
A partir de
Argentina. Historia del Descubrimiento y Conquista del Río de la Plata, cap. 7. (La cautiva de Ruy Díaz de Guzmán)
Fundado el fuerteSanti Spíritus, quedó a su mando “el capitán don Nuño (que) procuró conservar la paz que tenía con los naturales circunvecinos. En especial con los indios timbús, gente de buena masa y voluntad, con cuyos dos principales caciques siempre la conservó. Y ellos acudiendo a buena correspondencia, de ordinario proveían a los españoles de comida, que como gente labradora nunca les faltaba. Estos dos caciques eran hermanos, el uno llamado Mangoré y el otro Siripó, mancebos ambos como de 30 a 40 años, valientes y expertos en la guerra, y así de todos muy temidos y respetados, y en particular el Mangoré, el cual en esta ocasión se aficionó de una mujer española que estaba en la fortaleza, llamada Lucía de Miranda, casada con un Sebastián Hurtado”.
***
¿Puede un hecho trivial desencadenar un hecho histórico? “A esta señora hacía este cacique muchos regalos y socorría de comida, y ella, de agradecida, le hacía amoroso tratamiento, con que vino el bárbaro a aficionársele tanto y con tan desordenado amor, que intentó de hurtarla por los medios a él posibles. Y convidando a su marido a que se fuese a entretener a su pueblo y a recibir de él buen hospedaje y amistad, con buenas razones se negó y, visto por aquella vía no podía salir con su intento y la compostura, honestidad de la mujer y recato del marido, vino a perder la paciencia con grande indignación y mortal pasión”.
¿Pero, fue la mortal pasión?
***
¿O fue acaso la decisión de disputar señoría contra señorío? ¿De quién eran esas tierras, quién debía mandar? Era voluntad de Mangoré “que la pobre señora viniese a su poder. Para cuyo efecto persuadió al otro cacique, su hermano, que no les convenía dar la obediencia al español tan de repente porque con estar en sus tierras eran tan señores y resolutos en sus cosas que en pocos días le supeditarían todo como las muestras lo decían, y si con tiempo no se prevenía este inconveniente, después, cuando quisiesen, no lo podrían hacer, con que quedarían sujetos a perpetua servidumbre”.
Y atacaron, “a traición”, engañando a los españoles al ofrecerles el alimento que no tenían, para que les abrieran las puertas del fuerte, y una vez abiertas, pasarlos a degüello, provocando sangrienta carnicería, “sin dejar hombre a vida, excepto cinco mujeres que allí había con la muy cara Lucía de Miranda, y algunos 3 o 4 muchachos, que por serlo no los mataron y fueron presos y cautivos”. Muerto Mangoré en el enfrentamiento, su hermano Sirope hizo a Lucía su cautiva, “no quiso, por su parte, tomar otra cosa que por su esclava a la que, por otra parte, era señora de los otros”.
***
Con inesperada compasión, viéndola sufrir, Siripó “la habló con muestra de grande amor y la dijo: “De hoy más, Lucía, no te tengas por mi esclava sino por mi querida mujer y, como tal, puedes ser señora de todo cuanto tengo y hacer a tu voluntad de hoy para siempre, y junto con esto te doy lo más principal, que es el corazón”, a la vez que llevaba detenido a su amado esposo, el tal Hurtado, a quien decidió ejecutar, aunque Lucía suplicó por su vida ofreciendo quedar ambos como sus esclavos, aceptándolo Siripó a condición que no tuvieran ningún contacto los esposos. Imposible, tal era su amor. Denunciados por una mujer india celosa de Lucía, Siripó mandó quemar a la española y saetear a Sebastián, renovando la estampa del mártir santo cristiano.
***
La cautiva. Una excusa. El verdadero motivo, la ancestral lucha de un hombre contra otro hombre, que, para probar su supremacía, la prueban haciéndose con un botín, una mujer, el cuerpo de una mujer.