Hijos del carbón, de Noemí Sabugal

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Hijos del carbón, de Noemí Sabugal

“El lenguaje de los silencios en las familias se aprende pronto”. También llega la hora de darles voz, con palabras salidas de “la mina de carbón, esa garganta oscura”, esa “boca abierta dispuesta a tragarse todos los hombres que le dieran”.  

Uno asturiano y el otro leonés, trabajaron en la misma empresa: la Hullera VascoLeonesa, en el valle de Gordón en León. “Mi abuelo José tenía una nube oscura en el pecho. Sus pulmones eran una esponja negra que había absorbido durante dos décadas el polvo del carbón”. Y “mi abuelo Santos se quedó enterrado en la mina tras una explosión de grisú, el gas asesino de las minas de carbón. La galería en la que trabajaba se vino abajo. Lo sacaron. Estaba muy grave”, se salvó y él lo atribuyó a que “Dios le guiñó un ojo”.

En esta historia del cierre de las minas del carbón, están las microhistorias que, perdiéndose, pasan a ser parte progresivamente de nuevas “historias privadas de las naciones”. Así podemos recorrerla.

“Manos, pequeñas máquinas. Manos para picar el carbón, para palearlo en la vagoneta, para empujarla y descargarla; manos para limpiar el mineral, escogerlo, manos para transportarlo. De hombres y mujeres y niños incluso”.

La vivienda, el economato, la educación, el fútbol: “Pocas cosas escapan a la influencia de las empresas”. Excepto, “los bares, siempre numerosos en las cuencas. En ellos se busca alivio a un trabajo duro y agotador. Y este alivio no sólo está en el vino, la cerveza o la sidra, en el caso de los chigres asturianos, sino también en la compañía. En la conversación y en el juego de cartas”. Por eso allí, donde no llegaba su imperio, era donde “se organizaban las huelgas, cuando estaban prohibidas”. Y también con “la vida cultural de los centros obreros y de las casas del pueblo … espacios para tomar conciencia de la clase social” con su teatro, charlas, clases nocturnas, música.

Estaban en ese microcosmos, las carboneras, “un grupo social distintivo dentro del microcosmos minero”.

Un microcosmos sí, que “hace que entre los habitantes de las cuencas mineras existan cientos de hilos invisibles. Algunos unen, otros ahorcan, muchos se han roto para siempre. Son la consecuencia de un trabajo que lo abarca todo”.

Y que como todo, tiene su épica vivida, que es la tinta con la que se escribirá su literatura. “Los camioneros aprietan el claxon y gritan por la ventanilla: «¡Ánimo, compañeros!», «¡fuerza!». Señores con gorra y bastón se apoyan en las biondas, calientes por el sol, para verlos pasar. Salen a la puerta ancianas en bata, que los miran haciendo visera con la mano sobre los ojos. Chicos con camisetas de los Rolling. Niños con sus padres y el perro. Todos se preguntan y se contestan: «¿Y éstos quiénes son?». «Los mineros, ¿no los has visto en la tele?» En el arcén de la carretera, fulgente al mediodía, cuatrocientos sesenta mineros. Acaban de salir del valle de Laciana. Su destino: Madrid. Cuando lleguen, después de dieciocho días, tendrán quinientos kilómetros bajo los pies. Fue la Marcha Negra, la primera, marzo de 1992. Si la creación de cualquier mitología necesita de sus hitos y de sus héroes, aquella marcha y aquellos mineros, con sus monos azules y sus cascos blancos, son una de las leyendas de la épica minera”. Hubo también Navidades negras: las de las huelgas, que con las protestas y los encierros en los pozos son “los principales acontecimientos de su narrativa épica”.

Porque es la vida entremetida en la literatura, haciéndola. “Asturias es tierra de historias. La región más prolífica en épica minera, el monte Olimpo de su mitología. Con tres cimas principales: la huelgona de 1906, la participación de los mineros en la Revolución de Octubre de 1934 y las huelgas de 1962. En las casas y en los chigres todavía se cuentan sucesos de aquellos años y es una mitología que perdura porque también ha sido escrita”. Y allí, para 1934, entre tantos otros, estuvo “un periodista y escritor que empezaba a destacar: Roberto Arlt. Llegó a Asturias ocho meses después del conflicto y enviaba sus Aguafuertes asturianas al periódico El Mundo, de Buenos Aires”.

La vida entremetida en la literatura, haciéndola. “Escribir sobre la minería en Asturias es una tarea para Sísifo. Empujas una roca de hulla gigantesca montaña arriba y vuelve a caer con otra historia que contar”.

Un nuevo “corazón de las tinieblas”: éstas, la memoria de ese microcosmos todo teñido de negro.

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