El último viaje del capitán Salgari, de Ernesto Ferrero

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El último viaje del capitán Salgari, de Ernesto Ferrero

Tristemente se entremezclan, confusamente, dolorosamente, el éxito y el fracaso.

Es que, tal vez, no se trate de eso. No se traten de eso ni tus libros ni tu suicidio Emilio Salgari, creador de nuestros mundos de niños y de jóvenes; nuestras preguntas por tu suicidio.

Sí, está lo sabido y lo dicho: admirado, leído con amor por tus lectores, con muchos libros vendidos pero condenado a la pobreza, la suya y la, ¡cuánto le pesaba!, de su familia, por el aprovechamiento, que negaron, de sus editores. El éxito del amor de sus lectores. De las visitas de los niños y los jóvenes con sus preguntas. De las ventas de sus libros. Del reconocimiento: fue nombrado Caballero, le otorgaron la Cruz de Caballero de la Orden de la Corona Italiana por la Reina. El éxito de saberse el Verne italiano. De saber que creaba mundos, ¡oh qué éxito este!: sabe que recordamos -sí, recordamos- más vívidamente -sí, como si lo hubiéramos vivido-, el sabor de los frutos de la Malasia por donde nunca anduvimos, el olor del mar, de la selva, la atracción fatal de las tormentas, el bamboleo de las naves, el ruido de las cimitarras cuando chocan sangrientas. Y entrelazado con todo esto, el fracaso: lejos de las ventas de Edmundo De Amicis que le permitía, era evidente hasta aquella fatal fatalidad que lo hizo sentirse cercano, andar por el mundo tranquilo, reconocido, exitoso, con un bienestar que quería ya Salgari para sí y los suyos. El, en cambio, padecía que sus editores, “se habían enriquecido a su costa” y en la última carta antes de suicidarse donde lo dejó escrito, rompió su pluma para mayor énfasis, y en otra carta escribía “soy un vencido”, y melancólicamente -un doctor dictaminó que “sufría una depresión”- lloraba solo, lloraba frecuentemente, lloraba de día, lloraba de noche, lloraba solo, lloraba acompañado.

¿Se puede poner en una balanza, esto que pesa sus éxitos en este platillo, aquello que pesa sus fracasos en el otro platillo?

Se puede. Hace falta. Pero tal vez no se trate de eso.

Es que Salgari, como los viajeros, como los exploradores de su tiempo, algunos de ellos sus amigos, sabía entonces, pero él también viajero en su tiempo que aquellos que se lanzan a esas aventuras, “se llenan de mundo, vuelven, y ya nada es suficiente”.

Ya nada es suficiente. Terrible mal. Prodigioso mal. Dador de vida, dador de muerte. Fecundo creador, temible destructor. Que a algunos atrapa. Los compadecemos, los envidiamos.

Tal vez esté allí, no en la locura de un escritor, no en los demonios, no en los sufrimientos y en las pérdidas, la fuente de su audacia creadora, deicidas creadores de mundos; si no, en ese volver y que ya nada sea suficiente.

Lo sabía, lo sabía, por eso le dice a su joven vecina, admiradora, amiga, Angiolina, que también quería ser escritora, no una escritora cualquier, sino una escritora como él, que tenga cuidado, que escribir es una enfermedad, “te llena la cabeza de esperanzas locas. Nunca nada es suficiente”.

Ese viaje, podía ser real -¿realmente viajó todo lo que las notas biográficas de sus primeros libros declaraban?-; podía ser imaginario -con todas esas fichas repletas de notas, descripciones de los estudios que realizaba para escribir sus novelas-; podía ser ficticio -sus propias novelas, que las escribía y las representaba jugando con los suyos, sus propias ilustraciones: “Me gustaba dibujar el viento. Era en cierto modo como dibujar la libertad, la fuerza, la vida. Hacer visible lo invisible”-.

Podía ser un ansia insaciable: “no podía vivir sin sus personajes … Dijo que desprenderse de sus personajes, de sus fantasías, sería como suprimir su razón de ser. Sufría el splin de los ingleses: para no morir de aburrimiento, sentía la necesidad de perseguir las quimeras de sus personajes”.

Inalcanzables entonces; insuficientes entonces.

Insuficientes: nada es suficiente: Pero, ¿y si hubiera algo que pudiera terminar con ese mal, de aquellos viajeros, de, acaso, todo escritor?

Algo sencillo. Pero, de tan excepcional, parece imposible: nos da el remedio para este mal, cuando nos confiesa que “se escribe para vivir muchas vidas: la tuya no es suficiente, decidida como está de principio a fin. Se escribe porque te sientes atrapado. Porque quieres ser otro. Porque quieres que te consideren y te aprecien. Porque necesitas a alguien que te diga que eres bueno. Porque eres pobre. Porque te avergüenzas de tu casa. Porque no quieres tener el mismo trabajo que tus padres. Porque no tienes dinero para viajar. Porque se lo quieres echar en cara a alguien, a los prepotentes, a los envidiosos”.

¿Habrá quien pueda dar remedio a este mal de, acaso, todo escritor?

(Ático de los libros. Traducción Elena Rodríguez)

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