Diálogos. ¿Por qué ser feliz cuando puedes ser normal?, de Jeanette Winterson

Diálogos. ¿Por qué ser feliz cuando puedes ser normal?, de Jeanette Winterson

(No es novela ni cuento, a quienes aquí acogemos. Pero escrita por un novelista, no es solo crítica o análisis. Es un diálogo entre escritores. Y creación de un espacio literario. Por eso también lo acogemos).

(De las memorias de Jeanette Winterson, “yo era una mujer. Yo era una mujer de clase trabajadora. Yo era una mujer que quería amar a las mujeres sin culpabilidad ni burlas. Esas tres ideas formaban la base de mi pensamiento político, no los sindicatos ni la lucha de clases tal y como la entendía la izquierda masculina. A la izquierda le ha costado bastante incluir por completo a las mujeres como independientes y como iguales, y dejar de encasillar la sexualidad femenina como una respuesta al deseo masculino. Me sentía incómoda y marginada con lo que conocía del izquierdismo. Y no andaba buscando una mejora en mis condiciones de vida. Quería cambiar mi vida de modo radical”, traigamos aquí sus textos sobre la literatura, sobre la lectura.

En especial porque, tal como dice, “cuando intentaba leer libros «sobre» literatura (siempre un error) no podía evitar fijarme en que los libros estaban escritos por hombres sobre hombres que escribían”: algo que sigue siendo así.

Y sin olvidarnos que nos recuerda, que “prefiero seguir leyéndome como ficción que como realidad”. Tal vez porque abandonar tu casa a los diecisiete años porque infringiste las dos reglas, no tendrás sexo, no tendrás sexo con alguien de tu mismo sexo, aunque eso te haga feliz y tu madre te diga, “¿por qué ser feliz cuando puedes ser normal?”, lo necesite).

Y entonces, con los libros, volar. “Un libro es una alfombra mágica que te transporta volando a cualquier sitio. Un libro es una puerta. La abres. La cruzas. ¿Volverás?”.

Y entonces, con los libros, encontrar, y encontrarse. “Una vida dura necesita un lenguaje duro, y eso es la poesía. Eso es lo que nos ofrece la literatura: un idioma suficientemente poderoso para contar cómo son las cosas. No es un lugar donde esconderse. Es un lugar donde encontrar”.

Y entonces, con los libros, cambiar el orden de las cosas, curar la imaginación rota por la realidad. “La ficción y la poesía son dosis, medicinas. Lo que curan es la ruptura que la realidad provoca en la imaginación”.

Y comienza el viaje.

De niña llegar a los libros prohibidos por el gran libro, la Biblia, que sin embargo conectaba, con su lenguaje, con Shakespeare.

De adolescente, con diecisiete años, habiendo acabado de abandonar su casa y comenzado a leer sistemáticamente: “Literatura inglesa de la A a la Z”, en la biblioteca pública de Accrington donde había un ejemplar de casi todo.

Y descubrir que leer puede llegar a ser esa parte de todos los días, puede llegar a ser algo tan habitual, y tal vez así puedes definir a Shakespeare, por ejemplo, de un modo total. “A los dieciséis años solo había llegado a la M, sin contar a Shakespeare, que no forma parte del alfabeto, igual que el negro no es un color. El negro es todos los colores y Shakespeare es todo el alfabeto. Yo me leía sus obras y sonetos del mismo modo que te vistes todas las mañanas. Nunca te preguntas: «¿Me vestiré hoy?»”.

Los escritores, los libros, amigos, brújulas, mensaje en el océano esperando que los encontremos. “Empecé a ser consciente de que tenía compañía. Los escritores suelen ser exiliados, extranjeros, fugitivos y náufragos. Esos autores eran mis amigos. Cada libro era un mensaje en una botella. Ábrelo”.

Y no solo una compañía, una guía, también una sacudida. “Cuanto más leemos más libres nos volvemos. Emily Dickinson apenas salió de su granja en Amherst, Massachusetts, pero cuando leemos «Mi vida se detuvo — un arma carg ada», sabemos que hemos encontrado una imaginación que hará detonar la vida, no la decorará”.

Una detonación que puede ser como esas bombas de fragmentación. Una, también, posible puerta a algún tipo de conciencia política, por eso son esa arma que no te hace sangrar, pero que puede resultar temible. “Katherine Mansfield, la única escritora a la que Virginia Woolf envidiaba…, pero yo no había leído a Virginia Woolf. De cualquier modo, yo no pensaba en términos de género o de feminismo, no entonces, porque no tenía más conciencia política que la de saber que pertenecía a la clase obrera. Pero me había fijado en que las mujeres eran menos y estaban más apartadas en las estanterías, y cuando intentaba leer libros «sobre» literatura (siempre un error) no podía evitar fijarme en que los libros estaban escritos por hombres sobre hombres que escribían”. Y no porque siempre se trate de un libro que hacia allí te conduce, puede ser por un libro del que quieres alejarte: “Un día, cuando estaba en los últimos años de instituto … me quejé de Nabokov …  «Odia a las mujeres», le dije, sin darme cuenta de que aquello era el principio de mi feminismo”.

