
“Han existido pintoras en todas las épocas, y este arte maravilloso ofrece a la atención, a la imaginación, atractivos tan delicados que nadie se extrañaría si hubiese existido un número mayor de pintoras.
El siglo XVI italiano produjo a Sophonisba Anguisssola, celebrada por Lanzi y Vasari. Pablo VI y el rey de España se disputaron sus obras. Las hay en Madrid, en Florencia, en Génova, en Londres. El Louvre no posee ninguna de ellas. Nacida en Cremona hacia 1530, superó pronto a su maestro Bernardino y llevó lejos el arte del retrato. Los modernos han atribuido a veces algunos de sus cuadros a Tiziano. Después de haber obtenido los más grandes éxitos en la corte de Felipe II, terminó por retirarse a Génova, donde perdió la vista. Lanzi dice que pasaba por ser la persona que mejor razonaba en su siglo acerca de las artes, y Van Dyck, que vino a escucharla, afirmó que había aprendido más de aquella anciana ciega que del pintor más clarividente.
Sophonisba Anguissola es, hasta hoy, el ejemplo más elevado de una gloria femenina adquirida gracias a las artes plásticas”.