ARTE Y LITERATURA. La Gioconda, Leonardo Da Vinci. Daniel López Rosetti

“Y ahora llegó el momento de contar mi historia. No es la historia de la modelo que posó para Leonardo, la musa inspiradora que generó mi creación, la mujer a la que vio y representó agregándole detalles. Ella fue un ser humano. Yo, la Gioconda, soy mucho más que eso. Soy la creación de Leonardo. La síntesis de su obra artística y científica. Yo soy eterna.

Mi vida comienza en 1503, cuando Leonardo regresó a Florencia, luego de estar bajo el mecenazgo de Cesare Borgia. Por entonces, el maestro estaba trabajando en La batalla de Anghiari. Pero yo fui algo totalmente diferente en su vida. Aunque el pretexto fue aceptar un encargo, él me creó porque quiso, para él. Desde entonces, Leonardo y yo somos casi lo mismo. Por aquel tiempo, él no deseaba tomar nuevos trabajos de pintura. Evitaba a toda costa realizar el retrato de Isabel de Este, la marquesa de Mantua, hermana de Beatriz de Este, la esposa de Ludovico Sforza y reconocida dama del Renacimiento. No le importaba en ese momento el rédito económico que pudieran darle este tipo de trabajos.

Pero mi caso fue muy diferente. Sucedió que Leonardo, tal vez promovido por la relación comercial entre su padre Ser Piero da Vinci con Francesco del Giocondo, aceptó retratar a su esposa. Así fue que conoció a Lisa Gherardini. Esta dama no era una aristócrata, ni pertenecía a una familia de gobernantes. Tampoco formaba parte de la corte. No era famosa ni amante de nadie. Esto constituía una gran diferencia respecto a los encargos habituales sobre los cuales siempre pesaba la presión de los contratantes, sobre todo por los resultados y el tiempo de entrega, que tanto fastidiaban a Leonardo. En mi caso, en cambio, Leonardo se sentiría más cómodo, sin presiones. Sería plenamente él. Lisa Gherardini pertenecía a una familia feudal venida a menos, su riqueza había disminuido con el paso del tiempo. Se casó a los 15 años con Francesco del Giocondo, de 35 años, quien había enviudado ocho meses antes y tenía un hijo de 2 años. Francesco era un hábil comerciante de seda que, acorde pasaba el tiempo, mejoraba su situación económica, al punto que se convirtió en proveedor de la familia Médici. Fue así que terminó siendo comerciante de las más finas sedas de toda Europa. El matrimonio resultó ventajoso para ambos. Y lo más importante: Francesco realmente la quería.

Cuando Leonardo conoció a su modelo, ella ya tenía 24 años y dos hijos. En italiano antiguo, monna significaba «señora», de ahí el nombre que también recibió el retrato: Monna Lisa, «señora Lisa». Pero mi verdadero nombre es La Gioconda, como figura en mi casa, en el Museo del Louvre.

Leonardo decidió pintarme sobre una tabla de álamo. Nunca me pintó bajo la luz directa del sol, pues hasta recomendaba a sus discípulos evitar retratar a una persona bajo el sol directo. Prefería retratar y pintar en días nublados, o de tarde, a la caída del sol, porque se podían apreciar mejor los detalles y las expresiones emocionales de los rostros. Y así lo hizo conmigo.

Mientras dibujaba los primeros trazos y hacía sus primeras pinceladas, daba origen a mi existencia. Y se adueñaba de su creación, sabiendo que jamás entregaría esa obra. Él sabía que yo estaría junto a él hasta el final de sus días. Leonardo me pintó en una galería, sentada en un sillón, con los brazos apoyados en los brazos del asiento. Mi mano derecha sobre la izquierda, dando cuenta de mi serenidad. Mi torso ligeramente hacia la derecha y mi cabeza, mirando al frente.

Ah, y mi mirada. Mi mirada vuelta un poco hacia la izquierda, mirando hacia adelante. Él me enseñó algo importante: a mirar de un lado al otro, para que pudiera seguirlo cuando pasaba frente a mí. Se lo agradezco.

Mi creador supo además revelar en los rojos labios de mi boca algo extraordinario: captó en mí una enigmática sonrisa. Una expresión provocativa, para que cualquiera que me viera aceptara el desafío y se esforzara en descubrir el misterio de mis pensamientos y emociones. Pero la realidad es que solo Leonardo supo lo que yo pensaba y sentía mientras él me pintaba. Es un secreto que solo nosotros dos conocemos.

Mis mejillas. A través de los años, mis mejillas acumularon hasta treinta capas de pigmentos muy diluidos en los óleos de mi creador. De ese modo, logró plasmar la lozanía de mi piel y mi serenidad emocional. Una perfección que detendría el tiempo.

