
A partir de
Los muertos, de James Joyce
Las tres Morkan, Miss Kate, Miss Julia, ya mayores, y su sobrina Mary Jane, que vivían juntas de sus clases de canto y piano, asistidas por Lily, la hija del dueño de la casa que arrendaban, y estaban ahora dando su tradicional baile anual por Navidad.
Temían que Freddy Malins llegará borracho. Y confiaban que Gabriel Conroy las ayudara con eso, pero estaba ocupado, distrayendo el comentario de Lily sobre que los hombres solo quieren meter mano a las mujeres, lo que lo sonrojó, dudoso de si responder o cómo a Miss Ivors que lo acusaba de pro- inglés por escribir una columna de crítica literaria en el Dady Express, o por irse de vacaciones al continente sin conocer bien Irlanda. Además, le tocaba el discurso de la noche.
Gabriel lo comenzó amplio, acogedor, inclusivo. “Cada año que pasa siento con mayor fuerza que nuestro país no tiene otra tradición que honre mejor y guarde con mayor celo que la hospitalidad”. Pero algo venía cambiando en Irlanda, y no podía no mencionarlo ni, suavemente, dejar de criticarlo: “Una nueva generación crece en nuestro seno, una generación motivada por ideales nuevos y nuevos principios. Es ésta seria y entusiasta de estos nuevos ideales, y su entusiasmo, aun si está mal enderezado, es, creo, eminentemente sincero. Pero vivimos en tiempos escépticos y, si se me permite la frase, en una era acuciada por las ideas: y a veces me temo que esta nueva generación, educada o hipereducada como es, carecerá de aquellas cualidades de humanidad, de hospitalidad, de generoso humor que pertenecen a otros tiempos”.
No fue más que un discurso.
Miss Ivors se fue.
Fredy Malins nunca se excedió con el alcohol.
Todo lo que amenazara con alterar algo, no lo hizo.
Sigue la noche, termina el baile, vuelve a su casa Gabriel con su mujer, un arrebato por la pasión que sintieron lo domina, ella lánguida cuenta la historia triste de un amor pasado, Gabriel “se extrañó ante sus emociones en tropel de una hora atrás. ¿De dónde provenían? De la cena de su tía, de su misma arenga idiota, del vino y del baile, de aquella alegría fabricada al dar las buenas noches en el pasillo, del placer de caminar junto al río bajo la nieve”, esa nieve que cae sobre Irlanda, sobre él, sobre sus pasiones, sobre todo, sobre todos, enfriándolo todo.