
A partir de
Un silencio lleno de murmullos, de Gioconda Belli
Cuánto de amor y desamor entremezclados, de juicios tajantes y de preguntas, de distancias y de apegos, de necesidad y de rechazo, de esperanza y desesperanza, de comprensión e incomprensión portamos. También, entre una hija y su madre.
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“Qué poco sabía de las ranuras del destino que una decisión acelerada y motivada por el terror abrirían en mí”.
Tener a su hija o no tenerla, en la vida de aquella Comandante Guerrillera en un momento tan decisivo. Decidir que sí, huir con miedo de la decisión de no tenerla.
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Los grandes acontecimientos, la preparación de la revolución en aquella Nicaragua de los años setenta, y las pequeñas decisiones personales: estamos hechos de todo eso, y todo eso hace a nuestro Destino, y a nuestros destinos.
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Y la casualidad. Conocer a una persona inesperadamente que te da una solución de imprevisibles consecuencias. Seguir tu vida. Tu vida continuada en tu hija, para descubrirla, para cuestionarla.
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Aquella tensión terrible entre el instinto maternal de proteger la vida que crecía en su interior, y su compromiso revolucionario; entre el dirigente macho revolucionario y lo que le pasaba a ella, mujer revolucionaria; entre la vida tranquila, con futuro común y corriente, y los sobresaltos de la clandestinidad.
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Aquella tensión replicada de modo confuso en su hija.
¿Cuál es el resorte para acercarse, para querer a alguien? ¿La admiración por el heroísmo guerrillero?, ¿la compasión por las tensiones que la atravesaban, y que nadie conocía?
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Lo que carga cada cual. Lo que cree conocer del otro, de tu propia madre.
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La palabra, siempre. El libro, casi siempre. Aquí, unas páginas sueltas, y un Cuaderno, descubierto casualmente, tras su muerte, cuando fue a limpiar la casa en la que vivía.
¿Y allí? “La letra de mi madre”. La historia que dejaba contada. “Su ropa, su trapos coloridos, sus chales, rebozos que le gustaban, podrían pertenecer a otra, en cambio, los trazos, las palabras regadas por aquí y por allá en la casa, no le pertenecían a nadie más que a ella, a su modo de vivir y de pensar”.
Y metiéndose en ese mundo de palabras, mezcladas con sus recuerdos, fue conociéndola.
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Esas ranuras que abren lo vivido, las decisiones tomadas libremente, las decisiones tomadas a la fuerza, los amores y desamores, las alegrías, las tristezas, los grandes acontecimientos históricos, los cotidianos.
Mirar a través de esas ranuras, queda en cada cual. Y hay que mirar.