Darwin o el origen de la vejez, de Federico Jeanmaire

A partir de

Darwin o el origen de la vejez, de Federico Jeanmaire

“¿Dónde empieza todo lo que empieza? ¿Cuál es el origen, por ejemplo, de un intempestivo y solitario viaje a las islas de los Galápagos? ¿Cuándo uno comienza a decidir lo que todavía no sabe que decidirá?”.

***

“Darwin llega a la isla de Chatham, hoy San Cristóbal, el 15 de septiembre de 1835. Llega en un barco, el Beagle, casi cuatro años después de su partida desde Devonport, Inglaterra. Y tarda todavía dos días más en desembarcar. Eran otros tiempos. Y él mismo era otro hombre del que sería luego, también. El que desembarca en las islas de los Galápagos es un hombre joven, repleto de preguntas y de ilusiones, tan diferente a aquel otro hombre que, hacia el final de su vida, escribe para sus hijos una suerte de amoroso y monótono legado en forma de memorias”.

Y allí va también él tantas décadas después, llegado de Buenos Aires, a punto de cumplir sesenta años y “que no me llevo para nada bien con el asunto de la edad que voy a cumplir y que necesitaba escaparme del lugar en donde vivo para pasar un día, que sospecho será muy desgraciado, en otro ámbito, en un sitio completamente distinto a los sitios que conozco. Y en soledad. En absoluta soledad”; y es, también, músico, eximio tocando la armónica, vegetariano, y malhumorado contra todo lo que, humanamente, degrademos o agredamos a la naturaleza, por ejemplo, esas gigantes tortugas que llevamos a la extinción, incluyendo a Darwin en sus investigaciones.

“¿Ha cambiado la percepción humana del tiempo en los casi dos siglos que separan su llegada a las islas de los Galápagos de la mía?”.

***

Sentado en el banco junto a la estatura de Darwin, casi seguro de haberla escuchado hacerle una pregunta, comienza a responderle, a hablarle, a hablarse. De Rut, que se enamoró apenas verla, pero que, se repetía, era muy viejo para ella; y también “Rut me repetía que yo era viejo para ella. Demasiado viejo”. Fue con ella, a través de ella, por ella, que lo supo: “Lo fui sabiendo con el correr de los días, o de los meses, mejor: sus ojos, oscuros y preciosos, involuntariamente se habían convertido en el origen de la vejez, en el nacimiento mismo de la vejez. De mi propia vejez”.

Y discute con Darwin, “sus concluyentes dichos acerca de la selección natural. Tema áspero si los hay, reconózcalo. Además de la supervivencia de los más aptos, usted hace referencia a que los miembros de cualquier especie, los seres humanos, por ejemplo, consciente o inconscientemente buscan en el que eligen para aparearse a aquel que, de algún modo, lo ayude a mejorar la descendencia. Con independencia de que la cuestión me suene un tanto nazi, supongo que habrá tenido suficientes motivos como para asegurar algo así. Mil disculpas. No fue mi intención ofenderlo. Pero lo cierto es que las relaciones humanas han cambiado un montón en estos últimos dos siglos. Muchísimo. Creo que tendríamos que discutir a fondo acerca del tema de la selección natural”.

Y, también, ¿suplica?, “las personas ya no eligen a sus parejas sólo para reproducirse e intentar, además de la supervivencia de la especie, mejorar la estirpe familiar”.

***

Y se da cuenta, sin darse cuenta, de un parecido entre ambos, él y Darwin, y del origen de la vejez. “Y tampoco quiero seguir pensando en Darwin: resulta bastante ordinario que el origen de la vejez del hombre que mató a Dios sea un viaje o la propia decisión de casarse con una buena mujer. Parece una broma de mal gusto”.

El origen de la vejez, algo ordinario, acaso casual, una decisión cotidiana.

¿Y si fuera así? Si fuera un hecho ordinario, una decisión, ¿es algo que pueda revertirse?

***

¿O fue otra cosa?

Allí en el Ecuador darwiniano que visitaba, sí se acostó con una mujer del lugar, Anadeli, de la misma edad que Rut, pero que no lo distanció por viejo, y concluyó que “la vejez de uno la determinaban los otros, los demás”.

¿Pero es así completamente?

Esos enamoramientos instantáneos, siempre, y ahora con Rut, tantos años menos que él. No, no fueron los ojos de ella, la mirada de ella, sus palabras diciéndole que era viejo para ella. Era él, con esos enamoramientos instantáneos, que, entonces, residían sólo en él, sin un otro, sin una otra. Tal vez, entonces, siendo así, fuera viejo desde siempre.

Deja un comentario