La campana de cristal, de Sylvia Plath

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La campana de cristal, de Sylvia Plath

En Nueva York. En aquel verano. El que ejecutaron a los Rosenberg electrocutándolos. “No me quitaba de la cabeza qué se sentiría, cuando te queman viva por dentro”.

[Lo que nos impresiona y se fija indeleblemente en nosotros, algo nos está advirtiendo. Tal vez no sepamos todavía de qué se trata. Descubrirlo será nuestro sino, y nuestra desgracia, y nuestra liberación].

¿Qué hacía allá Esther Greenwood en Nueva York? “Una chica vive diecinueve años en un pueblo por ahí perdido, tan pobre que no puede comprarse ni una revista, y de pronto consigue una beca para la universidad, y gana un premio aquí y un premio allá, y acaba manejando Nueva York como si fuese su propio coche”.

[Y si miramos atrás, podremos descubrir lo que será nuestro sino, que ya está allí agazapado; y ya es tarde].

Estaban allí mezcladas, con las envidias y rivalidades propias del caso, las lindas y las feas, las pobres y las ricas, las que veían una oportunidad en aquel viaje y las que nada les importaba porque su vida estaba asegurada.

Estaba allí, Esther, que “llevaba toda la vida repitiéndome que estudiar y leer y escribir y trabajar como una loca era lo que quería hacer, y de hecho parecía ser cierto, se me daba bastante bien y sacaba sobresalientes en todo, y cuando llegué a la facultad nadie podía pararme. Fui corresponsal de la universidad en la gaceta municipal, redactora de la revista literaria y secretaria del consejo disciplinario, que se ocupa de las infracciones y los castigos académicos y sociales, un cargo que goza de popularidad, y tenía una conocida poeta y catedrática de la facultad avalándome para que siguiera mis estudios en una de las universidades más grandes del este, y promesas de becas que me cubrirían todos los gastos, y ahora estaba de aprendiz con la mejor redactora de una revista de moda intelectual”; pero que, ahora, con este logro, no sabía qué quería hacer. El mundo editorial en Nueva York, sus arbitrariedades y caprichos.

Y “fantaseando con un hombre que se enamoraría apasionadamente de mí a primera vista”.

[Acaso ese sino sea este mandato, hecho propio sea el maldito pase mágico que convierte a una mujer sobresaliente y popular en otra, la misma, que no sabe qué hacer].

Y recuerda: que desde los nueve años ya no había sido feliz. Y enumera todo lo que no sabe hacer, tantos otros mandatos: cocinar, taquigrafía, bailar; ni montar a caballo ni esquiar; ni muchos idiomas. Se justifica: “El problema era que odiaba la idea de servir a los hombres, en todos los sentidos”. Y hay más: después de enumerar todo esto, “me sentí tremendamente inepta. El problema era que siempre había sido una inepta”.

[Romper los mandatos te envía directo a una guerra; pero que hay que querer librar; sentirse inepta, te envía sin pertrechos. Falta algo, ¿en qué momento descubriremos qué es, si acaso llegamos a hacerlo? Pero hay algo más].

Se describe entonces, si todo eso no sabe hacer, ¿qué sabe hacer, qué es? “La única cosa que se me daba bien era conseguir becas y premios, y esa época estaba tocando a su fin … Vi la vida ramificándose ante mí igual que la higuera verde del cuento. De la punta de cada rama, como un suculento higo morado, un futuro maravilloso me atraía y me tentaba. Un higo era un marido y un hogar feliz y niños, y otro higo era una poeta famosa, y otro higo una profesora brillante, y otro higo era E. G., la fantástica editora, y otro higo era Europa y África y Sudamérica, y otro higo era Constantin y Socrates y Attila y un pelotón de otros amantes con nombres curiosos y profesiones estrafalarias, y otro higo era una campeona olímpica de remo, y más allá y por encima de esos higos había muchos más que no acertaba a distinguir”.

Sí, de esto se trataba. En el aburrimiento de su vuelta a casa acabada la beca, decide escribir una novela que hablara de ella misma apenas enmascarada. “Mi heroína … se llamaría Elaine … Elaine estaba sentada en el porche con un viejo camisón de su madre, esperando a que sucediera algo”.

[Acaso, por sobre los mandatos, querer siempre lo que falta, un futuro que por definición no existe, eludir su presente: esas becas la llevaron a una prestigiosa revista de cultura, sabía, no lo volvió a mencionar, hablar alemán. Esperar a que suceda algo. ¿Qué hace que huyamos siempre hacia adelante, de nosotros mismos?].

¿O será otra cosa? “Me vi sentada en la horcadura de esa higuera, muriendo de hambre solo porque no podía decidir cuál de los higos deseaba. Los quería todos, pero elegir uno significaba perder los demás, y mientras permanecía allí sentada, incapaz de decidirme, los higos empezaban a arrugarse y a ponerse negros, y uno por uno caían en el suelo a mis pies”.

[Quererlo todo; todo eso. Es posible. Pero, ¿cómo sería? ¿Y querer lo que no se puede?].

El marido y los hijos, una dura carga. Los amantes, que o son hipócritas, u odian a las mujeres, como los hombres que ya había conocido. ¿Entonces? Además, Esther “quería vivir en el campo y en ciudad a la vez”. No solo eso. “querer a la vez dos cosas que se excluyen mutuamente … Iré volando sin parar entre cosas que se excluyan unas a otras el resto de mis días”. Y dejó la novela: le faltaba experiencia; y empezó a estudiar lo que no quería: taquigrafía; y lo dejó porque no se imaginaba trabajando de eso; que viajaría a Europa y allí retomaría su novela. “Un plan tras otro se agolparon en mi cabeza”, mientras todo se escapaba de sus manos. Dejó de leer, apenas dormía, dejó de cuidarse, cambiar de ropa, lavarse.

[Hay un momento en que uno logra reconocerse, pero es fugaz, como un zumbido, se escapa, pasa, se nos escapa; y tal vez sea ese el momento en que se modela el sino de nuestras vidas].

Decide ir a un psiquiatra. Quería “ser yo misma de nuevo paso a paso”. Pero: el doctor Gordon recomienda realizarle electrochoques. Lo hicieron: “Me pregunté cuál era el horrible crimen que había cometido”.

Entonces pensó en el suicidio. A último momento se arrepintió. “Fue como si lo que deseara matar no estuviese en esa piel o en el débil pulso azul que saltaba bajo mi pulgar, sino en otro sitio, más hondo, más secreto y muchísimo más inaccesible”.

[“Lo que deseaba matar”, algo. Si no logras nombrarlo, reconocerlo, puede escapársete. ¿Y entonces, qué?].

Nuevo intento de suicidio, fallido, y al Psiquiátrico. La ayuda una escritora. Pero no siente agradecimiento, no siente nada. Estuviera donde estuviera, acompañada o no, cuidada o no, “estaría debajo de la misma campana de cristal, fermentándome en mi propio aire malsano”.

[Sí, el mundo está ahí afuera, nosotros allí entremezclados; pero: es algo “propio”, puede ser (o no) “malsano”, es (¡qué indefinible y a la vez concreto!) un “aire”; y forma algo frágil, un cristal, casi invisible, no lo reconocemos, nos recubre, como una campana].

Aunque, “para quien está en la campana de cristal, vacía e inerte como un bebé muerto, el mundo es la pesadilla”.

Pero entonces, no es el mundo. Es ese quien, allí encerrada en su campana de cristal.

[Aquel algo que falta, acaso sea reconciliarnos con lo que somos y queremos, urdido misteriosamente en el curso de nuestras vidas].

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