
Diálogos. Escribir. La utopía arcaica. Mario Vargas Llosa
(No es novela ni cuento, a quienes aquí acogemos. Pero escrita por un novelista, no es solo crítica o análisis. Es un diálogo entre escritores. Y creación de un espacio literario. Por eso también lo acogemos).
La veracidad del realismo pareciera desafiar a la ficción, al poder de la imaginación. En autores como José María Arguedas -además de las reflexiones sobre la literatura indigenista, sobre el rol de los intelectuales en las décadas de 1950 y 1960 en América Latina, sobre el carácter de la utopía de Arguedas (o progresista como se pretendía, o reaccionaria como resultó), sobre los esfuerzos innovadores finales y la relación entre forma y contenido-, ese desafío pareciera ser más vivo.
Pero, si no es texto de antropología o sociología, si no es documento histórico, la literatura tiene sus propios modos, sus propios caminos, sus propias herramientas y técnicas para crear, con los materiales de la realidad, un otro mundo ficticio.
“Su obra, en la medida en que es literatura, constituye una negación radical del mundo que la inspira: una hermosa mentira … Los cuentos de Arguedas no son ‘veraces’ en el sentido que dan a esta palabra quienes creen que el valor de la literatura se mide por su aptitud para reproducir lo real, duplicar lo existente. La literatura expresa una verdad que no es histórica, ni sociológica, ni etnológica y que no se determina por su semejanza con un modelo prexistente. Es una escurridiza verdad hecha de mentiras, modificaciones profundas de la realidad, desacatos subjetivos del mundo, correcciones de lo real que fingen ser su representación. Discreta hecatombe, contrabando audaz, una ficción lograda destruye la realidad real y la suplanta por otra ficticia, cuyos elementos han sido nombrados, ordenados y movidos de tal modo que traicionan esencialmente lo que pretenden recrear … El mundo así forjado, de palabras y fantasías, es literatura cuando en él lo añadido a la vida prevalece sobre lo tomado de ella”.
Es una defensa apasionada de la soberanía de la ficción. Y como acto rebelde, de desacato, de corrección, de modificación de lo real.
¿Y cómo prevalece lo añadido?
Primero, sabiendo, reconociendo aquellos demonios que dominan al escritor o escritora.
Después, se logra “gracias a la fantasía y al lenguaje”.
Que necesitan de sus propias herramientas, técnicas, artilugios. Entre ellos:
- El narrador. Es el principio de todo: “El narrador es el más importante personaje de toda ficción”, para que “lo que cuenta parezca veraz o inconvincente, una ilusión que se impone como realidad o desluce como artificio”; y aquí puede estar el todo de su éxito o fracaso.
- El habla inventada. Arguedas tenía como problema la “búsqueda de un estilo que le permitiera hacer hablar en castellano, de manera que pareciera fidedigna, a personajes indios que, en realidad, se comunicaban entre sí en quechua”. Su solución fue “desordenar el castellano”, y lo logró (otras literaturas regionalistas no lo lograron), porque alcanzó una musicalidad que, “como en un concierto en que el hechizo de la música hace olvidar al melómano los instrumentos”, se olvida el artificio, al coincidir con los propósitos de la novela.
- La refracción y metaforización “de los acontecimientos históricos y de los grandes problemas sociales en un nivel individual y mítico”.
- De conjunto, debe lograr integrar “los dos órdenes que convoca, el real y el irreal”, lo que requiere evitar los cambios abruptos entre distintos tipos de narrador (del omnisciente al impersonal), así como permitir la ambigüedad, así como distinguir entre el tema y el tratamiento del tema.
- Hay más, la exageración (en este caso de cierta truculencia, violencia, sordidez). La despersonalización (individuos como tipos colectivos).
El resultado total es que “un hecho tomado de la realidad se irrealiza” por el hecho fundamental de que los personajes (personas) reales (tomados de la realidad) se tornan ficticios “al dejar de ser de carne y hueso y volverse de palabras”.
Pero, acaso el secreto mayor: “el artificio es eficaz si resulta invisible”.
La soberanía de la ficción, esa rebeldía bella, desafiante e inmediatamente inofensiva -pero solo en lo inmediato.