Los demonios, de Dostoyevski

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Los demonios, de Dostoyevski

“… Esos tiempos revueltos, de vacilación o de transición … De qué se componga nuestro revuelto tiempo y de qué a qué fuese la transición … no lo sé … Y, sin embargo, los hombres despreciables se encimaron de pronto, empezaron a criticar en voz alta todo lo sagrado … Y la gente principal, que hasta allí tan felizmente había ocupado los puestos más altos, los escuchaba de pronto en silencio”. Tiempo de organizaciones secretas que querían derribarlo todo, “el régimen y su moral”, y la revuelta, las proclamas, y el fuego estaban entre sus planes. “¡Siempre incendios! Esto es el nihilismo Siempre que algo arde, anda por medio el nihilismo”.

Pero se trataba de hombres despreciables, canallas, que admitían, como Piotr Stepanovich Verjovenskii que “soy un tunante, no un socialista”. La secreta conformación de sus secretas organizaciones recurría a medios inconfesables: pasaban de las (confusas) ideas que los convocaban a que “todo esto está muy bien como aglutinante, pero hay algo mejor: induzca usted a cuatro miembros de una sección a matar al quinto con el pretexto de que es un delator, y luego a todos, por la sangre vertida, los tendrá atados en un solo haz”. No solo aglutinar por las ideas, sino atar por la sangre, la complicidad, y sobre todo, el miedo a la delación, todos sospechando de todos, y por encima de todos, los jefes, ellos dos, primero usted, Nikolai Vsevolodovich Stavroguin, le decía Piotr Stepanovich. Una decidida juventud dispuesta a ir hasta el final, a diferencia de sus padres, como el liberal Stepan Trofimovich Verjovensii, pero igual a ella en esa devoción por los señores: la de Piotr Stepanovich por Nikolai Vsevolodovich; la de Stepan Trofimovich por Várvara Petrovna su mecenas y madre de Nikolai Vsevolodovich.

¿Y cómo fue esto posible? ¿Cómo ir de las ideas, aunque confusas, al aglutinante de la sangre y la delación?

Schatov, ex miembro de la organización, acusado de delación y por eso condenado, le reprocha a Nikolai Vsevolodovich que ahora se mantenga al margen de todo esto: años atrás, “yo era el discípulo y usted el maestro … es difícil cambiar de dioses. Yo no creía en usted entonces … Pero la simiente quedó y se desarrolló … Si usted se retracta ahora de aquella frase de entonces tocante al pueblo, ¿cómo pudo entonces decirla? He aquí lo que me abruma a mí ahora … ¡Usted, solo usted podría enarbolar esta bandera!”.

“¿Cómo pudo?” Ese reproche, esa acusación, ese fondo de lealtades, de fe personal –por conveniencia: la de Stepan Trofimovich con Varvara Petrovna; por cálculo: el de Piotr Stepanovich con Nikolai Vsevolodovich asignándole un lugar en la gran revuelta; por fe noble y genuina: la de Schatov en Nikolai Vsevolodovich habiéndole hecho cambiar de dioses-, que removería todo en las profundidades de esos tiempos revueltos.

Una defensa débil: “¿por qué a mí todos me brindarán banderas?”, respondía Stavroguin.

Y una explicación, puesto que Schatov no tenía solo su terrible reproche: “-Usted es ateo porque es usted un señorito, el último señorito. Usted ha perdido la noción de la diferencia entre el bien y el mal, porque ha dejado de conocer a su pueblo. Vendrá una nueva generación, directamente del corazón del pueblo, y no la conocerán ni usted ni los Verjovenskii, hijo y padre. Oiga usted: encontrará a Dios por el trabajo; todo está en eso. -¿A Dios por el trabajo? ¿por qué trabajo? –Por el del mujik. Vaya, renuncie a sus riquezas”.

Tiempos revueltos. Sangre y delación. No idénticos, sino superpuestos.

Los campesinos simples explicaban a Stepan Trofimovich estos tiempos revueltos con el Evangelio según Lucas: Rusia está enferma, endemoniada, y los demonios pasarán a los cerdos –que es toda esta canalla-, que se arrojará al vacío, salvando al “deífico pueblo ruso”.

Y debajo de los “tiempos revueltos”, el deslizarse del aglutinante de las ideas al atarse con la sangre y la delación, ¿acaso por lo que el reproche acusa: “¿cómo pudo?”? ¿Pero cómo pudo qué: hacernos cambiar de dioses; no enarbolar las banderas: qué?

 (Aguilar. Traducción de Rafael Cansinos Assens)

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