La isla de las mujeres del mar, de Lisa See

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La isla de las mujeres del mar, de Lisa See

“Nosotros, los supervivientes, estábamos unidos por una intrincada red de pena, dolor y culpabilidad”.

Niñas, unas décadas antes en la isla de Jeju en Corea, que comenzaban a dibujarse a sí mismas. “Cuando Mi-ja y yo nos conocimos, éramos muy diferentes. Yo era como las rocas de nuestra isla: cortante, áspera, dura, pero práctica y sensata. Ella era como las nubes: voluble sutil, imposible de atrapar o de comprender del todo. Aunque ambas nos convertimos en haenyeo, yo siempre estaría arraigada a la tierra, en el sentido de que era pragmática y me preocupaba por mi familia. Mi-ja, en cambio, pertenecía más al mar: su personalidad era cambiante, a veces incluso tempestuosa”. Y de los trazos que dibujaban salía una, Young- sook, roca y tierra, y la otra Mi-ja, nube y mar. Se protegían, compartían secretos, se querían. Fue la propia madre de Young- sook quien protegió a Mi-ja, huérfana, hija de un colaboracionista japonés, maltratada por sus tíos a cargo de su cuidado después de la muerte de sus padres, quien también las unió: “Sois como hermanas y espero que hoy y siempre cuidéis la una de la otra”.

Pero: la ocupación de Japón. La Segunda Guerra Mundial. La ocupación de Estados Unidos. Las dos Coreas. La insurgencia. La dictadura de extrema derecha. La Guerra de Corea. Y la terrible prueba de la vida para las dos amigas: la masacre de Buckchon. Los soldados reúnen a todos en la escuela y comienza la matanza. Mi-ja es salvada por ser, si antes hija ahora esposa de un colaboracionista. Young- sook le pidió que salvara con ella a sus hijos. Mi-ja le dio la espalda. Para cuando terminaron los disparos, los incendios de todas las casas, las torturas de los detenidos, Young- sook dejó de respirar, “contuve el aire hasta límites que parecían imposibles como si me hallara en lo más profundo del mar. Cuando ya no pude aguantar más, inhalé, pero no la rápida muerte del agua de mar, sino el cruel e implacable aire de vida”, que también se alejaba, como estas mujeres de aquellas niñas, del aire de agua que de pequeñas, aprendiendo a sumergirse juntas como haenyeo, mujeres del mar, supieron que era “el método para acumular en los pulmones suficiente aire para mantenerse vivas mientras bucean”.

¿Pero eran todos los horrores: la ocupación de Japón, la Segunda Guerra Mundial, la ocupación de Estados Unidos, las dos Coreas, la insurgencia, la dictadura de extrema derecha, la Guerra de Corea, lo que cambió el “aire de agua” por el “implacable aire de vida”, dejando apenas sobrevivientes en “estos tiempos que nos toca vivir”?

Young- sook, remontándose a Mi-ja dándole la espalda en la masacre de Buckchon, pensaba que “lo que yo había presenciado era, sencillamente, cómo la hija de un colaboracionista japonés priorizaba su seguridad ante todo. Yo rabiaba por dentro conciente de que siempre había sabido aquello de Mi-ja pero nunca había querido darle importancia … Día tras día, año tras año Mi-ja me había engañado … Yo sólo había visto lo que ella había querido mostrarnos, cuando en realidad ella sólo buscaba su propio beneficio”.

Y entonces, ¿puede haber perdón? ¿Y si el perdón llega? ¿Y si es tardío? ¿Y si igual llega y el corazón se deshiela?

¿De qué se trata todo entonces? ¿Los horrores, lo que era su amiga? Esos tiempos que han tocado vivir. Que deforman tuercen y retuercen personalidades, una amistad de nube y roca, de tierra y mar. Un destino torcido. Una tragedia coreana. (Que acaso, como con las tragedias griegas, el viento del mundo al cambiar de nuevo el orden del polvo que constituye los días y pueda decir “he modificado el desierto” que deja a su paso, deje también nuevos mitos y enseñanzas que nuevas generaciones puedan aprovechar. Quién sabe).

(Salamandra. Traducción de Gemma Rovira Ortega)

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