Morir en la arena, de Leonardo Padura

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Morir en la arena, de Leonardo Padura

Rodolfo, con sus 67 años, ya jubilado, es decir, condenado a agregar pobreza a su pobreza en ese país suyo, Cuba, “un país que, día a día él percibía cómo se desintegraba”, mira desde su casa a la calle, con su gente caminando a “la batalla diaria que debían cumplir: la de la sobrevivencia”: veía, “un desfile de necesidades”.

¿A dónde se dirigen? ¿Hay un horizonte que te muestre una dirección que seguir, un lugar al que llegar?

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En la vida de los Bermúdez Paez: Rodolfo, su primera mujer Yolanda y su hija Aitana, Eugenio, Geni, su primera mujer Lola y su hija Violeta, su segunda mujer Nora, antiguo amor de Rodolfo, sus padres Fermin y Lola, sus abuelos, Quintin y Flora, ese horizonte era fatal. Y un día preciso del calendario señalaba la fatalidad: el 22 de marzo de 1992 cuando Geni mató de ocho martillazos a su padre. Y marcó para siempre -no de una vez y para siempre, que las cosas tienen un largo pasado, un fulminante presente y otro largo futuro- a toda la familia.

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Los motivos todos quisieron saberlos: Ricardo Fumero, escritor de policiales y amigo íntimo de Geni, y todo el resto.

Saber los motivos -¿la causa?- parecería poder aliviarlos a todos –¿acaso modificar de algún modo las consecuencias?-.

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Y en esa indagación, de trama policial para Fumero, vital para todos incluyendo a Fumero, la vida. Saber de “la tenaz persistencia de las cosas”.

Acaso, ¿pueden torcerse? ¿Puede? ¿a pesar de persistir? ¿O hay un hado, un destino: ¡el mismo horizonte!, es decir, eso que está allí?

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¿Y cómo llegamos?

Nadando. Nadando en ese mar tormentoso a veces y a veces sereno que es la vida. Sin detenerse, que no se puede.

Pero puede torcerse. Y a la vez: llegar a eso que está allí. Y a la vez cuando llegamos, estar ya torcido, y no por nosotros.

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El prometido Hombre Nuevo cubano, resultó el microempresario y santero yoruba Humbertico, hijo de Ricardo Fumero, y protector generoso de todos los Bermúdez.

El horizonte, el hado, el destino de Geni fue el de aquella fatídica noche.

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Y al nadar hacia el horizonte de cada cual, se puede arribar a alguna orilla.

Y se puede proponerse, Nora lo hizo otra cosa. “No, después de tanto nadar, ella no podía morir en la orilla. Al menos pondría los pies en la arena y marcaría allí, las huellas de sus plantas”.

Nora viviría con Rodolfo un otoñal amor, Aitana volvería de su exilio español a sostener a su padre. Más, ¡ay, vanidad de vanidades!

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No lo sabe Nora, no lo sabe Rodolfo. Lo sabe el escritor: “lo sólido no lo es”: “la arena se comporta como esas voraces tembladeras de las novelas latinoamericanas de la tierra”: las existencias de las gentes, “se esfumarán en el más compacto olvido, con toda su miserable carga de unas angustias y frustraciones tan volátiles que serán como si jamás esas criaturas hubieran existido”.

Triste destino. Triste travesía el nadar de la vida.

Más que el miedo que atenaza a todos los Bermúdez y a Fumero, la tristeza.

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