Diálogos. Escribir. Una cierta idea de mundo, Alessandro Baricco

Diálogos. Escribir. Una cierta idea de mundo, Alessandro Baricco

(No es novela ni cuento, a quienes aquí acogemos. Pero escrita por un novelista, no es solo crítica o análisis. Es un diálogo entre escritores. Y creación de un espacio literario. Por eso también lo acogemos).

En la multitud de bellas ideas sobre los libros que eligió comentar, los mejores cincuenta libros leídos “fruto de la casualidad” en los diez años anteriores a que escribiera sobre ellos (el 2012), elijo en esta ocasión los que refieren a sí mismo, o a la literatura en general, porque nos permite ver más directamente en su mirada de escritor.

La “idea de la literatura que me es ajena” es aquella que busca “recoger la asombrosa normalidad de los seres vivos, con toda la objetividad posible, limitándose casi a fotografiarla”.

¿Pero de qué se trata entonces la literatura?

Escribir novelas un “particular oficio”: “destilar historias de la historia”.

Refuerza aquel rechazo. “Siempre he estado condicionado por un prejuicio al que le tengo mucho cariño y es que no creo que se haga literatura para retratar una determinada realidad … es que no puedo dejar de pensar que hacer uso de la literatura para descubrir el país, pueblo o nación que sea, es como llamar a Sherlock Holmes para que averigüe dónde demonios están las tijeritas para las uñas. Búscalas tú, te diría yo. Haz buen periodismo, te diría, si de lo que se trata es de escribir sobre Italia. Deja que los libros, en su acepción más ambiciosa, se ocupen de otras cosas”.

¿De qué otras cosas? “De vez en cuando, en la escritura hay también cierta forma de elegancia pura carente de ingenio pero repleta de maestría, que lleva al lector a un deleite absolutamente peculiar, incluso vacío, como pasar los dedos por una superficie lisa o contemplar, tumbado, un río que corre. Ni siquiera importa tanto lo que se está leyendo, es un placer sutilmente físico ocasionado por la simple colocación de la escritura en el espacio, por la levedad de sus movimientos, por el sonido cristalino que produce al rebotar en la mesa de mármol de nuestra atención. Se lee no tanto para aprender ni tampoco para poder uno entretenerse de un modo inteligente, se hace para dejar que la prosa impregne un cansancio, un fracaso o una derrota personales, aliviando el resquemor y limpiando la herida. Así, leemos por el simple placer de la lectura, y para salvarnos”.

Y llega un momento en que el escritor llega a comprender cuál es el libro que tiene que escribir. “Yo, con el tiempo, he llegado a concebir mi profesión como un sofisticado trabajo artesanal que sobre la belleza de algunas superficies a veces consigue hacer aflorar un esplendor de lo más profundo, solo eso”

Pero hay una relación con aquella realidad que rechaza fotografiar. Cuando se busca “un equilibrio entre ficción y realidad. Sobre todo buscaba algo que los escritores conocen bien, es decir, un ángulo desde que mirar aquello que no existiría si no fuera por ellos”.  Y que logra así también, “llegar a ver algo que los otros nos ven”.

Aquello que está ahí pero que no existiría sin el escritor, si logra cierta forma de elegancia pura y obteniendo cierto placer físico.

(Anagrama. Traducción de Carmen García- Beamud)

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