Los hombres oscuros, de Nicomedes Guzmán

A partir de

Los hombres oscuros, de Nicomedes Guzmán

A su cuarto de pieza que le subarrienda Hortensia compartiendo los otros dos tercios con su marido el carnicero y sus 6 hijos, llega Pablo, el lustrabotas, después de una jornada de trabajo, y “aquí estoy yo y mi imaginación devanando la vieja madeja de cada día”.

Lo que ve en la calle al trabajar. Lo que ve en el conventillo en el que vive. “La miseria juega a las bolitas, al trompo o al volantín con la humanidad de este pequeño mundo proletario. El hambre, por consiguiente, no anda ausente, y se pasea por más de algún cuarto, haciendo chascar su fusta de capataz.”

Están allí Cristina Blanco y su marido Carlos González ambos trabajan en la Compañía de tranvías, con sus tres hijos. Carlos de la directiva del sindicato y militante del Partido Socialista, pero en su pieza “adornada con un retrato de Lenin y otro de Recabarren”, donde “se realizan reuniones de obreros tranviarios … la ‘compañera Blanco’ como la llaman levanta su voz entre los roncos discursos masculinos”.

Está la mayordoma, doña Auristela, implacable para cobrar y maltratar a los inquilinos para el propietario, don Andrés.

Están allí “gente de la más baja condición social: obreros, peones, mozos, costureras que se amanecen pedaleando, lavanderas que consumen su vida curvadas sobre la artesa, rateros y putas; una de las piezas las ocupan dos maricones que realizan por la noche fiestas y bailoteos … hombres que por las noches llegan cansados de la faena, abatidos por la ruda jornada o embotados por unos tragos de vino … en ocasiones terminan por golpear a la hembra … en algunos de los cuartos, media docena de inocentes, una esposa o una madre, se retuercen de hambre, en tanto el dueño de casa corretea por las calles, de fábrica en fábrica, de obra en obra, en busca de trabajo … Así gira, aceza, late, puja y se retuerce la vida de este pequeño universo proletario”. Se suman después cesantes del norte llevados al sur como colonos para abandonarlos en Temuco, llegó con ellos también, “un araucano”, Coñopán, toda “gente derrotada y miserable … el dolor del pueblo rechina los dientes.”

“La noche tiembla sobre el barrio”, y vemos, la fiesta por el santo de un vecino, con sus borracheras; con sus cuecas: “dicen que las penas matan,/ yo digo no matan na’;/ que si las penas mataran/ yo me habría muerto ya”; con sus tonadas: “cuando llegó tu partida,/ ¿por qué no llegó mi muerte?/ ¡Cómo podré vivir yo,/ ausente de ti y sin verte!”; con el muerto tajeado en la calle; con las rondas de las niñas en la calle: “Yo soy la viudita/ del Conde Laurel,/ que quiero casarme/ y no hallo con quién”; los amores tímidos, de él por Inés, una vecina; “algún perro aúlla”, se oyen cantos afuera: “Canto la Pampa, la tierra triste,/ réproba tierra de maldición,/ que de verdores jamás se viste/ ni en lo más bello de la estación”.

Víctor Alonso el suplementero lo invita a una reunión de la Alianza de Trabajadores; le dice que no, está con Inés en la cabeza. En el café Carlos González y Arturo Robles discuten las cosas del sindicato y el Partido. Robles, desalentado por los resultados, se los explica por la apatía de los trabajadores. Recuerdan “esas grandiosas jornadas de los años veinte. Reuniones aquí, mítines allá. Recuerdo a ese gran muchacho que se llamó Domingo Gómez Rojas, verdadero hombre y verdadero revolucionario”, y así están hoy, y cree que es inútil. Carlos González lo rebate. Otro día, inician las huelgas. Detienen a Robles. Se transforman en huelga general. Los “pacos y milicos”, disparos, muertos entre los manifestantes. Detienen a González. Pasan los días, llega el hambre a los conventillos. Son derrotados. De vuelta al trabajo. “Y así, camino de la faena, los hombres oscuros son los mismos de siempre. Cansinos. Taciturnos. Bajo las apariencias, sin embargo, en el fondo del ser, en el vórtice del sentimiento, la carcoma del odio gana un tramo más”. González, liberado después de ser torturado, insiste en la necesidad de elevar la cultura del pueblo para sobrellevar sus necesidades.

Pero es esa carcoma la que se desborda. “¡Sólo la revolución nos librará de estas porquerías! … ¡Los corazones se sacuden de tierra sus viejos odios y los pulsan como gigantes y sonoras guitarras! En el alma de los hombres oscuros la vida nueva se gesta”.

Es la carcoma, sí. Microscópica, silenciosa, eficaz.

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