Todo se desmorona, de Chinua Achebe

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Todo se desmorona, de Chinua Achebe

“Okonkwo era muy conocido en las nueve aldeas e incluso más allá … Era evidente que Okonkwo estaba hecho para grandes cosas. Era un labrador rico, tenía dos graneros llenos de ñames, y acababa de tomar una tercera esposa. Para coronarlo todo, había obtenido dos títulos y había demostrado un valor increíble en dos guerras intertribales. Así que, aunque joven todavía, era ya uno de los hombres más grandes de su tiempo. Entre los suyos se respetaba la edad, pero se reverencia ha el triunfo.”.

Ahora Okonkwo cuidaba de Ikemefuna, el muchacho que la aldea del clan vecino de Mbaino sacrificaba en compensación a la poderosa y temida aldea de Umuofia para evitar la guerra, por haber muerto allí una mujer de Umuofia. Aunque Okonkwuo no tenía miedo a la guerra, era un hombre de acción, un hombre de guerra, “en la última guerra de Umuofia había sido el primero que había conseguido una cabeza humana. Esa había sido su quinta cabeza, y aún no era un anciano. En las grandes solemnidades, como, por ejemplo, en el funeral de un notable de la aldea, él bebía el vino de palma de su primera cabeza humana”. Y todos, incluidas sus tres esposas y sus ocho hijos -a quienes pegaba y reñía-, le temían, era violento e irascible. Era la violencia que sentía contra sí mismo, por temor a parecerse a su padre Unoka y todas las cosas que le habían gustado cuando vivía, la amabilidad y la ociosidad; “estaba poseído por el miedo a la vida indigna y a la muerte deshonrosa de su padre”; era duro y despreciaba notoriamente a los hombres que no tenían éxito.

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Pasaron tres años, y llegó a hablar con Okonkwo Ogbuefi Ezeudu, el hombre más viejo y le dijo de Ikemefuna: “Umuofia ha decidido matarle. El oráculo de las colinas y de las cuevas lo ha decretado. Le llevarán fuera de Umuofia según la costumbre, y le matarán allí. Pero quiero que tú no tengas nada que ver con eso. El te llama padre”. Okonkwo se había encariñado con él, también su primera mujer a cargo de su cuidado, y su hijo mayor Nwoye. Pero el miso “Okonkwo desenvainó el machete y rema tó al muchacho. Tenía miedo de que le consideraran débil”.

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Durante el funeral de Ezeudu murió también su joven hijo, a “Okonkwo le había estallado el fusil y un trozo de hierro le había atravesado al muchacho el corazón … La única salida de Okonkwo era abandonar el clan. Matar a un miembro del clan era un delito contra la diosa de la tierra y el hombre que lo cometía tenía que huir del lugar. El delito podía ser de dos tipos, macho o hembra. El de Okonkwo era hembra, porque había sido accidental. Podría regresar al clan pasados siete años”. Fue donde sus parientes maternos, en Mbanta.

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Y algo cambió. “Okonkwo y su familia trabajaron mucho para sembrar un campo nuevo. Pero fue como reiniciar la vida sin el vigor ni el entusiasmo de la juventud, era como aprender a ser zurdo en la vejez. Okonkwo ya no sentía el placer que había sentido siempre trabajando y, cuando no tenía nada que hacer, se quedaba sentado en un semisueño silencioso”.

Algo profundo cambio: no estaba, como siempre lo había creído, por encima de su destino. “Su vida la había regido siempre una gran pasión: ser uno de los señores del clan. Aquel había sido su impulso vital. Y había estado a punto de conseguirlo. Luego todo se había roto. Se había visto arrojado de su clan como un pez boqueante a una playa seca y arenosa. Era evidente que su dios personal o chi no estaba hecho para grandes cosas. Un hombre no podía elevarse por encima del destino que marcaba su chi. No era cierto lo que decían los ancianos de que si un hombre decía si, su chi decía si también. Él había dicho sí, pero a pesar de eso su chi decía no”.

