Las ruinas circulares. Una singularidad esencial

Las ruinas circulares. Una singularidad esencial

“Moisés dijo a Dios: ‘Si me presento ante los israelitas y les digo que el Dios de sus padres me envió a ellos, me preguntarán cuál es su nombre. Y entonces, ¿qué les responderé? Dios dijo a Moisés: ‘Yo soy el que soy’. Luego añadió: ‘’Tú hablarás así a los israelitas: ‘Yo soy’ me envió a ustedes”. Y continuó diciendo a Moisés: ‘Tú hablarás así a los israelitas: El Señor, el Dios de sus padres, el Dios de Abraham, el Dios de Isaac y el Dios de Jacob, es el que me envía. Este es mi nombre para siempre, y así seré invocado en todos los tiempos futuros”. (Éxodo, 3, 13).

Para Harold Bloom, “ni la historia entera de la exégesis judía llevaría a nadie a creer que este crucial pasaje revestía el menor interés o importancia para ninguno de los comentaristas rabínicos”.

La importancia vino después. O por otro lado.

Cuando emergen las batallas. Y ha habido, una “guerra estética entre la Biblia hebrea y el Nuevo Testamento”, entre los autores Juan y el Yavhista, entre un libro y el otro, y con ellos entre Jesús y Moisés. En el mismo momento en que le dice su -este- nombre a Moises, otra guerra estaba en curso: a qué dios adorar, a aquel becerro de oro, a quien a Moisés le habla. Por eso, afirma su identidad.

Para Harold Bloom se trata de otra cosa: “Cuando el recalcitrante Moisés, en el texto del Escritor J, pregunta quejumbroso el nombre del Dios que le envía a Egipto, Yahvé proclama sólidamente: Ehyeh asher ehyeh. La traducción tradicional es ‘Yo soy el que soy’, que yo explico como: ‘Yo estaré presente allí donde y cuando yo esté presente’. La terrible ironía del juego de palabras de Yahvé con su propio nombre es que lo opuesto también queda implícito: ‘Y estaré ausente allí donde y cuando esté ausente’, incluyendo las tres destrucciones del Templo, los campos de concentración alemanes y el Gólgota”.

Más que la ausencia o presencia, como decíamos, afirma una identidad.

¿Cuál?

Siglos y siglos más tarde, acaso encontremos una respuesta, en otro libro.

***

“-Yo sé quién soy -respondió don Quijote-, y sé que puedo ser no sólo lo que he dicho, sino todos los doce Pares de Francia, y aún todos los nueve de la Fama, pues a todas las hazañas que ellos todos juntos y cada uno por sí hicieron, se aventajarán las mías”.

Otra guerra, con otras armas, no las de lo sublime bíblico, sino las de la parodia (entre otras) de la novela que nacía para la modernidad que nacía.

Antonio Muñoz Molina recuerda, “que un poema no significa, es. Lo mismo le sucede a un personaje de novela. Se yergue delante de nosotros, imprevisto al llegar. Desaparecido luego. Con esa facultad de desaparición irrevocable que es exclusiva de los libros de ficción. Nos mira a los ojos con una expresión como de sereno desafío, y nos dice lo mismo que don Quijote a aquel vecino que lo encontró tirado en medio del campo: Yo sé quién soy”.

Y sigue diciendo algo más, como vimos. Otra guerra, otras armas. Entre el Don Quijote de la Mancha y los muchos libros de caballería que le antecedieron. Entre don Quijote y Esplandián, por nombrar un famoso caballero. Entre el barbero y el cura y el señor Quijana. ¿Entre locura o cordura? ¿entre ficción y realidad? Sí, entre otras cosas.

También, entre una identidad que podía contener muchas identidades: “Yo sé quién soy, y sé que puedo ser no sólo lo que he dicho, sino todos…”

Tal vez acá esté la respuesta, sencilla, a ese enigma de la querella religiosa: una identidad abstracta, una esencia, que permita contener todas las identidades.

Una singularidad esencial.

***

Hoy de nuevo amenazada y en riesgo -los esencialismos, las identidades, que son de carne y hueso: migrantes, mujeres, y todos los innumerables-, debe decirse su universal -común a cada persona- singularidad; contra todo atropello, “soy el que soy … soy todos”.

Deja un comentario