
DE OTRAS RUINAS CIRCULARES. A partir de
El corazón de las tinieblas, de Joseph Conrad
Del Támesis, “gran espíritu del pasado”, “buscadores de fama o fortuna, habían partido de esa corriente con la espada, y a menudo el fuego, en la mano, mensajeros del poder de tierra firme, portadores de una chispa del fuego sagrado. ¡Qué grandeza no habrá flotado en el reflujo del río hacia el misterio de tierras desconocidas! Los sueños de los hombres, las semillas de las colonias, el germen de imperios”.
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Allí, en el Nellie, está el viejo marino Marlow, contando sus historias.
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Las de antes, los romanos, por ejemplo, al embarcarse a otros países. “No eran colonizadores; sospecho que su administración no era más que una tenaza. Se trataba de conquistadores, y para eso no hace falta más que fuerza bruta, nada de lo que uno pueda enorgullecerse, pues esa fuerza no es más que un accidente, resultado tan solo de la debilidad de los otros. Cogieron lo que pudieron coger, únicamente por el valor que pudiera tener. Fue solo robo con violencia, asesinatos a gran escala con agravantes. Y unos hombres que se aplicaron a ello ciegamente, un modo muy adecuado para aquellos que deben hacer frente a las tinieblas”.
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Un tiempo sin trabajo, anhelante de conocer el mundo, apasionado del mar, mucho había recorrido del mundo. No el África. Pidió ayuda a una tía para conseguirle empleo en un barco de la compañía, con entusiasmo lo hizo, le “habló de “’ograr que aquellos millones de ignorantes abandonaran sus horribles costumbres’ hasta que, les doy mi palabra, me hizo sentir bastante incómodo. Me atreví a sugerir que lo que movía a la compañía era conseguir beneficios”.
Bordeaban la costa, “había algo de locura en aquello, el espectáculo producía una lúgubre sensación de absurdo que no se disipaba a pesar de que alguien a bordo asegurara con la mayor seriedad que había un campamento de nativos (¡enemigos, los llamaba!) oculto por allí. Les entregamos el correo (oí decir que la tripulación del barco solitario moría de fiebres a un ritmo de tres hombres al día) y seguimos adelante. Nos detuvimos en otros lugares con nombres de opereta, en los que la alegre danza de la muerte y el comercio prosigue en una atmósfera práctica y tranquila como la de una catacumba caldeada”.
Sería apenas un vislumbre del horror.
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Llega al primer destino antes de adentrarse en el continente. “He visto al demonio de la violencia, y al de la codicia y al del deseo más ardiente, ¡por todos los santos!, eran demonios de ojos enrojecidos, fuertes y vigorosos, que tentaban y manejaban a los hombres. Pero, mientras estaba en la ladera de la colina, http://www.lectulandia.com – Página 27 adiviné que bajo el sol cegador de aquella tierra iba a conocer a un demonio de ojos apagados, fofo y taimado, de una locura despiadada y rapaz. Hasta unos meses después, a mil millas de allí, no descubrí lo insidioso que podía llegar a ser. Por un instante, me quedé perplejo, como ante una advertencia”.
En las minas adyacentes, los negros y su moderna esclavitud, eran apenas “oscuras sombras de hambre y enfermedad que yacían confusamente en la verdosa penumbra”.
La compañía comercializaba marfil. En el interior lo esperaría Kurtz, uno de sus mejores agentes.
Y toda su hipocresía. Preguntaba por el renombrado agente, “¿quién es ese señor Kurtz?”, le decían: “es un prodigio, el emisario de la piedad, la ciencia, el progreso, y el diablo sabe de cuántas cosas más … una inteligencia superior, considerable benevolencia y unidad de propósito para dirigir la causa que, por decirlo así, nos ha encomendado Europa”.
Aquello, esta hipocresía incluida, Sería apenas un adelanto del horror.
