Ardiente paciencia, de Antonio Skármeta

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Ardiente paciencia, de Antonio Skármeta

(Para ASH, la de ardiente paciencia)

Era junio del año 1969 y Mario Jiménez quería, necesitaba, cambiar de oficio. Por “su desafecto por las faenas de la pesca que lo sacaban de la cama antes del amanecer, y casi siempre, cuando soñaba con amores audaces, protagonizados por heroínas tan abrasadoras como las que veía en la pantalla del rotativo de San Antonio”. Después, porque se consiguió una bicicleta. Por último, por el aviso que vio anunciando que se necesitaba un cartero. Y siempre, podemos decir que porque “soñaba”. No, no quería aceptar aquel destino al que estaba destinado.

¡Qué fuerza tienen los sueños!

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Y como mucho de lo inesperado, puede ser -sólo es una posibilidad, pero allí está- maravilloso.

Después de presentarse al funcionario de Correos solicitando el puesto, le dijo, “-bueno -dijo el oficinista, limpiándose los lentes-, se trata de un puesto de cartero para isla Negra. -Qué casualidad -dijo Mario-. Yo vivo al lado, en la caleta. -Eso está muy bien. Pero lo que está mal es que hay un solo cliente. -¿Uno nada más? -Sí, pues. En la caleta todos son analfabetos. No pueden leer ni las cuentas. -¿Y quién es el cliente? -Pablo Neruda. Mario Jiménez tragó lo que le pareció un litro de saliva. -Pero eso es formidable. -¿Formidable? Recibe kilos de correspondencia diariamente. Pedalear con la bolsa sobre tu lomo es igual que cargar un elefante sobre los hombros. El cartero que lo atendía se jubiló jorobado como un camello”.

Y agregar así un sueño al sueño trivial que todos tenemos: con su primer sueldo, compró “la edición Losada de las Odas elementales por su cliente y vecino, Pablo Neruda. Se proponía, en algún momento en que el vate le pareciera de buen humor, asestarle el libro junto con la correspondencia y agenciarse un autógrafo, con el cual alardear ante hipotéticas pero bellísimas mujeres que algún día conocería en San Antonio, o en Santiago”.

Y entre ida y vuelta, terminó leyendo el libro. Y otro sueño, este no soñado, se agregaba a sus sueños.

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Aunque logró la firma, fue apenas un “Cordialmente, Pablo Neruda”, y quería más, quería que agregara un a “Mario Jiménez S.”, y por qué no “A mi entrañable amigo Mario Jiménez, Pablo Neruda”. Así que “cuando recibió el segundo sueldo en un sobre fiscal, adquirió, con un gesto que le pareció consecuente, Nuevas odas elementales, edición Losada”.

Soñar, soñar.

¿Se alcanzan los sueños?

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No alcanzó entonces esas anheladas dedicatorias, así que “relegó la dedicatoria al olvido. Mas no así la poesía”.

Es que misteriosos son los caminos del Señor.

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¿Se alcanzan los sueños?

“-Mira este poema: «Aquí en la Isla, el mar, y cuánto mar. Se sale de sí mismo a cada rato. Dice que sí, que no, que no. Dice que sí, en azul, en espuma, en galope. Dice que no, que no. No puede estarse quieto. Me llamo mar, repite pegando en una piedra sin lograr convencerla. Entonces con siete lenguas verdes, de siete tigres verdes, de siete perros verdes, de siete mares verdes, la recorre, la besa, la humedece, y se gol pea el pecho repitiendo su nombre»”.

Que sí, que no, que sí. Vale entonces, insistir con tus sueños. Diremos tu nombre, diremos mar.

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A Pablo Neruda le ofrecieron la candidatura a Presidente. Mario Jimenez le ofreció ser su vate, el escritor de poemas para su fulminante amor por Beatriz a quien ni se atrevía a hablarle. Neruda primero necesitaba verla, y fue con él al bar que ella atendía a tomar un vino. Pero no avanzó un paso con Beatriz, entonces, aunque “el poeta, tras abrazarlo, le obsequiara con cierta pompa la edición Losada en papel biblia y dos volúmenes encuadernados en cuero rojo de sus Obras completas. No lo abandonó la desazón tampoco al leer la dedicatoria que otrora hubiera superado su anhelo: «A mi entrañable amigo y compañero Mario Jiménez, Pablo Neruda»”.

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Y se dio el milagro, el sueño realizado, uno no del todo soñado.

Mario recitó poemas, de Neruda y propios a Beatriz, que se enamoró, y repetía esos poemas, y su madre, recitando poemas de Neruda la mandaba a Santiago para que no quedara ni prendada ni embarazada.

Poemas que van, poemas que vienen, del común de la gente que los dice, los repite, los crea sin saberlo. Y otras formas de la poesía: Mario se casó con Beatriz; con el gobierno de Allende aun en medio de las dificultades la familia prosperó; Neruda se fue a Paris; desde allí le envió una grabadora para que grabara el sonido del mar, y de los pájaros y del viento en Isla Negra y se la enviase de vuelta; vino después el golpe; vino la muerte de Neruda.

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Antes, al recibir el Premio Nobel, dijo Neruda: “Hace hoy cien años exactos, un pobre y espléndido poeta, el más atroz de los desesperados, escribió esta profecía: «A l’aurore, armés d’une ardente patience, nous entrerons aux splendides villes». (Al amanecer, armados de una ardiente paciencia, entraremos en las espléndidas ciudades). Yo creo en esa profecía de Rimbaud, el vidente”.

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Sí. Entraremos en espléndidas ciudades.

De modos inescrutables, sí, los sueños pueden cumplirse, deshacerse, y volver a irrumpir para cumplirse una vez más.

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