Edipo rey, de Sófocles

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Edipo rey, de Sófocles

“La ciudad … zozobra”, una peste la invade, y le pide a su rey Edipo: “¡Vamos tú el más destacado de los mortales, levanta la ciudad!”. Y manda Edipo a Creonte su cuñado al oráculo de Apolo, que indica que hay que purificar la ciudad remediando el asesinato de Layo, el anterior rey. No duda en mandar hacerlo, pidiendo se denuncie al asesino que lo mató en una bifurcación de camino.

Nadie denuncia. Manda entonces llamar al adivino, Tiresias, que con valentía le dice: “no te das cuenta en qué tremenda infamia estás metido”, y remata duramente: “Tú eres el asesino que andas buscando encontrar”. Edipo se enfurece, lo acusa de conspiración con Creonte para hacerse del poder.

Tiresias se mantiene firme a pesa de enfrentar a un rey: “Creonte no representa ningún peligro para ti, sino que el único peligro tuyo eres tú”.

Y le explica que es “hermano y padre de sus propios hijos, y de la mujer que nació hijo y esposo y de su padre compañero de fecundación a la vez que su asesino”.

Años antes el oráculo había dicho a Yocasta, su mujer, viuda de Layo, que el hijo que había tenido mataría a su padre Layo, por lo que lo entregó a un pastor para que lo hiciera desaparecer. Pero el pastor la desobedeció entregándolo a un pastor de Pólibo, rey de Corinto, y su mujer Mérope.

El niño entregado, Edipo, creció feliz hasta que escuchó que no era hijo de Pólibo, y hasta que el oráculo le dijo “que yo debía tener relaciones con mi madre, y que sería asesino del padre que me dio el ser”.  Para escapar del oprobio y proteger a Pólibo de sí mismo, abandonó furioso Corinto.

En una bifurcación del camino, una comitiva pretendió impedirle el paso, y mató a todos. La encabezaba Layo. Ahora lo vino a saber.

Como también “¡Ay de mí! Estoy ya al borde mismo de declarar la cuestión terrorífica”, se lamenta el mensajero de Corinto informando la muerte de Pólibo, y confirmando que Edipo no es su hijo.

Edipo enloquece de furia. Yocasta, su madre y esposa, intenta tranquilizarlo: “Tú no tengas miedo a los noviazgos con tu madre, pues, en este sentido, ya infinidad de mortales se acostaron en sueños con su madre”. No lo tranquiliza, insiste: “¡Oh desdichado! ¡Ojalá nunca llegues a enterarte quién eres!”.

Sí, fue, sin saberlo, rey matando al rey su padre. Sí, cumplió el sueño de infinidad de mortales. Y supo que, finalmente, “el único peligro tuyo eres tú”: conoció quién era, cumpliendo el destino que trae sus calamidades.

(Altaya. Traducción: José Vara Donado)

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