Mila 18, de León Uris

A partir de

Mila 18, de León Uris

En la radio suena Nocturno en La bemol de Chopin. “Era lo único que se oía por Radio Polonia esos días: Chopin interpretado por Paderewski… Nocturnos”.

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Los preparativos de la guerra, la Segunda Guerra Mundial en 1939, no empezaron seis años antes, en 1933 cuando los nazis alcanzaron el poder. Sino cientos de años atrás, uniendo el infame presente del espacio vital, al infame pasado de los pogroms. “Doscientos años de persecuciones inenarrables”. Pero todo cambiaba en lo que parecía ser a la velocidad del rayo. El polaco alemán Franz Koenig fue moderado hasta las primeras incursiones de las SA de Hitler, y hasta que Paul Bronski, el judío polaco decano de la Facultad de Medicina dejó su cargo para alistarse en el ejército polaco, y aquel creyó llegada su hora de un reconocimiento que resentía no haber recibido.

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Ser judío. Un libro de cabecera de Andrei Androfski era En incierta batalla de Steinbeck, con su frase, un lema, terrible, desafiante, valiente: “Un hombre que sabe defender causas perdidas”.

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Septiembre de 1939. El ejército nazi invade Polonia. La primera incursión fue rechazada. “Demasiado fácil, si me lo planteas, maldita sea”, se lamentaba Andrei. Poco, muy poco después, serían vencidos. Y el horror se desató sobre Polonia. Sobre los judíos de Polonia. El ghetto de Varsovia se implantaría algo más tarde, ese verdadero infierno en la tierra.

Los nazis son el mal.

¿Cómo enfrentar el mal? Las diferencias se manifestaron prontamente. Paul Bronsky y la Autoridad Civil Judía (ACJ), que resultaría en la reunión de los colaboracionistas disfrazando mal su colaboración. El gran rabí Solomón y su creencia en la aceptación del destino. Andrei, que era para su amada Gabriela Rak “como el David de la Biblia: un hombre que condensaba a la vez en un solo ser todas las fortalezas y todas las debilidades” que creía en la resistencia armada. La Sociedad de Huérfanos y Ayuda Mutua judía con sus orfanatos y granjas de Alexander Brandel y sus bathyranos, que instaló su casa central en Mila 19 con la esperanza de unir a todos los judíos. No lo lograrían inmediatamente: estaban también los comunistas de Rodel, los revisionistas de Samson Bn Horan, la Federación Conjunta de Sionistas Laboristas de Simon Eden. Por no mencionar los condenables criminales vendidos directamente, además de la ACJ, Max Kleperman, Piotr Warsinski y la Milicia o Policía Judía al servicio de los nazis.

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No tardaría en ponerse en marcha la Solución Final.

No tardaría -a la defensiva y ante la amenaza existencial- de converger las diferentes formas de lucha, desde la elemental tarea de intentar dar de comer a los hambrientos y sanar a los enfermos al enfrentamiento armado, no exenta de duras discusiones: “¿Qué pides tu? ¿La victoria o el derecho a luchar?” Se sabían derrotados de antemano. “Oh Dios mío, ¿porqué nos has abandonado?” resonaba terrible en las conciencias trágicas que aun así resistían el horror.

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Y el resultado fue, tal vez, la mayor gesta heroica de la humanidad contemporánea. Se crea una Varsovia subterránea, clandestina, heroica.

Lograron poner en pie, en medio del infierno, un gobierno inconcebible. El gobierno de los oprimidos.

Al punto que, contra las incursiones para exterminar a todos los judíos, que se estimaba no tardarían más que tres o cuatro días, derrotó a las poderosas fuerzas nazis por más de un largo mes con el “invisible ejército judío”.

Tuvieron el puesto de honor de haber sido “los primeros en rebelarnos contra la tiranía nazi”.

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La resistencia no fue solo armada. No fue solo la de asegurar la existencia elemental proveyendo alimentos y cuidados. Fue escrita. Fue ese Diario que comenzó Alex Brandel y siguieron otros. “-Los nazis serán condenados por mil años por los judíos. -Si quedan sobrevivientes. -Dejan todo por escrito”: “La última vez que documentaron su destrucción nos dieron una Biblia. Después, un Valle de Lágrimas. Y ahora, ¿qué?”.

Hay, sigue habiendo, aquella vieja verdad, que parece una frase de consuelo y no lo es: “la pluma es ciertamente más poderosa que la espada”.

Hubo la preocupación nazi por los escritos judíos: “¿Compara Hitler esos escritos con el otro gran libro que escribieron los judíos y que ha atormentado la conciencia del hombre durante dos mil años? ¿Teme que vengan dos milenios de maldición judía a corroer el alma de las generaciones?”.

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Queda un ejemplo -ante amenazas que parecen renovarse para la humanidad.

Queda el valor de la conciencia trágica.

Queda una Biblia viva que fue esa resistencia.

Queda ese necesario tormento para la conciencia que es necesario hacer oír sin cesar.

En defensa propia de cada ser humano.

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