Píldoras de la crítica. Texto, interpretación y la paradoja de Macedonio Fernández. Umberto Eco

Píldoras de la crítica. Texto, interpretación y la paradoja de Macedonio Fernández. Umberto Eco

(Apenas un breve extracto para pensar, sin hacer crítica de la crítica, ni hacerse parte de entreveros, ni tener que recorrer estos caminos)

“Quiero señalar ahora en qué sentido los resultados de nuestro viaje hacia las raíces de la  herencia hermética pueden tener algún interés para la comprensión de algunas de las teorías contemporáneas de la interpretación textual.

… una lista de las principales características de lo que me gustaría llamar un enfoque hermético de los textos :

(a) un texto es un universo abierto en el que el intérprete puede descubrir infinitas interconexiones;

(b) el lenguaje es incapaz de captar el significado único y preexistente: al contrario, el deber del lenguaje es mostrar que de lo que podemos hablar es sólo de la coincidencia de los opuestos;

(c) el lenguaje refleja lo inadecuado del pensamiento: nuestro ser-en-el-mundo no es otra cosa que ser incapaces de encontrar un significado trascendental;

(d) todo texto que pretenda afirmar algo unívoco es un universo abortado, es decir, la obra de un Demiurgo inepto (que intentó decir que ‘esto es así’ y en cambio causó una cadena ininterrumpida de infinitas remisiones en las que ‘esto’ no es ‘así’);

(e) el gnosticismo textual contemporáneo es, sin embargo, muy generoso: cualquiera puede convertirse en el Übermensch que se da realmente cuenta de la verdad, siempre que esté dispuesto a imponer la intención del lector sobre la inalcanzable intención del autor; es decir, que el autor no sabía lo que estaba realmente diciendo, porque el lenguaje hablaba en su lugar;

(f) para salvar el texto -es decir, para transformarlo de una ilusión del significado en la conciencia de que el significado es infinito-, el lector tiene que sospechar que cada línea esconde otro significado secreto; las palabras, en vez de decir, esconden lo no dicho; la gloria del lector es descubrir que los textos pueden decirlo todo, excepto lo que su autor quería que dijeran; en cuanto se pretende haber descubierto un supuesto significado, podemos estar seguros de que no es el real; el real es el que está más allá y así una y otra vez; los hílicos -los perdedores- son quienes ponen fin al proceso diciendo ‘he comprendido’;

(g) el lector real es aquel que comprende que el secreto de un texto es su vacío.

Reconozco que he hecho una caricatura de las más radicales teorías de la interpretación orientadas hacia el lector. De todos modos, creo que las caricaturas son con frecuencia buenos retratos …

Lo que quiero decir es que hay en algún sitio criterios que limitan la interpretación. De otro modo, nos arriesgamos a enfrentarnos a una paradoja puramente lingüística del estilo de la formulada por Macedonio Fernández: ‘En este mundo faltan tantas cosas que, si faltara una más, ya no habría sitio para ella’ …

Alguien podría decir que un texto, una vez separado del emisor (así como de la intención del emisor) y de las circunstancias concretas de su emisión (y por consiguiente de su pretendido referente), flota (por decirlo así) en el vacío de una gama potencialmente infinita de interpretaciones posibles …

Si hay algo que interpretar, la interpretación tiene que hablar de algo que debe encontrarse en algún sitio y que de algún modo debe respetarse”: el texto.

… “podemos aceptar una especie de principio popperiano según el cual si no hay reglas qué permitan averiguar qué interpretaciones son las ‘mejores’, existe al menos una regla para averiguar cuáles son las ‘malas’ …

El debate clásico apuntaba a descubrir en un texto bien lo que el autor intentaba decir, bien lo que el texto decía independientemente de las intenciones de su autor. Sólo tras aceptar la segunda posibilidad cabe preguntarse si lo que se descubre es lo que el texto dice en virtud de su coherencia textual y de un sistema de significación subyacente original, o lo que los destinatarios descubren en él en virtud de sus propios sistemas de expectativas. Está claro que estoy tratando de conservar un vínculo dialéctico entre la intentio operis y la intentio lectoris.

