Troilo y Créssida, de Shakespeare

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Troilo y Créssida, de Shakespeare

“¡Lubricidad, lubricidad, siempre guerra y lubricidad!”, se queja amargamente Tersites en el campamento griego que asedia Troya

La pasión: La guerra con Grecia lleva siete años debido al secuestro de Helena por Paris, llevándosela consigo a Troya.

La pasión: Por una promesa a un amor troyano, Aquiles se niega a combatir con sus ejércitos contra Troya.

La pasión: Por la infidelidad de Créssida con el griego Diomedes, Tersites, impetuoso y joven enamorado, al revés que Aquiles, se lanza a al combate furiosa pero ciegamente.

La pasión, la lubricidad, motivos de una sangrienta guerra y sus vicisitudes.

Entonces, aunque Créssida se lamente, “¡oh, nuestro pobre sexo!”, por haber cedido a la seducción de Diomedes, rompiendo su promesa de fidelidad a Troilo, nada cambia ese lamento: ella y todos, hombres y mujeres, se dejan arrastrar (“¡lubricidad, lubricidad!”), ciegamente por sus pasiones, a la guerra (“siempre guerra y lubricidad”).

Y con la pasión y la lubricidad, la guerra y la política. Una guerra que lleva siete años y que pone a prueba a los ejércitos, y a los jefes que los dirigen.

Agamenón, el jefe griego, los alecciona: “Las vastas promesas que hace la esperanza en todas las empresas comenzadas sobre la tierra no se realizan jamás en todo su esplendor. Fracasos y desastres nacen en las venas de las acciones más nobles … ¿Por qué pues, vosotros príncipes, consideráis nuestra obra con miradas tan consternadas y llamáis vergüenzas a lo que no son sino pruebas prolongadas del gran Júpiter para descubrir en los hombres la constancia persistente?”.

Una constancia que la fogosidad de la pasión (“¡lubricidad, lubricidad!”), impide.

Lo impide. Pero no al frio “perro zorro” de Ulises. Ajeno a esas pasiones, analiza:

Ve la debilidad: Indica a Agamenón y sus jefes que esa imposibilidad de derribar los muros de Troya está en que “los derechos propios del mando no se han observado” y así, “Troya no resiste por su fuerza, sino por nuestra debilidad”.

Ve la carcoma interior: Denuncia que Aquiles y Patroclo se burlan de ellos tanto como Ayax y Tersites, porque solo saben de puños, del uso de la fuerza, y nada de política, de cordura y de previsión, burlándose de esto al despreciarlo como “guerra de gabinete”.

Ve lo funesto de su inacción: Mientras el orgullo, la pasión, los reclamos de honor de los jefes  griegos siguen nublando sus miradas, cuando el jefe de Troya Héctor visita el campamento griego, Ulises se pregunta “cómo la ciudad puede permanecer allá, en pie, mientras tenemos acá, cerca de nosotros, su base y su columna”.

Ve y entonces propone: incitar a Aquiles contra Ayax para vencer su orgullo acallar sus burlas y que se lancen nuevamente al combate.

Pero su propuesta es contraproducente. Los cálculos e intrigas de Ulises sólo profundizan la discordia en los ejércitos griegos, haciéndose entonces vulnerables al embate troyano. Tersites es capaz de darse cuenta: “Por política han opuesto a ese dogo mestizo de Ayax a ese perro también de mala raza de Aquiles, y no quiere hoy armarse. Resulta de ello que los griegos empiezan a proclamar la barbarie y la política cae en desprecio”.

A las pasiones, opone el análisis. ¿Será la alternativa? Pero al análisis le sigue el cálculo. Y la lubricidad, la guerra, la política de intriga, permanecen. Y todos pierden (Troya pierde a Héctor que muere a manos de Aquiles, los griegos son derrotados en el mismo campo de batalla).

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