
A partir de
Había una vez un pájaro, de Alejandra Costamagna
“Mi padre es el protagonista de esta historia, pero mi padre no está”. Recuerda hoy, entonces, era chica, y nada le decían: era muy chica para explicaciones.
Afuera “retumban las ráfagas de metralleta … y no hay explicaciones y el cielo retumba, vidrios rotos, olor a pólvora, camiones blindados, pájaros ardiendo en la noche, y mi padre desaparece. Y vienen unos días en que el silencio se vuelve una sustancia espesa”. Luego llegaron los “martes de visita” en el estadio donde lo tienen detenido, con las humillantes revisiones de cada martes por los gendarmes.
Son esos años “cuando ya nadie es normal”, cuando “hay que aprender a ser discretos nada más”.
Y repentinamente no irán más a la cárcel. “Se vienen tiempos difíciles”. Imaginen, le dice la madre, que su padre está de viaje: “no dice que sea cierto, mi madre, sólo que nos hagamos la idea”.
Es cruda conciencia, y así anti- ficcional, de esa ficción obligadamente vivida: imagínenlo: no es cierto: sólo imaginen que es cierto.
La cruda paradoja de la ficción entreverada a la fuerza en la vida, para sobrevivir. El extremo límite de lo que sí es la literatura; pero arrojada esta vez contra la vida.