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No fue lo único que cambió.

En el destierro se entera que el clan de “Abame ya no existe”. Hacía unos días, había llegado allí un hombre blanco “montaba un caballo de hierro. Los primeros que lo vieron escaparon, pero él empezó a hacerles señas. Al final, los más valientes se acercaron a él y hasta le tocaron. Los ancianos consultaron a su oráculo, que les dijo que el extraño desharía el clan y sembraría entre ellos la destrucción. Así que mataron al blanco y ataron su caballo de hierro al árbol sagrado, porque daba la impresión de que podía escapar a avisar a los amigos del blanco. Se me ha olvidado contaros otra cosa que dijo el oráculo. Dijo que llegarían más blancos. Que eran langostas, dijo, y que aquel primer blanco era su heraldo enviado a explorar el terreno”. Después llegaron otros, y mataron a todos los que no alcanzaron a huir.

Y después, “habían llegado a Umuofia los misioneros. Habían construido allí su iglesia, habían hecho algunas conversiones y estaban ya enviando predicadores a los pueblos y aldeas circundantes. Los jefes del clan estaban muy preocupados; pero muchos creían que aquella extraña religión y aquel dios de los blancos no iban a durar”. Y Okonkwo supo también que a su hijo mayor Nwoye, lo convirtieron, y muchos más tras él.

No fue todo. “Pero además de la iglesia, los blancos habían llevado un gobierno. Habían construido un juzgado donde el comisario del distrito juzgaba los casos con total ignorancia. Tenía agentes que le llevaban a los hombres para que los juzgara. Muchos de aquellos agentes eran de Umunr, de la ribera del Gran Río, donde habían llegado primero los blancos muchos años antes y donde habían establecido el centro de su religión, comercio y gobierno. Aquellos agentes eran muy odiados en Umuofia porque eran forasteros y además arrogantes y despóticos”.

Y aun hubo más: “El blanco había llevado realmente una religión de locos pero también había instalado una factoría, y el aceite de palma y el maíz se convirtieron por primera vez en artículos de gran valor y afluyó a Umuofia mucho dinero”. Y sumaron escuelas y hospitales.

Se cumplen los siete años del destierro, Okwonko se dispone a volver con su familia a su tierra, un anciano los despide advirtiéndoles: “temo por vosotros los jóvenes, porque no comprendéis lo fuerte que es el vínculo de parentesco. No sabéis lo que es hablar con una voz. ¿Y cuál es el resultado? Se ha asentado entre nosotros una religión abominable. Ahora un hombre puede dejar a su padre y a sus hermanos. Puede maldecir a los dioses de sus padres y de sus antepasados, como el perro del cazador que se pone rabioso de pronto y ataca a su amo. Temo por vosotros; temo por el clan”.

Okwonko llegó a Umuofia. Quiere que luchen contra los blancos. Le dice su amigo: “¿Cómo crees que podemos luchar cuando se han vuelto contra nosotros nuestros propios hermanos? El blanco es muy listo. Llegó silenciosa y pacíficamente con su religión. Nos reímos de su estupidez y le dejamos quedarse. Ahora ha convencido a nuestros hermanos y nuestro clan ya no puede actuar unido. Ha cortado las cosas que nos mantenían unidos y nos hemos desmoronado”.

Y se desató la violencia, y la venganza, y la derrota.

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Todo tiene un destino. Acaso el destino es simplemente el eco de las historias que se han sucedido y se suceden sin descanso:

“- Habíamos oído contar historias de los hombres blancos que hacían armas de fuego potentes y bebidas fuertes y se llevaban esclavos al otro lado del mar, pero nadie había creído que esas historias fueran ciertas.

-No hay ninguna historia que no sea cierta-dijo Uchendu-. El mundo no tiene fin y lo que es bueno en un pueblo es abominable en otros”.

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Acaso la llegada del hombre blanco fue lo que torció su destino, hasta que todo se desmoronó.

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