Las inseparables, de Simone de Beauvoir

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Las inseparables, de Simone de Beauvoir

“A los nueve años, yo era una niña muy formalita; no siempre lo había sido; en mi primera infancia, la tiranía de los adultos me causaba unas agonías tan furibundas que una de mis tías dijo un día, muy en serio: «Sylvie está poseída por el demonio». La guerra y la religión pudieron conmigo”.

A los nueves años, también, conoció a Andrée en la escuela, la niña mayor que había dejado de asistir porque se había quemado el cuerpo cocinando, y ahora retomaba. Seria, irreverente, con gracia. Había leído mucho, y tenían conversaciones de verdad. Primera en todo, era una niña prodigio. Además, “«Esta niña tiene personalidad», decían en el colegio”.

Vacaciones, y aunque todo era perfecto alrededor, “¿por qué me sentía tan infeliz?”, se preguntaba Sylvie. Crecía, y se preguntaba: “¿Vivir era eso, nada más: matar un día tras otro? ¿Iba a estar aburriéndome así hasta la muerte?”.

Primer día de clases, y un descubrimiento: “me daba cuenta de pronto, con asombro y alegría, de que el vacío de mi corazón, el sabor taciturno de mis días, no tenían sino un motivo: la ausencia de Andrée”. Para su felicidad, “nos llamaban «las dos inseparables» y ella me prefería a todas las demás compañeras”.

Con trece años, estaba cambiando, su confesor le dijo: “se ha vuelto díscola, desobediente y descarada”. Y con esa advertencia, hizo un descubrimiento: “«¡No creo en Dios!», me dije. ¿Cómo creer en Dios y escoger deliberadamente la desobediencia? Por un momento, esa obviedad me dejó atónita: no creía”.

Un día, se atrevió a confesarle a Andrée: “desde el día en que la conocí, lo ha sido todo para mí —dije—. Tenía decidido que si se moría, yo me moriría acto seguido”.

Después de esta confesión, ya salidas del colegio, Andrée estudiando letras, Sylvie Filosofía, “había

empezado a importarme menos. Seguía siendo primordial para mí, pero ahora estaba todo el resto del mundo, y yo misma: ella no lo era ya todo”.

Mientras, Andrée vivía, debía vivir, para los demás: tenía cada minuto de sus días ocupados con obligaciones que su madre le asignaba, con los remordimientos que su fe le imponía, con la espera de que Pascal de quien se había enamorado la quisiese y quisiera prometerse con ella para que no la mande su madre a Inglaterra y quedase allí sola lejos de su adorada madre, lejos de Pascal, lejos de Sylvie.

Estaba agotada, “estaba tan desesperada que me dijo: «¡Tengo a Dios en contra!»”. Finalmente, Andrée se resignó: “—Toda mi desgracia viene de no creer lo suficiente —añadió—. Tengo que creer en mamá, en Pascal, en Dios: entonces sentiré que no se odian mutuamente y que ninguno de ellos me desea nada malo … deje de preocuparse por mí. He entendido que las cosas son justo como deben ser”.

Intentó una última rebelión: acaso, vivir para sí misma. Visitó la casa de Pascal para que se casasen y así no la manden a Inglaterra.

Ya era tarde. Enfermó. Murió, tempranamente.

Resignarse, enfermarse, morir.

(Lumen. Traducción del francés de María Teresa Gallego Urrutia y Amaya García Gallego)

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