Píldoras de la crítica. La lectura, una historia. Alberto Manguel

Píldoras de la crítica. La lectura, una historia. Alberto Manguel

(Apenas un breve extracto para pensar, sin hacer crítica de la crítica, ni hacerse parte de entreveros, ni tener que recorrer estos caminos)

Babilonia, 4.000 a.C, la prehistoria de los libros. Pero algo más.

“Mientras el primer escritor creaba un arte nuevo haciendo señales en un trozo de arcilla, otro arte se hacía tácitamente presente, un arte sin el cual las señales habrían carecido de significado … aquellos signos y mensajes requerían un mago que los descifrara, que reconociera el significado, que les prestara voz. La escritura exigía un lector”.

“… la lectura es la apoteosis de la escritura”.

Y también:

“Somos lo que leemos. El proceso por el que el círculo se completa no es, argumentaba Whitman, simplemente intelectual; leemos intelectualmente a un nivel superficial, captando ciertos significados y concientes de ciertos hechos, pero, al mismo tiempo, invisible, inconcientemente, texto y lector se entrelazan, creando nuevos niveles de significados, de manera que cada vez que ingerimos un texto, simultáneamente nace algo a escondidas que todavía no hemos captado”.

En esto, sí, cómo no: “descubrí muy pronto que uno no se limita a leer Crimen y Catigo o Un árbol crece en Brooklyn. Se lee una determinada edición, un ejemplar concreto, que se reconoce por la aspereza o suavidad del papel, por su olor, por una pequeña rasgadura en la página 72 y una mancha circular de café en la esquina derecha de la contracubierta”.

Y se descubre que no sólo está la censura de los poderes a los libros, sino están también las otras censuras, más cotidianas igualmente marcantes: “Recuerdo cómo se rieron de mí, en el sexto o séptimo curso, por quedarme a leer en la clase durante un recrero … un pecado contra la alegría de vivir … el ratón de biblioteca, el pelmazo”.

Y: ninguna lectura puede ser final, “prueba de nuestra libertad de lectores. Si en la lectura no existía una ‘palabra final’, ninguna autoridad puede imponernos una ‘lectura correcta’”, así que “el hecho de que un lector se desespere y otro se ría exactamente en la misma página nos revela algo de la naturaleza creativa del acto de leer”. Además que “nunca volvemos al mismo libro ni a la misma página porque cambiamos nosotros y cambia el libro”.

Es que al ir leyendo vamos “ligando el todo con reflexiones propias, para producir así, de hecho, un nuevo texto cuyo autor es el lector”.

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