
Henry, el abuelo de Mona su nieta de diez años, con quien visitaba cada semana un cuadro, temeroso de que perdiera la vista y entonces queriendo que pudiera quedarse con la belleza que la humanidad había producido, visitan esta vez en el Louvre Cabeza de cordero y costillares, Goya.
Pintado después de su dolorosa enfermedad, poco después también, de los fusilamientos de Joaquín Murat, oficial de Napoleón en su invasión de España, rompiendo su fe en los ideales de la Ilustración.
En este bodegón, podemos ver representado ese tiempo de dolor, “marcado por la violencia, tanto que Goya pinta las pequeñas letras de su firma en el charco de sangre que gotea de la cara del cordero, para identificarse con el pobre animal. Se ve a sí mismo como un ser que ha perdido la cabeza. Y fíjate en el realce blanco debajo del ojo izquierdo. Se diría que el animal está lloroso, con ese brillo como de lágrima. Una sensación de absurdo y desastre hace palpitar este lienzo.
La pintura de Goya nos enseña que los monstruos acechan por todas partes … que, pase lo que pase, la humanidad produce y producirá lo monstruoso, igual que una máquina de pesadillas. Es aterrador, pero su obra también nos enseña a admitirlo, a enfrentarnos con lucidez a nuestro lado oscuro”.