
De otras ruinas circulares. Entre Pandora y Lucas
[Mientras se expanden y escalan las guerras, empresas de IA intentan negarse y advertir sobre el riesgo del uso de IA con fines militares].
Nos cuenta Hesíodo en Los trabajos y los días, que “los dioses tienen oculta la Vida a los hombres; si no, fácilmente trabajarías en un solo día lo bastante para tener hacienda por todo el año, sin necesidad de proseguir la faena. Pronto colgarías el timón bajo el humo, y se acabarían trabajos de bueyes y mulos incansables. Mas Zeus ocultó la Vida—irritado en su corazón—ya que le había engañado Prometeo, el de ingenio sutil. De ahí el por qué comenzó a maquinar contra los hombres tristes pesares, y ocultóles el fuego. Pero de nuevo el valiente hijo de Japeto en honda férula se lo robó al prudente Zeus, para dárselo a los hombres, engañando así al dios que se goza en el rayo.
Y enfurecido, le dijo Zeus que amontona nubes: «¡Hijo de Japeto, que a todos superas en astucias, te alegras de haber robado el fuego, burlando mis designios! ¡Gran azote para ti, y para los hombres venideros! ¡A ellos, yo, en lugar del fuego, les daré un mal, con el que todos se gocen de corazón, abrazando a la vez su propia ruina! Así dijo, y rompió a reír el padre de hombres y dioses; ordenó a Hefesto que al punto mezclase tierra y agua, le infundiera voz y fuerza de un ser humano y formase, parecido a las diosas inmortales, un hermoso y adorable cuerpo de virgen. Mandó después que Atenea la instruyese en sus labores, en el tejido de primorosas telas; y que la dorada Afrodita circundase de gracia su frente, imprimiéndole el doloroso deseo y las ansias que devoran los miembros. A Hermes —mensajero matador de Argos— encargó que le infundiese espíritu de perra y corazón ladino. Dijo así, y todos obedecieron al soberano Zeus, hijo de Crono … y dio a esta mujer el nombre de Pandora, porque todos los moradores de las mansiones olímpicas obsequiaron con tal regalo, procurando la ruina a los hombres que de pan se alimentan.
Una vez hubo concluido el señuelo fatal, irremediable, el Padre envió en busca de Epimeteo, al ilustre Matador de Argos—con el regalo de los dioses—, sí, al veloz mensajero. No pensó Epimeteo en lo que Prometeo le había avisado: nunca aceptar obsequio de Zeus Olímpico; devolverlo en cambio a su origen, para evitar así un mal a los mortales. Mas él después de aceptarlo, cuando ya tenía el mal consigo, lo advirtió.
Y es que otrora vivía en la tierra el género humano, lejos y libres de males, libres de la dura fatiga y de enfermedades dolorosas que dan a los hombres la Muerte —pues los hombres envejecen pronto en la desdicha. Pero la mujer, quitando del vaso la gran tapadera, los esparció, y maquinó para los hombres tristes congojas. Sola, allí dentro quedaba la Esperanza, en indestructible mansión, bajo los bordes del vaso—y no voló fuera: antes le puso Pandora la tapa, según designios del egidíforo Zeus, el que nubes reúne. Con lo que son incontables las penas que vagan entre los hombres: pues llena está la tierra de males, llena la mar. Morbos caen sobre los hombres, de día, o les visitan sin más, en la noche, llevando el dolor a los mortales—en silencio, que les quitó la voz el prudente Zeus. Así no hay modo de esquivar el pensamiento del dios”.
Están allí la furia de los dioses. Están allí los anhelos -melancólica memoria, ilusión persistente, deseo de futuro, esperanza de realización- de un arcaico, renovado, mundo sin fatigas.
Están, también, en Hannah Arendt, los riesgos de la invención. Del trabajo. De los resultados inesperados del trabajo: “en general, las personas que producen cosas no comprenden lo que hacen”. Distinguió así ente el Animal laborans para quien el trabajo es un fin en sí mismo, el momento amoral de la invención, y el Homo faber, el juez que determina, después, sus fines, su justicia, sus usos, su momento moral. Para relevar a este último y llevarlo al terreno de lo público, la deliberación, la decisión, la política.
La realidad, ayer, confirmaba a Arendt. Robert Oppenheimmer, después de contemplar su obra, su invención, la bomba atómica, se lamentaba. “Cuando ver algo técnicamente atractivo, sigues adelante y lo haces; sólo una vez logrado el éxito técnico te pones a pensar qué haces con ello”. Y remataba: “Me he convertido en la Muerte, destructora de mundos”.
Seguramente no era así.
La realidad, hoy, confirmar a Arendt. Empresas de IA ponen en debate e intentan resistir el uso de la IA con fines militares.
No es en lo que habrían pensado, algunos de ellos, o en sus inicios.
Seguramente no es así. Richard Sennet rechaza la distinción entre Animal laboral y Homo faber. Opone el artesano, “en el proceso de producción están integrados el pensar y el sentir”. Si se deja para después, es irreversible.
¿Es ahora irreversible? Peligros y promesas se entremezclan.
De Hesíodo a Lucas: “Y Jesús decía: padre, perdónalos porque no saben lo que hacen” (Lucas, 23:34). De los antiguos dioses a los modernos (por así decir), la acción humana desafía, a los dioses, a sí misma; más que una amenaza, contiene siempre la posibilidad de su contrario.
Detrás del humo y el fuego de las expansivas nuevas guerras, el riesgo existencial potencial de la IA. ¿Qué hay entre el paralizante temor de Hesíodo, y la esperanza del perdón de Lucas? ¿Un artesano arendtiano que pueda unir al pensar y sentir el deliberar y decidir a la vez?