
Píldoras de la crítica. Shakespeare se renueva eternamente. Manuel Mujica Laínez
(Apenas un breve extracto para pensar, sin hacer crítica de la crítica, ni hacerse parte de entreveros, ni tener que recorrer estos caminos)
“Shakespeare eterno
Birmingham, 3 de junio de 1948. Comienzo a escribir estos apuntes vagabundos y en mis oídos se mezcla la música de los versos de Shakespeare con el rugir y el vibrar de las fábricas que no reposan. ¡Qué extraña, qué absurda es la sinfonía, y sin embargo, qué auténticamente característica de Gran Bretaña! En dos días de andanza he pasado de las grandes manufacturas de Birmingham al teatro levantado en memoria del genio inmortal, en Stratford-on-Avon. He visto aquí cómo se crean un automóvil y una bicicleta desde sus detalles más pequeños. Allá he visto cómo se vuelve a crear un drama famoso aguzando sus intenciones más finas. Aquí me he enterado de que una mujer trabaja cuarenta y cinco horas semanales en una fábrica y gana el equivalente de doscientos cincuenta pesos por mes. Me he enterado también de que una sola empresa construye doce mil bicicletas por semana. Allá he aprendido tantas cosas nuevas en dos horas de maravillada atención, que me parece que hasta hoy no sabía absolutamente nada de Shakespeare.
Sir Barry Jackson, director del Shakespeare Memorial Theatre, alzado frente al río Avon, a pocas cuadras de la casa natal del poeta, es, sin duda, un revolucionario. Conversé con él después de representada la primera parte de El mercader de Venecia, y su palabra estremecida, sus amplios ademanes, me trajeron como un viento lírico. Difícil ha de ser, que pueda ofrecerse una interpretación tan admirable de la tragedia de Shylock como la que me tocó presenciar …
Gente de todo el mundo viene a Stratford-on-Avon como a un templo. Las localidades deben ser adquiridas con mucha anterioridad y el público se apiña en los pasillos. Previamente han visitado las casas del poeta y de su esposa, Anne Hathaway, y han comido en el restaurante adyacente al teatro, cuyos anchos ventanales se abren sobre el río, que surcan los cisnes. No; los periodistas argentinos no podremos olvidar esta fiesta. Habíamos estado antes en el histórico castillo de Warwick, íntimamente vinculado a las crónicas inglesas. Ese recorrido fue como un preludio de los versos clásicos, y el largo grito de los pavos reales entre los rododendros anunció al séquito del bardo de Porcia.
En los intervalos, mientras caminaba por el foyer con un bock de la mejor cerveza del Reino Unido, las conversaciones no consiguieron distraerme del drama. Aún más; dijérase que ese drama, con su centenaria permanencia, daba la mejor respuesta a los diálogos. No podían ser éstos más pesimistas”.
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“La tumba de Julieta Verona, 6 de agosto de 1960. Más que en ningún otro lugar de los muchos que he recorrido en el mundo, he valorado aquí, en Verona, el poderío fascinante de los hijos de la imaginación. Creo que al referirme a mi visita al castillo de If, donde se muestra la celda que habría ocupado el futuro conde de Montecristo, aludí a esa fuerza que sobrepuja la de los héroes de carne y hueso. El personaje de Alejandro Dumas vive allá con mayor intensidad que los seres reales que sufrieron en esa misma prisión. En Verona, las casas de Romeo y de Julieta y el sepulcro de esta última, atraen a los espíritus curiosos o románticos con más eficacia que los otros monumentos ilustres que ornan la ciudad. La gente sabe que ni Romeo ni Julieta existieron fuera de la mente encendida de Shakespeare, y sin embargo acude con recogimiento fervoroso a los sitios que se vinculan arbitrariamente con su historia apasionada. El balcón en el cual se desarrolló la escena de amor más bella que se conoce, ha sido ubicado en unas vagas, reconstruidas, casi fantasmales casas de los Capuletos; el solar que protegió la llama de Romeo ha sido situado, azarosamente, frente a las estupendas tumbas de los Scaligeri; y se ha resuelto que un sarcófago de mármol rojo, colocado en la penumbra de una cripta que coronan los arcos de un claustro encantador, haya albergado los restos leves de la enamorada. El imperio de la poesía es tal que esos edificios y esa cripta, dudosos, rehechos, pueden más que los palacios y las basílicas de auténtica importancia. Ni las arenas romanas admirables –donde he asistido a una espléndida versión de Cavalleria, con la justísima Giulietta Simionato en el papel de Santuzza, y a otra, espectacular, de La fanciulla del West, en la que se lució Franco Corelli–; ni la plaza delle Erbe, graciosa, característica, con