
A partir de
Mileva Einstein, teoría de la tristeza, de Slavenka Drakulic
Tenía “hambre de ternura”.
***
La tristeza.
La melancolía.
La depresión.
Algo que Albert no entiende. “Va diciendo que está enferma de tuberculosis … Lo más fácil es atribuir su enfermedad a causas físicas … [así] sus estados de ánimo negativos se vuelven comprensibles”.
No sólo eso. No es sólo una especie de positivismo, o cientificismo de la mente científica de un científico genial. Así, se desresponsabiliza.
Mileva, por su parte, algo había leído de Freud.
***
Historia de Mileva, historia de mujeres.
[Debemos traerlas hoy, con la renovada oleada anti- feminista].
***
Mileva siempre fue diferente. Era coja, y sufría burlas y humillaciones desde niña en la escuela. Era mujer y, con una mente brillante -elaboraba las justificaciones matemáticas de las teorías de Albert, hacía las recensiones de artículos que luego publicaban con la firma de Albert, discutía con él sus teorías-, logró ser de las primeras mujeres en ingresar a la Universidad en aquellas primeras décadas del siglo XX. También era diferente su familia: su padre, contra el ambiente de su época la apoyó para que ingresara a la Universidad y en el cuidado de su primera bebé, Lieserl, que tuvo sin estar casada con Albert, por Albert la dejó con su familia. Su hermana Zorka padecía esquizofrenia. Lo mismo que padecería su hijo Tete.
Albert era también diferente: extravagante, burlesco, ajeno a toda convención también fue por mucho tiempo rechazado.
Tal vez eso los unió por un tiempo. Hasta que él inició su carrera ascendente. Y ella, en dirección contraria, hacia su propio abismo interior.
***
Se preguntaba cómo había llegado a esa situación: “sin título, sin trabajo, en realidad, sin esposo”.
Por él, dejó todo. Dejó a Lieserl al cuidado de su familia, para que no afectará los esfuerzos de Albert por ingresar a la academia, y que murió poco después de escarlatina, lo que la atormentó toda su vida. Dejó sus estudios, por cuidar de sus otros dos hijos, Hans Albert y Tete. Se dejó a sí misma, al borde de su abismo interior, deslizándose paso a paso. Perdió el gusto por todo lo que le gustaba: salir, conversar, discutir de teoría.
***
Pero no todo estaba en ella -en esa “decisión” [que no es tal: rompió mandatos de género para recomponerlos quedándose con los pedazos de lo roto]. Albert la condujo a unir los pedazos rotos nuevamente. Por ejemplo, con sus “Condiciones”: “A. Te vas a ocupar: 1. De que mis trajes, ropa interior y sábanas estén limpios. 2. De que reciba tres comidas diarias en mi habitación … B. Te abstendrás de cualquier relación conmigo … C. Al tratar conmigo cumplirás estas reglas: … 2. Si lo exijo, dejarás de dirigirte a mí…”.
Sin trabajo, sin profesión, con dos hijos. No, no había tal “decisión”.
La tristeza la invadió, la melancolía, la depresión.
Estaba allí Freud, al que conocía, y quien debía poder conocer e integrar a sus teorías “Condiciones” como las de Albert.
***
Una mente brillante, una persona -y encima mujer- diferente. Y sólo por eso, humillada. ¿Cómo soportar el peso de las humillaciones?
***
Tenía “hambre de ternura”.
(Galaxia Gutenberg. Traducción de Marc Casals)