
A partir de
El buen mal de Samantha Schweblin
De los cuentos reunidos aquí, elijo Bienvenida a la comunidad. “—No aguanto —le digo al hombre—. No puedo más”.
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Las hijas llegaron poco después que saliera del agua mohosa del río que está cerca de su casa, la abrazan, huelen ese olor fuerte poniendo sus caritas en su panza, mientras bate y bate –“batir es un esfuerzo descomunal”, como fue salir del agua habiendo llegado hasta el fondo tras saltar del muelle- preparándoles su omelette; mientras el conejo que llevaron de la escuela para cuidarlo por una semana sale de su jaula hasta el recipiente con agua –“ Me sorprende la naturalidad con la que se mueve fuera de su jaula. Si Tonel es un viajero experto en nuevos territorios, yo soy esta mujer anclada siempre en el mismo lugar”-; mientras sale un momento de la casa, el marido como siempre dejó el auto estacionado en la entrada –“en diagonal, parece una barricada. Ya no discutimos sobre eso, aprendí a deslizar las piernas entre el guardabarros y la pared casi sin ensuciarme la ropa. Cuando él está en la casa, «salir» se parece a «superar», a «vencer» un obstáculo, si quiero superarlo tengo que estar realmente decidida”-; mientras…
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“—Tiene que acostumbrarse —ordena, y escupe hacia un costado”, le dice el vecino que le cae mal, que anda vestido de militar, que puso alambre de púas para delimitar el jardín de su casa, que caza liebres, mientras toma una de un balde sanguinolento, ya muerta la despelleja y le pasa un cuchillo, compartiendo una cerveza.
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Acostumbrarse.
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¿Cómo? Le enseña la manera de despellejar esas liebres ya muertas. Provoca dolor, ¿no? Que da culpa. Que te ata a los demás.
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Hay veces, desesperadas veces, que la enfermedad es la cura.