Píldoras de la crítica. Gabriela Mistral, “el abrazo de nuestra América”. Manuel Mujica Laínez

Píldoras de la crítica. Gabriela Mistral, “el abrazo de nuestra América”. Manuel Mujica Laínez

(Apenas un breve extracto para pensar, sin hacer crítica de la crítica, ni hacerse parte de entreveros, ni tener que recorrer estos caminos)

Estocolmo, 10 de diciembre de 1945. Desde la atalaya de un frac alquilado, he asistido en la tarde y en el comienzo de la noche de hoy a los ritos de la entrega del premio Nobel. No los olvidaré nunca. Año a año, por virtud del testamento del inventor de la dinamita, ansioso de corregir con su munificencia póstuma el daño hecho en vida, Estocolmo se transforma en la capital del espíritu del mundo y el destino ha querido que este viajero gozara hoy de esas horas singulares. Hacía una semana que el tiempo se mantenía indeciso, pero hoy no ha parado de nevar y las calles y los tejados están barnizados de nieve maravillosa, como si la ciudad entera quisiera asociarse con la nobleza de su atavío al gran festival.

Anoche, de vuelta del castillo histórico de Gripsholm, famoso por sus dos mil retratos, me encontré en mi hotel con Gabriela Mistral, que acaba de llegar de Gotemburgo. Los periodistas la asediaban y ella accedía a sus solicitudes con la graciosa hidalguía que le es propia, dejándose retratar con el enorme abrigo que ha traído del Brasil, y que le prestó allí la esposa del ministro de Suecia, pues la poetisa no ha tenido tiempo materialmente para preparar un ajuar adecuado a los rigores de este clima. Pero se veía que estaba cansada, y luego, cuando comí solo con ella y con su secretaria y médica, la doctora Terra, advertí en la cercanía confidencial de la mesa lo mucho que Gabriela Mistral ha cambiado en los últimos ocho años, los años durante los cuales no la había visto. Es lógico, además, que la emoción del premio y de los preparativos precipitados para las ceremonias de hoy contribuyeran a hundir sus rasgos, a tornar más vagos aun sus ojos clarísimos. ‘Evidentemente –me dijo–, lo que Suecia deseaba es que la alta recompensa recayera en la América del Sur. Otros hubo que pudieron recibirla con tantos o más méritos que yo: Alfonso Reyes, Larreta, Rómulo Gallegos, Juana de Ibarbourou. Si a alguien creo celebrar es a esa multitud de niños de ayer que son los hombres de hoy y que en todo el continente me conocieron y me quisieron, porque yo los conocí y los quise’. Me habló después de su preocupación respecto a la ceremonia en sí. Hay mil detalles que recordar, y Gabriela Mistral, mujer de sueño, olvida los detalles. Su espléndida actitud en el curso del programa de hoy me ha dado la razón, cuando le respondí que no dudaba de que sabría sobreponerse con holgura a las dificultades que derivan de recibir el honor más grande al cual puede aspirar un escritor. Por su sencilla dignidad, que todo el mundo calificó inmediatamente de ser real en esta monarquía, Gabriela Mistral hizo honor esta tarde a los pueblos de lengua española …

Cuando le tocó el turno a Gabriela Mistral, los aplausos redoblaron. Es el primer escritor sudamericano a quien se otorga la recompensa y la cuarta mujer que la recibe. Las otras fueron, en el mismo campo de las letras: Selma Lagerlof, Grazia Deledda y Pearl Buck. ¡Con qué señorío calmo bajó los escalones ella, a quien yo había visto poco antes tan inquieta! ¡Qué apropiada justeza hubo en su leve inclinación delante del rey y en el lento movimiento de la mano con que agradeció la ovación del público! …

Cuando me encontré en la escalinata con Gabriela Mistral, vi que sus ojos brillaban de lágrimas retenidas, y con el solo título, en este caso sobrado, de ser un argentino que la conoció hace años y que volvía a encontrarla por gracia de la casualidad en este país hospitalario, pero tan distinto, tan remoto de todo lo nuestro, la abracé y le dije: ‘Señora, considere usted que es el abrazo de nuestra América’”.

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