
«Solo estuviste frente a un Hubert Robert en el Museo Decorativo. Lo encontraste en un pasillo angosto, casi secreto, del segundo piso. Es un lienzo flaco y vertical que muestra a un grupo de jóvenes en ronda bajo las ruinas de lo que alguna vez fue un templo griego. Mires a donde mires en esa pintura, el templo derruido, el árbol seco, el burro hambriento, todo anuncia el final. Solo el juego funciona como distracción momentánea …
Hubert Robert no inventó la estética del colapso pero la llevó a su gloria. La poética de la ruina era la moda a fines del siglo XVIII y el joven Robert la había conocido a través de su maestro René Slodtz …
La ruina artificial era una forma de restablecer vínculos con la Antigüedad; no es casual que surgiera en vísperas de la Revolución Industrial. La artificialidad exacerbaba la melancolía por lo perdido; los ricos se regodeaban en su tristeza. Imaginen a un grupo de personas ociosas soñando en medio de bostezos y capiteles romanos con un pasado glorioso».