Leonardo me pintó con la técnica del sfumato. Una técnica que el maestro desarrolló en su máxima expresión.

Nardo, como lo llamaba su abuela Antonia, percibía que la naturaleza mezcla las imágenes sin límites netos. En la naturaleza, las imágenes son un continuo, no presentan bordes definidos. Con la delicadeza de su pincel, aplicaba sus pigmentos siempre muy diluidos en óleo, capa sobre capa, muy suavemente, una y otra vez. De esta manera, los contornos son imprecisos y los límites se convierten en un suave cambio de color o de claro oscuro. Es como si una fina y suave niebla difuminara los perfiles.

Con su magistral manejo de luces y sombras, lograba captar la realidad misma. Creaba profundidad y una suerte de atmósfera. Leonardo comprimía la materia en la pintura, y a la vista adquiría volumen, vida. Se convertía en real. Eso sucedió conmigo: me convertí en realidad.

Y mi cabello negro. Cubierto con un finísimo velo cuyo borde puede verse suavemente sobre mi frente, se insinúa casi de manera imperceptible en su caída hasta los hombros, donde de a poco se convierte en suaves rizos. El velo deja ver en su transparencia el paisaje de fondo sobre mi lado derecho. El velo es símbolo de mi virtud. La virtud de una mujer.

A diferencia de las damas de la época, yo luzco muy poco maquillaje y no llevo joyas, ninguna. Excepto mi vestido, de la más hermosa y pura seda. El vestido es mi joya, aunque creo que para mi creador la joya era yo. Así me hacía sentir cuando me miraba.

Leonardo siempre estaba pendiente de los detalles nacidos de su observación. Y algunos son casi íntimos. Como el hermoso detalle que se sumaba a los delicados pliegues de mi vestido de seda: mi escote.

Mi escote se inicia con dos filas de espirales trenzados, que bordean a un lado y al otro una cadena de anillos de oro entrelazados. Por debajo, una fila de los nudos en forma de cruces, que tanto gustaban a mi creador. Cada una de las delicadas cruces está separada por dos espirales hexagonales, y tres de estos espirales se encuentran en el centro del escote. Estos tres anillos son una imagen sobrepuesta a mi corpiño. Leonardo no olvidó ningún detalle. Ah, algo más sobre mi imagen de hoy en día: no tengo cejas ni pestañas. Leonardo las pintó en su momento con el nivel de detalle y delicadeza propios de él. Pelo por pelo. Hasta los poros de la piel eran visibles. Pero en algunas restauraciones mal hechas me las quitaron. Así y todo, 500 años más tarde, la armonía y presencia de mi imagen hacen que casi no se note. Hoy, afortunadamente me encuentro a buen resguardo en el Louvre. Sé que Leonardo estaría conforme con los cuidados que allí me procuran.

Él creó mi retrato. Me dio vida. Pero también nació de su inmensa imaginación el fondo de la pintura. Un fondo inexistente a mis espaldas, pero real en su creación. Un fondo que se encuentra alejado de mi primer plano dominante en la obra. Formaciones rocosas con un aspecto geológico propio de los orígenes de la tierra, semejantes a otros anteriores que había imaginado. Un aspecto prehistórico. Montañas que emergen de las aguas, con una especie de neblina que las confunde por momentos con el azul brumoso del cielo. El cielo de Leonardo. Y el horizonte. El horizonte a mi derecha, provocativamente algo más bajo y cercano que el de la izquierda.

Y esas aguas. Las aguas a mi izquierda, dando origen a un río que transita calmo bajo un puente de rocas y alcanza un nivel más bajo que las aguas a mi derecha, sin coincidir como deberían hacerlo por naturaleza. Desafían así las leyes de la gravedad y ambas resuelven su secreto conflicto en el enigma de mis espaldas. Leonardo siempre agregando una porción de misterio en sus creaciones.

En la tierra a mi derecha, se ve un camino sinuoso sobre un terreno desértico y seco, como desafiando la humedad del río a mi izquierda, integrando el espacio único del macrocosmos.

Mi creador siempre jugando magistralmente con los claros y oscuros, dotando prodigiosamente de vida y movimiento a las luces y a las sombras. Así, la tenue luz devenida en fulgor emerge del fondo, creando un ambiente prudente y singular que contrasta con la luminosidad de mi rostro.

Leonardo me dio vida en el primer plano de una atmósfera en la que uno puede sumergirse con la imaginación. La imaginación a la que con gentileza nos invita.

Desde el momento en que mi creador me insufló vida sobre una tabla de álamo, la atracción fue mutua, nos unió para siempre. Leonardo jamás entregó su obra al contratante y yo lo acompañé durante los últimos 16 años de su vida terrenal, donde quiera que fuera. Florencia, Milán, Roma y su destino final, el castillo de Clos-Lucé en Amboise, Francia”.

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