El problema es que, si bien quizá se sepa lo que se quiere decir con ‘intención del lector’, parece más difícil definir de modo abstracto lo que se quiere decir con ‘intención del texto’. La intención del texto no aparece en la superficie textual. O, si aparece, lo hace en el sentido de la carta robada. Hay que decidir ‘verla’. Así, sólo es posible hablar de la intención del texto como resultado de una conjetura por parte del lector. La iniciativa del lector consiste básicamente en hacer una conjetura sobre la intención del texto. Un texto es un dispositivo concebido con el fin de producir su lector modelo. Repito que este lector no es el único que hace la ‘única’ conjetura ‘correcta’. Un texto puede prever un lector con derecho a intentar infinitas conjeturas. El lector empírico es sólo un actor que hace conjeturas sobre la clase de lector modelo postulado por el texto. Puesto que la intención del texto es básicamente producir un lector modelo capaz de hacer conjeturas sobre él, la iniciativa del lector modelo consiste en imaginar un autor modelo que no es el empírico y que, en última instancia, coincide con la intención del texto. Así, más que un parámetro para usar con el fin de validar la interpretación, el texto es un objeto que la interpretación construye en el curso del esfuerzo circular de validarse a sí misma sobre la base de lo que construye como resultado. No me avergüenzo de admitir que con esto estoy definiendo el viejo y aún válido ‘círculo hermenéutico’.

Reconocer la intentio operis es reconocer una estrategia semiótica. A veces la estrategia semiótica es detectable a partir de convenciones estilísticas establecidas. Si una historia empieza con ‘Erase una vez’, hay bastantes posibilidades de que sea un cuento de hadas y que el lector modelo invocado y postulado sea un niño (o un adulto deseoso de reaccionar de modo infantil). Naturalmente, puede tratarse de un caso de ironía y, en realidad, lo que sigue deba leerse de un modo más sofisticado. Pero, incluso si descubro que es así por el curso posterior del texto, me habrá sido indispensable reconocer que el texto pretendía comenzar como un cuento de hadas.

¿Cómo demostrar una conjetura acerca de la intentio operis? La única forma es cotejarla con el texto como un todo coherente. También esta idea es vieja y procede de san Agustín (De doctrina christiana): cualquier interpretación dada de cierto fragmento de un texto puede aceptarse si se ve confirmada -y debe rechazarse si se ve refutada- por otro fragmento de ese mismo texto. En este sentido la coherencia textual interna controla los de otro modo incontrolables impulsos del lector. Borges (a propósito de su personaje Pierre Menard) afirmó que sería estimulante leer la Imitación de Cristo como si hubiera sido escrita por Céline. El juego es divertido y podía ser intelectualmente fructífero. Lo he hecho; he encontrado frases que podrían haber sido escritas por Céline (‘La gracia deleitase con cosas llanas y bajas, no desecha las cosas ásperas, ni rehúsa vestir ropas viejas’). Pero esta clase de lectura ofrece una ‘plantilla’ adecuada para unas pocas frases de la Imitación. Todo el resto, la mayor parte del libro, resiste esta lectura. Si por el contrario leo el libro según la enciclopedia medieval cristiana, éste aparece textualmente coherente en cada una de sus partes. Me doy cuenta de que, en esta dialéctica entre la intención del lector y la intención del texto, la intención del autor empírico ha quedado totalmente postergada … Mi idea de la interpretación textual como una estrategia encaminada a producir un lector modelo concebido como el correlato ideal de un autor modelo (que aparece sólo como una estrategia textual) convierte en radicalmente inútil la noción de la intención de un autor empírico. Tenemos que respetar el texto, no el autor como persona de carne y hueso … si quiero interpretar un texto debo respetar su trasfondo cultural y lingüístico …

… En este caso [da un ejemplo de un pasaje de El nombre de la rosa]  es innecesario conocer la intención del autor empírico: la intención del texto es evidente y, si las palabras tienen un significado convencional, el texto no dice lo que ese lector -obedeciendo a algunos impulsos idiosincráticos- creyó haber leído. Entre la inaccesible intención del autor y la discutible intención del lector existe la transparente intención del texto, que desaprueba una interpretación insostenible.

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La transparente intención del texto.

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