su mercado único; ni las tumbas famosas de los Scaligeri, en lo alto de las cuales se yerguen los caballeros empenachados; ni la iglesia románica de San Zeno, cuyas puertas de bronce narran la maravilla de las historias ingenuas; ni los múltiples parajes de Verona donde el tiempo se ha detenido al amparo de los leones de piedra y de las murallas orgullosas, ejercen sobre los visitantes la seducción que brota de los sitios que Shakespeare no vio nunca pero sobre los cuales pasó, como un viento cálido, el soplo de su lirismo inmortal. También yo he experimentado esa emoción incomparable. También yo me he detenido largamente delante de las casas que la tradición –y los organismos turísticos– asignan a los linajes cuya enemistad recuerda el Alighieri. También yo he bajado a la cripta callada donde dibuja su forma el sepulcro abierto de la que murió de amor. Y he pensado una vez más en el prodigio feliz del arte, elaborador de realidades más hondas que la realidad evidente. La tumba de Julieta, la casa de Romeo, como la casa de Desdémona en Venecia, como la del Quijote en Esquivias, han logrado una existencia alucinante. Quien anda por esos sitios, escucha los pasos sigilosos de los espectros y oye las voces que repiten de generación en generación su mensaje musical. Los poetas se parecen a los genios de la mitología –ellos son genios, al fin y al cabo, de otro modo, pero participan de la misma esencia misteriosa– en el hecho de que cuanto tocan se transforma en hermosura. He descendido a la tumba de Julieta Capuleto y he sentido que por esa escalera bajaba no a una cámara de muerte sino a una cámara de vida. Y, cuando rocé con dos dedos el mármol rojo, he sentido que vibraba apenas, como si fuera un cuerpo acostado, dormido, porque sólo dependía de mí, sólo era necesario que pronunciara un verso – el de la alondra, o el que le pregunta a Romeo por qué se llama así–, para que la niña se alzara en el claroscuro hechizado con los brazos tendidos hacia el corazón de Shakespeare”.
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La Torre de Otelo, en Chipre
… lo más extraño que encierra el sector turco de Famagusta no ha sido mencionado aún. Lo más extraño es la Torre de Otelo. Desígnase así a una parte del bastión, de fines del siglo XV, cuyo sello veneciano es reafirmado por un gran león alado marmóreo. “Calle Shakespeare”, se llama la que en su puerta desemboca, y los ingleses la recorren con recogimiento explicable. No sólo los ingleses, sino los escandinavos, los franceses, los alemanes y este argentino a quien el guía le detalla que la torre se designa así porque en ella fue donde un oficial veneciano, un Cristóforo Moro, asesinó a su mujer, lo cual habría servido de base para la tragedia célebre. Pero en los estudios eruditos consagrados a Othello para nada mencionaban ese antecedente. Yo, que ambulo por las galerías oscuras con un ejemplar de la tragedia que acabo de comprar, nada encuentro en su sabia introducción (Cambridge University Press) que indique que Shakespeare contó con más fuente que la novella de Giraldi Cinthio.
Es obvio que no fue la torre la que inspiró a Shakespeare, sino que fue Shakespeare quien inspiró a la torre. Y esto es lo extraño, lo admirable y lo que mueve a meditar.
Hace años, en Venecia, navegando por el Gran Canal, me señalaron el palacio de Desdémona… que en realidad es un Palazzo Contariti, o Gritti, si mal no recuerdo. De esa suerte, Desdémona tiene su palacio en Venecia y Otelo su torre en Famagusta, como Julieta tiene su balcón y su tumba en Verona. Los viajeros las observan, las estudian, las fotografían y se van, hechizados. ¿Cuántos irían hasta el castillo de Elsinor, en Dinamarca, si Shakespeare no lo hubiese adornado con la sombra escéptica de Hamlet?
El artista, el fabulador glorioso sigue siendo, a la larga, más fuerte que la realidad y su estricta pobreza. He ahí algo muy reconfortante, en un mundo que se empeña en subrayar el aspecto orgullosamente material de sus conquistas. Por encima de ellas, la imaginación poética flota, como un inmenso velo irisado, y sigue atrayendo a las multitudes ansiosas de recuperar su adolescencia, hambrienta de que les narren historias bellas y terribles, sigue atrayéndolas hacia la supuesta Torre de Otelo (cada vez más verdadera) de Famagusta. Lo perfecto sería que en otros puertos de Chipre aparecieran otras torres donde Otelo asesinó a Desdémona, cosa que no hay por qué descartar como imposible y, lo que hace que el asunto resulte todavía más subyugante, ¿acaso sabemos si Shakespeare, si Shakespeare mismo, el poblador de maravillas, fue una realidad?