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[¿Seremos capaces de imaginar, de ver aquellos horrores? ¿Y los que hoy se ciernen? La literatura podría ayudar. Esa literatura que quiere permitirnos ver. Pero, ¿logrará su cometido? “¿Lo ven? ¿Ven la historia? ¿Ven ustedes algo? Tengo la sensación de que intento contarles un sueño, de que me empeño en vano, porque ningún relato puede proporcionar la sensación del sueño, esa mezcla de absurdo, sorpresa y aturdimiento con una estremecida rebeldía que lucha por abrirse paso, esa sensación de ser apresado por lo increíble que es la mismísima esencia de los sueños… Se quedó un rato en silencio. —No, es imposible; es imposible transmitir las sensaciones vitales de cualquier momento dado de nuestra existencia, las sensaciones que le confieren veracidad y significado, su esencia sutil y penetrante. Es imposible. Vivimos igual que soñamos: solos…”
No es un problema de “culpa”, o conciencia de las cosas; además, cada cual anda “en sus respectivas cuerdas flojas”; y la propia ceguera, por así decir: el compasivo Marlow creía estar en un continente sobrenatural, sus habitantes, prehistóricos, salvajes… Cuando Marlow allá remontaba el río para acercarse al puesto de Kurtz, “tenía que estar atento a las señales que revelaban la presencia de madera seca que cortaríamos durante la noche para abastecer al día siguiente la caldera. Cuando uno tiene que ocuparse de ese tipo de cosas, de las cosas que ocurren en la superficie, la realidad, la realidad les digo, se desdibuja. Afortunadamente, la verdad interior está oculta. Aunque, a pesar de todo, yo la sentía”. Esa atención de Marlow, nuestra absorción por lo cotidiano inmediato, por tener que sobrellevar lo cotidiano inmediato, ¿no?].
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Llegó donde Kurtz, allí “todo le pertenecía…, pero eso era lo de menos. Lo importante era saber a quién pertenecía él, cuántos poderes de las tinieblas lo reclamaban como suyo. Esa idea era la que te producía escalofríos por todo el cuerpo. Era imposible imaginárselo, y tampoco le hacía a uno ningún bien el intentarlo. Había ocupado literalmente una importante posición entre los demonios de la tierra”.
El señor Kurtz -y esto es más que hipocresía, es la impunidad desbocada- había escrito unas páginas: “Era una hermosa obra. Aunque ahora el primer párrafo, cuando lo veo a la luz de revelaciones posteriores, me parece siniestro. Empezaba argumentando que, dado el grado de desarrollo que nosotros los blancos habíamos alcanzado, ‘debe de parecerles [a los salvajes] que nuestra naturaleza es de índole sobrenatural, nos acercamos a ellos revestidos de los poderes de un Dios’, y así continuaba…, ‘mediante el simple ejercicio de nuestra voluntad podemos disponer de un poder prácticamente ilimitado y orientado a la consecución del bien’”.
Y allí, en su puesto, cabezas secándose en las estacas, los “salvajes” yendo arrastrándose por el piso a ver al señor Kurtz… “yo parecía haber sido transportado de golpe a una oscura región de horrores misteriosos … el salvajismo en estado puro”. El salvajismo, del blanco, del civilizador.
Kurtz, “su alma sí había enloquecido. Al encontrarse sola en la selva había mirado dentro de sí misma y, ¡santo cielo!, les digo que se había vuelto loca. Tuve que pasar por la dura prueba (supongo que a causa de mis pecados) de mirar yo mismo en su interior. Ninguna clase de elocuencia habría podido tener un efecto tan devastador sobre la propia fe en la humanidad como lo tuvo su último estallido de sinceridad. Él se debatía también consigo mismo. Yo lo vi, lo oí. Vi el inconcebible misterio de un alma que no conocía freno, fe, ni temor alguno y que, no obstante, luchaba ciegamente consigo misma”; con un corazón que late en las tinieblas. Y “¡cielos! ¡Cómo hablaba!, electrizaba a las masas. Tenía fe, ¿se da cuenta?, tenía fe. Podía llegar a convencerse a sí mismo de cualquier cosa, cualquier cosa, habría sido un excelente líder de un partido extremista”.
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Un poder ilimitado recubierto de vagos sentimientos altruistas. Conocimos de ello, los estamos volviendo a conocer. Otros señores Kurtz están campeando este mundo.
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Tenemos un vislumbre del horror. Tenemos un adelanto del horror. Y seguimos adelante. Ayer como hoy. Es que, “¿lo ven? ¿Ven la historia? ¿Ven ustedes algo?”.