El abanico de Lady Windermere, de Oscar Wilde

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El abanico de Lady Windermere, de Oscar Wilde

No imaginaba Lady Windermere que sus palabras a Lord Darlington serían puestas a prueba, que la enseñanza de su tía que la crió y por la que se regía, sería puesta a prueba: “tengo algo de puritana … el mundo está olvidando: la diferencia que hay entre lo que está bien y lo que está mal. No toleraba ninguna claudicación. Yo tampoco la tolero”. Y remataba, con dureza, que una mujer que comete una vileza “no debe ser perdonada nunca”. Era considerada una “mujer buena”.

Una amiga le comenta de las visitas de su marido, Lord Windermere a mistress Erlynne, “murmuraciones escandalosas” en boca de todos. Y todo se volvió un vértigo.

Su marido el mismo día de haberle regalado un abanico por su cumpleaños, le pide, que invite a quien dicen las murmuraciones que visita a escondidas, a la fiesta que su esposa estaba preparando, para abrirle las puertas que la sociedad le cerraba.

Lady Windermere, se indigna, se rehúsa. El marido decide invitarla él mismo. Su esposa decide que la insultará cruzándole el abanico en su cara. No pudo hacerlo aquella noche. Se siente indigna, se siente cobarde.

Y decide abandonarlo.

Le deja una carta y escapa a lo Lord Darlington que le ha confesado su amor. Llegan allí todos los hombres esa noche tarde, incluyendo a Lord Windermere que la cree durmiendo en su habitación. Pero no: está allí en lo de su amigo, el abanico de su mujer. La creen allí oculta, y así, deshonrada. Igual que su rival, Mistres Erlynne.

¿Igual que ella? La deshonrosa, en boca de todas las murmuraciones, estaba también allí. Había ido a buscarla. La defiende: fue ella quien llevó el abanico de Lady Windermere por error. Así salvada, Lady Windermere vuelve a su casa sin que lleguen a verla.

La puritana, se deshonró ocultándose en la casa de quien había ofrecido secretamente su corazón. La deshonrada que, se murmuraba, se veía secretamente con el marido, se honró salvando la honra de Lady Windermere.

Podía ahora saber Lady Windermere que “es una de las amargas ironías de la vida que hablemos de buenas y malas mujeres … yo no creo que las personas puedan ser divididas en buenas y malas”. Porque “este mundo es el mismo para todos nosotros y el bien y el mal, el pecado y la inocencia, pasan por él cogidos de la mano. Cerrar los ojos a esa mitad de la vida que puede uno vivir tranquilamente, es como cegarse uno mismo para poder pasear con más seguridad por un terreno lleno de abismos y de precipicios”

Saber que van el bien y el mal, el pecado y la inocencia, cogidos de la mano. Saber, también, que cegarse uno mismo con el fuego de la pureza hace más difícil nuestro paseo por este “terreno lleno de abismos y precipicios” que es la vida.

(Aguilar. Traducción de Julio Gómez de la Serna)

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