
De otras ruinas circulares. La [fugacidad de la] ley del más fuerte. Federico Jeanmaire.
[Parece esta ley querer volver con todo su imperio. No sabe que sabemos de su fugacidad, de su soberbia ilusión].
Viajó el viejo y malhumorado músico a las Galápagos. Admiraba a Darwin [con su mezcla de grandeza y miseria, como veremos, igual que todos nosotros: en él, la grandeza unida a la genialidad]. Lo conocía. Más allá de sus obras. Se alojó en el hotel del alemán Johann, tan enamorado, y sometido a la nativa Margarita, y los observó. Aunque no como un naturalista.
“Darwin. Leyendo las memorias que escribe para sus hijos a los casi setenta años de edad, poco antes de morir, lo primero que extraña cualquier lector es la presencia de su mujer en esas páginas. La señora Darwin prácticamente no está. Siempre ausente, da la impresión de haber existido sólo para parirle unos cuantos hijos maravillosos y para cuidarlo con esmero en sus más que recurrentes enfermedades. Porque hay que decirlo con todas las letras, después del viaje iniciático y aventurero a bordo del Beagle que lo lleva a recorrer el mundo durante cinco años, es poco lo que el hombre hace con su vida: se busca una esposa cristiana y sumisa, se reproduce con ella a discreción, pasa años convaleciente en su cama, investiga sólo especies domésticas en el jardín de su cómoda mansión de Down, cerca de Bromley, a una hora en tren de Londres y allí es donde lee y escribe todo lo que escribe varios años más tarde. Y, entre esas muchas cosas que escribe, antes o después de cada convalecencia, está su famosísimo error, aquel que afirma que las mujeres poseen un cerebro bastante más pequeño que el de los hombres. Un error que Margarita sabe que es un estúpido error sin haber tenido nunca la necesidad de leer nada. Hay otra cosa que a Darwin se le pasó por alto. Seguramente, por no haber tenido la oportunidad de conocer ni a Margarita ni a Johann.
A saber: no siempre los más civilizados, los más avanzados, según el insigne naturalista los individuos europeos, grupo al cual él mismo pertenecía, se imponen naturalmente por sobre los más débiles, es decir, sobre el resto de los pobres y desgraciados seres humanos que no han tenido la fortuna de nacer con la piel más o menos blanca y en Europa”.