ARTE Y LITERATURA. Capilla Sixtina, Miguel Ángel. Elie Faure

“Pero la pintura le liberó. Al principio, se negó a pintar la Capilla Sixtina. Accedió a ello por debilidad. Aprendió sin ayuda un oficio que desconocía por completo, permaneciendo encerrado allí cuatro años, solo frente a Dios. La brocha y los pinceles obedecen al vértigo del espíritu, siempre anticipado a la materia del mármol, demasiado dura de trabajar. Cuando alcanzaba la mitad de un coloso, ya lo había sobrepasado y ya se sentía acosado por otros tormentos, otras victorias y otras derrotas. No acababa casi nunca sus estatuas y nunca sus figuras monumentales. Sin embargo, terminó la Sixtina, el conjunto decorativo más grande del mundo. A pesar suyo, es un gran pintor y, a pesar suyo también, en la pintura está su verdadera personalidad.

Aquí es donde le sirve su ciencia. Puede proyectar fuera del muro o hundir en él cuantos volúmenes desea. Puede deslumbrar con el atrevimiento y la energía de sus escorzos. Puede derramar y contener a su antojo la luz y la oscuridad. Y puede doblegar la tempestad de su ideal bajo el yugo de su terrible voluntad. Al retirar los andamios, aparecen en la inmensa bóveda cien colosos hercúleos que hacen retumbar hasta las paredes del propio templo y parecen crear la tempestad que ruge en la nave, arrastrados sus clamores por el vuelo de las nubes y el remolino de los astros.

Quien no ha visitado la Sixtina, quien no ha visto esta obra, no es capaz de imaginarla. Es preciso oírla. Oírla, sí. Es el drama supremo del Génesis. El simbolismo del formidable espíritu bíblico multiplica allí su fuerza al contacto de la razón. No se ve sino al hombre confrontado con su destino. No se sabe ya nada de la vida que lo rodea. Se halla uno al borde del abismo primitivo. Los suaves azules, los grises plateados, los rojos sombríos son como un vaho dorado, igual al de las estelas de los cometas y a aquel con que la Vía Láctea llena los espacios siderales. Dios vaga en su soledad. Nacen los astros. La chispa pasa del dedo de Dios al dedo del hombre. La primera mujer, joven y desnuda, sale del sueño, mostrando sus senos y su vientre inagotable. El primer dolor nace de la primera esperanza. El diluvio aniquila la vida y estrecha los brazos para dislocar mejor los miembros anudados como ramos de vid. Se adivinan maternidades colosales. Rugen los profetas en la sombra y las Sibilas abren y cierran el libro del destino. En el fondo, que representa las jornadas postreras, la bestialidad primitiva amontona racimos de cuerpos al azar de los abrazos, el templo se desploma y la tempestad arranca hasta la misma cruz. El viento que sopló al principio sopla hasta el fin y arremolina, como si fueran hojas, las figuras de la belleza, de la fecundidad y de la juventud.

El es el único, probablemente, que se ha atrevido a apoderarse de la pintura para expresar la tragicomedia moral y que ha salido vencedor. Cuando se posee en tal grado la forma, cuando esa forma brota de uno mismo con los sobresaltos de los músculos, la tortura de la carne y el horror de la meditación sobre el olvido y la muerte, tiene uno derecho a utilizarla como arma y a imponerle la sumisión al espíritu. Es como un ser arrastrado por un río que tuviese la facultad de volveré de pronto, sujetar el río con el pecho y obligarle a remontar su curso. En vísperas de dormirse, Italia vuelve a encontrar las férreas palabras de Dante. Grecia había descubierto su alma dentro de la forma e Israel había intentado imponer su alma a la forma, sin sospechar la viviente grandeza que le infundía el verbo, que también es forma. Y llegó un hombre que tenía a la vez sentidos de artista y corazón de profeta y que hizo brotar su poema del choque de la ciencia y la pasión. Poseía en su más alto grado la exaltación y, al recabar cada una intransigentemente sus derechos, poseía también todas las fuerzas opuestas unas a otras por los filósofos. No obstante, su voluntad sabía dominarlas y fundirlas todas”.

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