoz fanático del “alba proletaria”, Naphta, Virgilio era apenas un cortesano:
—Desde luego, el gran Dante fue harto benevolente al celebrar con tanta solemnidad a semejante poeta de tres al cuarto y al convertirle en un personaje tan importante de su obra, por mucho que el señor Lodovico insista en hacer una interpretación masónica del papel de Virgilio en Dante. Porque, ¡vamos!, vale bien poco ese cortesano laureado, ese vil adulador de la casa julia, ese literato cosmopolita y farragoso orador sin un ápice de creatividad, cuya alma, si es que la tenía, debía de ser de segunda mano, y que en realidad no fue un poeta sino un francés con pelucón empolvado… En la época de Augusto, eso sí…
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El humanista liberal ataca destacando las contradicciones de su contendor, pero apoyándose en los propios dogmas del que ataca:
“Settembrini estaba seguro de que su honorable contrincante poseía sobrados medios y razones para conciliar su desprecio hacia la cultura romana con su trabajo de profesor de latín. No obstante, creía necesario llamar la atención de Naphta sobre el hecho de que tales juicios entraban en una contradicción aún mayor con su propia época favorita, en la que no sólo no se había despreciado a Virgilio, sino que se le había hecho justicia de un modo bastante ingenuo, considerándole un sabio y casi un mago”.
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No le haría mella: los viejos dogmas que fundaban su doctrina debían ser rechazados [muy virgilianamente por otra parte] en nombre de la nueva época que nacía:
“Naphta le respondió que recurrir a la ingenuidad de ciertas épocas de la cultura occidental era inútil; una ingenuidad que extraía su fuerza creadora de la demonización de lo que había superado. Por otra parte, los doctores de la joven Iglesia no se cansaban de advertir sobre las mentiras de los filósofos y poetas de la Antigüedad, y en particular sobre el peligro de dejarse engañar por la voluptuosa elocuencia de Virgilio. El momento presente, en el que de nuevo tocaba a su fin una etapa de la historia y alboreaba un nuevo período proletario, era sin duda muy adecuado para tomar conciencia de tales peligros”.
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Dos épocas chocan: la humanista, liberal y burguesa y la naciente proletaria. Pero -observemos- por tradición o necesidad, las dos hunden sus raíces en la cultura clásica, en la literatura clásica, en Virgilio. Settembrini exaltándola, Naphta como profesor de latín, debiendo recurrir a ella.
—¡Pero los habéis estudiado! —exclamó Settembrini—. ¡Habéis estudiado a todos esos poetas y filósofos antiguos hasta sudar tinta, como también habéis intentado apropiaros de su valioso legado y de los materiales de los monumentos antiguos para construir vuestras casas de oración! Pues erais muy conscientes de que no seríais capaces de producir una forma de arte nueva sólo con la fuerza de vuestro espíritu proletario, y esperabais vencer a la Antigüedad con sus propias armas. ¡Eso es lo que pasa siempre! Vuestra recién estrenada juventud tendrá necesariamente que formarse y refinarse estudiando todo eso que vosotros quisierais poder despreciar y obligar a despreciar a los demás, pues sin cultura no podéis imponeros a la humanidad y sólo existe una cultura: la que llamáis cultura burguesa y que, en el fondo, no es más que la cultura humana”.
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Aunque la valoración difiriera, lo mismo que el porvenir que le esperaba a Virgilio.
Para Settembrini, “una Europa que supiera conservar su patrimonio cultural eterno sabría perfectamente cómo superar ese apocalipsis proletario con el que soñaban algunos para alcanzar un presente en el que imperase la razón clásica”.
Para Naphta, “—Es justo ese presente lo que parece usted ignorar. Pues lo que, en efecto, está a la orden del día es poner en tela de juicio lo que el señor Settembrini da por sentado como algo positivo; el presente es cuestionarse si esa tradición mediterránea clásica y humanista es realmente el reflejo de la esencia del hombre y, por lo tanto, un patrimonio eterno, o si, por el contrario, no es más que una forma de pensamiento típica de una época concreta, del liberalismo burgués para ser exactos, que como tal puede morir con ella. Eso debe decirlo la historia”.
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La historia. Que parece decidir algo. Pero no se detiene. Mientras tanto, la contienda.
Settembrini amplia la contradicción. “Con excesiva temeridad exponía mi adversario -exclamó- su adhesión a la fogosa barbarie de ciertas épocas, burlándose del amor a la forma literaria, sin la cual, por otra parte, nunca hubiese sido posible ni imaginable la humanidad. ¡No hubiese sido posible nunca! … Únicamente es noble una particular forma de lujo: la generosità, que consiste en conceder a la forma un valor humano propio, independiente de su contenido (el culto a la palabra como un arte por el arte mismo, esa herencia de la civilización grecolatina que los humanistas, los uomini letterati, habían devuelto al menos al mundo romano y que había sido la fuente de todo idealismo, en un sentido más amplio y sustancial, incluso del idealismo político. ¡Sí señor! Lo que usted desearía envilecer al separar la palabra de la vida no es otra cosa que una unidad superior en la corona de la belleza, y no me asusta el bando en que luchará la noble juventud en una batalla que decida entre la literatura y la barbarie.
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Mientras tanto, un espíritu conciliador se impone al joven Hans Castorp. Pero algo más.
“Hans Castorp, quien había seguido la conversación bastante distraído porque su atención la atraía la persona del guerrero y representante de la verdadera nobleza allí presente, o, mejor dicho: la nueva expresión de sus ojos se sobresaltó de repente porque se sintió aludido por las últimas palabras de Settembrini, y puso la misma cara de aquel día en que el italiano quiso obligarle solemnemente a elegir entre Oriente y Occidente, una cara de total escepticismo y espanto, y guardó silencio.
Los dos contrincantes lo llevaban todo al extremo, como, sin duda, era indispensable si se quería discutir, y se peleaban encarnizadamente sobre los supuestos más radicales; él pensaba que aquello que se podía denominar ‘lo humano’ tenía que hallarse en algún punto intermedio entre aquellas exageraciones insoportables, entre el humanismo grandilocuente y la barbarie analfabeta”.
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Ese algo más es casi una paradoja, después de haber desgarrado a Virgilio entre las contradicciones contemporáneas: que la exaltación de las antagónicas posiciones en discusión, fueran el resultado de una broma. Una paradoja, o una tragedia.
“Pero Hans Castorp no expresó su pensamiento para no irritarlos; lleno de reticencias, les dejó que se encarnizasen cada vez más y aumentase su hostilidad, desde el momento en que Settembrini había desencadenado la discusión con su broma sobre el latino Virgilio”.