
“¿Se puede escribir todavía algo sobre él? Pienso en todas las palabras que ya se han escrito, incluidas las mías, y la respuesta es no. Si miro sus cuadros, la respuesta vuelve a ser no, aunque por una razón diferente: sus cuadros invitan al silencio …
Sólo cuando veo sus dibujos me parece que merece la pena añadir algunas palabras. Tal vez porque sus dibujos tienen algo de escritura …
¿Por qué ha llegado este hombre a ser el pintor más famoso del mundo? …
Es querido, me digo mirando el dibujo de los olivos, porque para él el acto de dibujar o de pintar era una forma de descubrir y de demostrar por qué amaba tan intensamente aquello a lo que estaba mirando, y aquello a lo que estaba mirando durante los ocho años de su vida como pintor (sí, solo ocho) pertenecía al ámbito de la vida cotidiana.
No se me ocurre otro pintor europeo cuya obra exprese un respeto tan franco por las cosas cotidianas, sin por ello elevarlas en alguna medida, sin referirse a su salvación mediante un ideal de lo que encarnan o a lo que sirven … en cuanto abandonó su vocación de predicador, abandonó toda ideología. Se volvió estrictamente existencial, se quedó ideológicamente desnudo. La silla es una silla, no un trono. Las botas están gastadas de andar. Los girasoles son plantas, no constelaciones. El cartero reparte cartas. Los lirios morirán. Y de esta desnudez suya, que para sus contemporáneos era ingenuidad o locura, procedía su capacidad de amar, súbitamente y en cualquier momento, lo que veía delante de él. Agarraba entonces el pincel o el lápiz y se esforzaba por hacer realidad, por colmar ese amor”.
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[No puedo dejar de pensar aquí en el Kafka de Borges [en https://lavidainfinita.com/2023/07/30/el-caminante-de-praga-de-apollinaire/]: Es, también, una manera de leer. Se acaba de publicar El proceso. “Algún perverso lector interrogará -nos dice Borges con alguna molestia-: ¿Se trata de un símbolo? Yo, apasionadamente, juzgo que no. Nada en el mundo es incapaz de una interpretación simbólica; ni siquiera los sueños …. Es harto fácil denigrar los cuentos de Kafka a juegos alegóricos. De acuerdo; pero la facilidad de esa reducción no debe hacernos olvidar que la gloria de Kafka se disminuye hasta lo invisible si lo adoptamos. Franz Kafka, simbolista o alegorista, es un buen miembro de una serie tan antigua como las letras; Franz Kafka, padre de sueños desinteresados, de pesadillas sin otra razón que la de su encanto, logra una mejor soledad. No sabemos -y quizá no sabremos nunca- los propósitos esenciales que alimentó. Aprovechemos ese favor de nuestra ignorancia, es don de su muerte, y leámoslo con desinterés, con puro goce trágico”].