Seguiría este nuevo camino, nuevamente comprobando una falta, no por medio de una afirmación, ya al ingresar a Filología en Oxford. “el decano de filología inglesa me preguntó si pensaba que las mujeres podían ser grandes escritoras. La pregunta me sorprendió. Nunca se me había pasado por la cabeza. —Es cierto que la mayoría están al principio del alfabeto: Austen, Brontë, Eliot…—Por supuesto, aquí estudiamos a esas autoras. Virginia Woolf no entra en nuestro plan de estudios aunque te resultará interesante. Sin embargo, comparadas con James Joyce… Fue una introducción razonable a los prejuicios y placeres de una carrera en Oxford. Me marché de Saint Catherine y recorrí Holywell Street hasta la librería Blackwell. Nunca había visto una tienda con cinco plantas llenas de libros. Me entraron mareos, como si hubiera recibido demasiado oxígeno de repente. Pensé en las mujeres. Todos esos libros y cuánto había costado a las mujeres ser capaces de escribir su parte y, ¿por qué todavía había tan pocas mujeres poetisas y novelistas, y muchas menos que fueran consideradas importantes? Estaba muy emocionada, muy esperanzada, y también preocupada, por lo que me habían dicho. Como mujer, ¿tendría que conformarme con ser espectadora y no participante? ¿Podía estudiar algo que no tenía esperanzas de alcanzar? Lo alcanzara o no, tenía que intentarlo. Más adelante, cuando tuve éxito pero me acusaban de arrogancia, quería arrastrar a todo periodista que no me entendía a aquel lugar y hacerle ver que, para una mujer de clase trabajadora, aspirar a ser escritora, aspirar a ser una buena escritora y creer que eras lo bastante buena no era arrogancia, era política”.

Y entonces, ya que “Oxford no era un pacto de silencio en lo que a las mujeres se refiere; era un pacto de ignorancia”, lo que hicieron fue formar “nuestro propio grupo de lectura, que pronto incluyó a escritores contemporáneos —mujeres y hombres— y feminismo. De repente estaba leyendo a Doris Lessing y Toni Morrison, a Kate Millet y Adrienne Rich. Eran como una nueva Biblia”.

Pero también se trataba de una afirmación. “Cuanto más leía, más luchaba contra la presunción de que la literatura es para una minoría de una determinada cultura o clase. Los libros también eran míos por derecho de nacimiento. Jamás olvidaré la emoción que sentí al descubrir que el poema más antiguo conservado en inglés fue compuesto por un pastor en Whitby alrededor del año 680 (el «Himno de Caedmon») siendo santa Hildala abadesa de la abadía de Whitby. Imagináoslo…, una mujer al mando y un pastor de vacas analfabeto haciendo un poema de tal belleza que los cultivados monjes lo escribieron y se lo contaban a visitantes y peregrinos”.

Y no solo una compañía, una guía, una sacudida, una detonación, también una manera de conocer y conocerse. “La Autobiografía de Alice B. Toklas es un libro fabuloso y un verdadero momento de ruptura en la literatura inglesa; del mismo modo que el Orlando (1928) de Virginia Woolf es una ruptura … Woolf y Stein fueron radicales para usar gente real en sus obras de ficción y para confundir sus hechos: Orlando, con las fotos reales de Vita Sackville-West, y Alice Toklas, la supuesta escritora, que es la amante de Stein pero no la escritora… Para alguien como yo, fascinada con la identidad y con cómo te defines, esos libros resultaron cruciales. Leerse a uno mismo como ficción y realidad al mismo tiempo es el único modo de mantener la narración abierta, el único modo de evitar que la historia se escape por su propia inercia, con frecuencia hacia un final que nadie quiere”.

Conocerse, construir tu propia identidad. Pero no aislada, también con los otros, y no solo los otros a tu lado, la humanidad entera. “Cuanto más leía, más unida me sentía a través del tiempo con otras vidas y mis afinidades eran más profundas. Me sentía menos aislada. No estaba flotando en mi barquito en el presente; había puentes que llevaban a tierra firme. Sí, el pasado es otro país, un país que podemos visitar y una vez allí podemos llevarnos las cosas que necesitamos. La literatura es un suelo común. Es un suelo que no está dominado por intereses comerciales ni es una mina a cielo abierto como la cultura popular; explota esta novedad y luego sigue adelante. Se habla mucho del mundo domesticado frente al mundo salvaje. Como seres humanos, no solo necesitamos una naturaleza salvaje; necesitamos el espacio abierto e indómito de nuestra imaginación. En la lectura es donde está lo salvaje”.

Y es que “la energía del arte no está limitada por el tiempo … Hay una sensación del espíritu humano de que existe para siempre. Esto hace que nuestra propia muerte sea algo soportable. Vida + arte es una bulliciosa comunión/comunicación con los muertos. Es un combate de boxeo con el tiempo. Me encanta el verso de los Cuatro cuartetos de T.S. Eliot que dice «aquello que solo vive / puede solo morir». Esa es la flecha del tiempo, el vuelo desde el útero a la tumba. Pero la vida es algo más que una flecha”.

Y junto con leer y gozar de los libros, escribir. Por ejemplo. “Cada vez que escribo un libro, se forma en mi mente una frase, como un banco de arena sobre las aguas. Son como los textos que había escritos en las paredes cuando vivíamos en el 200 de Water Street; exhortaciones, máximas, señales desde un faro lanzadas como recuerdo y advertencia.

La pasión: «Os estoy contando historias. Creedme».

Escrito en el cuerpo: «¿Por qué la pérdida es la medida del amor?».

El Powerbook: «Para evitar que me descubran, sigo huyendo. Para ser yo quien descubre, sigo huyendo».

La carga: «El hombre libre nunca piensa en evadirse».

Planeta Azul: «Todo lleva para siempre la impronta de lo que una vez fue»”.

Leamos también como si de vestirnos todas las mañanas se tratara, cuando “nunca te preguntas: «¿Me vestiré hoy?»”.

(Lumen. Traducción de Álvaro Abella Villar)

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