
Píldoras de la Crítica. Los héroes de Homero, Virgilio y Dante. Gerardo Vidal Guzmán
(Apenas un breve extracto para pensar, sin hacer crítica de la crítica, ni hacerse parte de entreveros, ni tener que recorrer estos caminos)
Homero, Virgilio y Dante en el fresco de Rafael en el fresco de El Monte Parnaso en la Stanza delle Segnature del Vaticano:
“Como corresponde al padre de todos los poetas, Homero aparece en ella poseído de divino entusiasmo, a punto de recibir la fulgurante inspiración que proviene de las Musas. Homero pide silencio con el gesto, antes de comenzar a cantar en rítmicos hexámetros sus recuerdos seculares: «Canta, oh Musa, la cólera de Aquiles…».
El Homero de Rafael es el bardo que ameniza los banquetes con fantásticas historias de otras épocas, mientras un joven Ennio —haciendo de escribano—, inmortaliza sus relatos en papel.
El viejo poeta cuenta historias de un mundo perdido en las brumas del tiempo, cuando los héroes y los dioses protagonizaban, codo a codo, los azares de la guerra luchando a los pies de las murallas de Troya.
En El Monte Parnaso Homero es el poeta de los héroes; del divino Aquiles, “destructor de hombres”; del gran Héctor, “de tremolante casco”; del belicoso Diomedes, “valiente en el combate”… Homero canta la gloria que les corresponde. En sus versos todos ellos son “iguales a Ares, dios de la guerra”, “deiformes”, “semejantes a los inmortales”.
En la plenitud de su heroísmo Homero los compara con el león que ruge, con la tormenta que cae sobre el campo, con el incendio que arrasa el bosque. La guerra es para Homero el gran escenario heroico donde se exhibe el valor y se alcanza la gloria. Eso sí, entrados en batalla, la guerra cobra su precio.
El heroísmo que canta Homero no es el de personajes divinos exentos de sufrimiento y dolor. Aun en su grandeza, cada vez que afrontan el combate, los héroes bordean el límite de la condición humana y sienten sobre sí la sombra del miedo. Saben que terminarán muriendo en medio del estruendo bélico, pero no se arredran; enfrentan el destino con la frente en alto, sin consentirse titubeos, determinados a «hacer algo grande que llegue a conocimiento de los venideros». Mueren jóvenes, pero gozan del honor de sus pares y consiguen la fama con sus hazañas. Esos son los héroes de Homero; hombres que enfrentan la muerte con gallardía, despreciando aún lo más preciado —su propia vida—, para alcanzar la inmortalidad de la gloria.
Inmediatamente detrás de Homero se encuentra Virgilio, el gran continuador de la tradición épica, esta vez en Roma. Envuelto en su manto, el poeta ocupa un lugar discreto en el fresco haciendo honor a su carácter: su figura aparece en un modesto segundo plano, a la sombra de la de Homero. Este tímido Virgilio hará renacer la antigua tradición épica, comenzada siete siglos antes por Homero, inyectándole nuevo vigor con su poema La Eneida.
El primer lazo que vincula a Homero y Virgilio es precisamente el personaje de Eneas: un antiguo troyano salido de las páginas de La Ilíada, que escapa de su ciudad en llamas llevando consigo a los dioses penates y un mandato del cielo: la fundación de una nueva Troya. A diferencia de los héroes de Homero, el Eneas de Virgilio no es un guerrero imponente; es un hombre profundamente religioso que cumple su misión con la seriedad con que se realiza una vocación sagrada. También él desprecia la muerte y realiza hazañas en batalla, pero no lo hace por amor a la gloria —como los héroes de Homero— sino por la responsabilidad que siente pesar sobre sus hombros: la de sembrar la primera semilla de una ciudad llamada a ser —en los designios del destino—, “Caput mundi”, cabeza del mundo. Eneas se siente parte de una gran empresa colectiva que lo incluye y también lo supera. Hijo piadoso y padre ejemplar, Eneas es también modelo de hombre de familia. Por eso el poeta no reserva para él epítetos que realcen su porte corporal o su capacidad guerrera. Para Virgilio es simplemente el pius Aeneas, el piadoso Eneas, dando a entender con ese epíteto el profundo sentido del deber que lo movía. Para Virgilio la pietas encerraba todas las virtudes que habían hecho grande a la antigua Roma: la devoción religiosa, la entrega cívica y la dedicación familiar. A esa Roma apuntaba Virgilio, la de los orígenes, tan diferente de la suya: rica, corrupta y perpetuamente en guerra. Virgilio pretendía sembrar con La Eneida las semillas de una época nueva que permitiera a Roma resurgir de sus cenizas …
Completando el triángulo de la literatura griega, latina y medieval, se encuentra la inconfundible barbilla del Dante. Rafael plasmó su figura siguiendo a la letra la descripción de Boccaccio: la cara larga, la nariz aguileña, la mandíbula grande y el labio inferior ligeramente asomado. Puede parecer algo inexpresivo, pero no hay que engañarse; es el rostro de un hombre que se ha quedado sin palabras después de atravesar los abismos del infierno y de elevarse a las esferas de los cielos. Dante culminará la tríada poética con una obra magna, La Comedia, que no tendrá como horizonte la gloria heroica de Homero o la virtud nacional de Virgilio, sino el pecado, la gracia y la salvación cristiana.
… Dante comenzó a escribir La Divina Comedia hacia el año 1304 con un tema peculiar: un viaje al otro mundo. Al hacerlo reconoció tácitamente a sus predecesores. Tanto Homero como Virgilio habían permitido a sus héroes asomarse al “más allá”. Odiseo había mantenido un diálogo inmortal con el espectro de Aquiles en el mundo de las sombras. Eneas había presenciado los tormentos del tártaro y las delicias de los campos elíseos antes de reunirse con su Padre, Anquises. Ambas obras habían iluminado la existencia humana a partir de esas experiencias. Pues bien, ¿por qué no realizar un viaje análogo, utilizando la asombrosa escenografía heredada de los clásicos, pero transformando su sentido? … Una lección de filosofía cristiana escrita en versos de poesía mística: ni la gloria heroica de Homero ni el deber patriótico de Virgilio constituyen el último horizonte de la existencia humana, sino la visión perfecta de Dios”.