Libro de Job

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Libro de Job

 

La amargura del “íntegro, recto, temeroso de Dios y alejado del mal” Job, es honda. “Los gemidos se han convertido en mi pan y mis lamentos se derraman como agua”. “¡No tengo calma, ni tranquilidad, ni sosiego, solo una constante agitación!”.

Su amigo Elifaz, intenta, primero, consolarlo: nunca pereció un inocente, ni fueron exterminados los rectos. Después, le advirtió: “la exasperación mata al insensato”. Por último, lo aconsejó: “Yo, por mi parte, buscaría a Dios, a él le expondría mi causa”.

Pero, sobre todo, dio cuenta de la insignificancia del hombre ante Dios: “¿Puede un mortal ser justo ante Dios? ¿Es puro un hombre ante su creador?

Job siguió aquel consejo: “me quejaré con amargura en el alma”. Desafía: “Diré a Dios: ‘no me condenes, dame a conocer por qué me recriminas’.” Y redobla el desafío: “Yo quiero hablarle al Todopoderoso, mi deseo es discutir con Dios”.

Hace valer los derechos de la insignificancia del hombre: “¿Quién sacará lo puro de lo impuro? Nadie, ciertamente”.

Arroja su sentencia: “Dios es el que me agravia … Me trató como a su enemigo”.

Y redobla su reclamo: “¡Ah, si supiera cómo encontrarlo, si pudiera llegar hasta su tribunal! Yo expondría ante él mi causa y llenaría mi boca de recriminaciones”.

Su amigo Bildad lanza como acusación la defensa que había intentado Job: “¿Cómo puede un hombre ser justo ante Dios, o ser puro un hijo de mujer? Si hasta la luna no tiene brillo ni las estrellas son puras a sus ojos, ¡cuánto menos el hombre, ese gusano!”.

Fue entonces que, con ira, intervino Elihu, “porque pretendía ser más justo que Dios”. Y le aclara: Dios está en todas partes, es “más grande que el hombre. ¿Por qué pretendes litigar con él como si no respondiera a ninguna de tus palabras? En realidad, Dios habla una vez y luego otra, sin que se preste atención”. Y, “en defensa de Dios”, concluye: “Tú solo tienes que decir: ‘yo fui seducido, no volveré a hacer el mal’.”

Sin embargo, la desgracia de Job inició con el desafío de Dios al Adversario: “¿Te has fijado en mi servidor Job? No hay nadie como el sobre la tierra: es un hombre íntegro y recto, temeroso de Dios y alejado del mal”. Y el Adversario: “Pero extiende tu mano y tócalo en lo que posee: ¡seguro que te maldecirá en la cara!”. Y por tres veces, hasta destruirlo, se desafiaron.

Pero la insignificancia del hombre no está solo en este padecer los desafíos entre Dios y el Adversario.  Tal vez, la desgracia está en esa condena, ¿irreversible?, a merecer siempre un castigo, pues, “¿quién sacará lo puro de lo impuro?”. Tal vez, está en esta misma expectativa. Más, tal vez, pueda revertirse: con Elihu: prestando atención.

(Como excepción, repasemos lo que nos dice Victor Hugo: que con Job “comenzó el drama hace ya cuarenta siglos, colocando a Jehová enfrente de Satán: el mal desafía al bien y se empeña en la acción. La tierra es la escena; el hombre, el campo de batalla … Todo el poema de Job es el desarrollo de la siguiente idea: la grandeza que se encuentra en el fondo del abismo … Job extrae de su drama un dogma; sufre y razona. Y sufrir y razonar es enseñar ; que el dolor, cuando es lógico, conduce a Dios”.

Para Harold Bloom, por su parte, se trata de un libro “profundamente perturbador … Quejándonos de lo inconmensurable y sufriendo más de lo que había pecado, Job recibe la respuesta de un Dios que sólo habla en términos, precisamente, de lo inconmensurable … (su) Jehová es algo siniestro. Nosotros fuimos creados a la imagen de Jehová y se nos pide que seamos como él, pero no podemos esperar parecernos mucho a él”.

Borges, desplaza el protagonista, de Job a Dios: “El tema, el eterno tema, es el hecho de que un justo pueda ser desdichado. Job, en su muladar, se queja y maldice y sus amigos le aconsejan … La discusión es ardua y porfiada. En los capítulos finales, la voz de Dios habla desde el torbellino y condena por igual a quienes lo culpan y lo justifican. Declara que es inexplicable … El mundo estaría regido por un enigma”).

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