ARTE Y LITERATURA. El escudo de Aquiles y el escudo de Eneas. Homero, Virgilio

Las palabras llaman a las imágenes

                                                                               ¿qué importa que un pequeño o un inmenso escudo pueda albergar o no tantas imágenes que albergan tantas historias?

                                                                                                                              quieren corporizarse.

Por eso: “Poned ante mi vista -clama Virgilio- los cuadros de esta guerra. Porque vosotros, oh, Musas, todo lo recordáis y lo podéis eternizar en la memoria de los hombres”.

Y lo imposible, el sinfín de imágenes en esos antiguos cuadros [¿primeros cuadros que enmarcan una escena?] son sin embargo posibles por el poder de las palabras, encarnaduras primeras de la imaginación.

El escudo de Aquiles

Hefesto, “encaminóse a los fuelles, los volvió hacia la llama y les mandó que trabajasen. Estos soplaban en veinte hornos, despidiendo un aire que avivaba el fuego y era de varias clases: unas veces fuerte, como lo necesita el que trabaja de prisa, y otras al contrario, según Hefesto lo deseaba y la obra lo requería. El dios puso al fuego duro bronce, estaño, oro precioso y plata; colocó en el tajo el gran yunque, y cogió con una mano el pesado martillo y con la otra las tenazas.

Hizo lo primero de todo un escudo grande y fuerte, de variada labor, con triple cenefa brillante y reluciente, provisto de una abrazadera de plata. Cinco capas tenía el escudo, y en la superior grabó el dios muchas artísticas figuras, con sabia inteligencia.

Allí puso la tierra, el cielo, el mar, el sol infatigable y la luna llena; allí las estrellas que el cielo coronan, las Pléyades, las Híades, el robusto Orión y la Osa, llamada por sobrenombre el Carro, la cual gira siempre en el mismo sitio, mira a Orión y es la única que deja de bañarse en el Océano.

Allí representó también dos ciudades de hombres dotados de palabra. En la una se celebraban bodas y festines: las novias salían de sus habitaciones y eran acompañadas por la ciudad a la luz de antorchas encendidas, oíanse repetidos cantos de himeneo, jóvenes danzantes formaban ruedos, dentro de los cuales sonaban flautas y cítaras, y las matronas admiraban el espectáculo desde los vestíbulos de las casas. Los hombres estaban reunidos en el ágora, pues se había suscitado una contienda entre dos varones acerca de la multa que debía pagarse por un homicidio: el uno, declarando ante el pueblo, afirmaba que ya la tenía satisfecha; el otro negaba haberla recibido, y ambos deseaban terminar el pleito presentando testigos. El pueblo se hallaba dividido en dos bandos, que aplaudían sucesivamente a cada litigante; los heraldos aquietaban a la muchedumbre, y los ancianos, sentados sobre pulimentadas piedras en sagrado círculo, tenían en las manos los cetros de los heraldos, de voz potente, y levantándose uno tras otro publicaban el juicio que habían formado. En el centro estaban los dos talentos de oro que debían darse al que mejor demostrara la justicia de su causa.

La otra ciudad aparecía cercada por dos ejércitos cuyos individuos, revestidos de lucientes armaduras, no estaban acordes: los del primero deseaban arruinar la plaza, y los otros querían dividir en dos partes cuantas riquezas encerraba la agradable población. Pero los ciudadanos aún no se rendían, y preparaban secretamente una emboscada. Mujeres, niños y ancianos subidos en la muralla la defendían. Los sitiados marchaban llevando al frente a Ares y a Palas Atenea, ambos de oro y con áureas vestiduras, hermosos, grandes, armados y distinguidos, como dioses; pues los hombres eran de estatura menor. Luego en el lugar escogido para la emboscada, que era a orillas de un río y cerca de un abrevadero que utilizaba todo el ganado, sentábanse, cubiertos de reluciente bronce, y ponían dos centinelas avanzados para que les avisaran la llegada de las ovejas y de los bueyes de retorcidos cuernos. Pronto se presentaban los rebaños con dos pastores que se recreaban

tocando la zampoña, sin presentir la asechanza. Cuando los emboscados los veían venir, corrían a su encuentro y al punto se apoderaban de los rebaños de bueyes y de los magníficos hatos de blancas ovejas y mataban a los guardianes. Los sitiadores, que se hallaban reunidos en junta, oían el vocerío que se alzaba en torno de los bueyes, y, montando ágiles corceles, acudían presurosos. Pronto se trababa a orillas del río una batalla en la cual heríanse unos a otros con broncíneas lanzas. Allí se agitaban la Discordia, el Tumulto y la funesta Parca, que a un tiempo cogía a un guerrero vivo y recientemente herido y a otro ileso, y arrastraba, asiéndolo de los pies, por el campo de la batalla a un tercero que ya había muerto; y el ropaje que cubría su espalda estaba teñido de sangre humana. Movíanse todos como hombres vivos, peleaban y retiraban los muertos.

Representó también una blanda tierra noval, un campo fértil y vasto que se labraba por tercera vez: acá y acullá muchos labradores guiaban las yuntas, y, al llegar al confín del campo, un hombre les salía al encuentro y les daba una copa de dulce vino; y ellos volvían atrás, abriendo nuevos surcos, y deseaban llegar al otro extremo del noval profundo. Y la tierra que dejaban a su espalda negreaba y parecía labrada, siendo toda de oro; lo cual constituía una singular maravilla.

Grabó asimismo un campo real donde los jóvenes segaban las mieses con hoces afiladas: muchos manojos caían al suelo a lo largo del surco, y con ellos formaban gavilla: los atadores. Tres eran éstos, y unos rapaces cogían los manojos y se los llevaban a brazados. En medio, de pie en un surco, estaba el rey sin desplegar los labios, con el corazón alegre y el cetro en la mano. Debajo de una encina, los heraldos preparaban para el banquete un corpulento buey que habían matado. Y las mujeres aparejaban la comida de los trabajadores, haciendo abundantes puches de blanca harina.

También entalló una hermosa viña de oro, cuyas cepas, cargadas de negros racimos, estaban sostenidas por rodrigones de plata. Rodeábanla un foso de negruzco acero y un seto de estaño, y conducía a ella un solo camino por donde pasaban los acarreadores ocupados en la vendimia. Doncellas y mancebos, pensando en cosas tiernas, llevaban el dulce fruto en cestos de mimbre; un muchacho tañía suavemente la harmoniosa cítara y entonaba con tenue voz un hermoso lino, y todos le acompañaban cantando, profiriendo voces de júbilo y golpeando con los pies el suelo.

Puso luego un rebaño de vacas de erguida cornamenta: los animales eran de oro y estaño, y salían del establo, mugiendo, para pastar a orillas de un sonoro río, junto a un flexible cañaveral. Cuatro pastores de oro guiaban a las vacas y nueve canes de pies ligeros los seguían. Entre las primeras vacas, dos terribles leones habían sujetado y conducían a un toro que daba fuertes mugidos. Perseguíanlos mancebos y perros. Pero los leones lograban desgarrar la piel del corpulento toro y tragaban los intestinos y la negra sangre; mientras los pastores intentaban, aunque inútilmente, estorbarlo, y azuzaban a los ágiles canes: éstos se apartaban de los leones sin morderlos, ladraban desde cerca y rehuían el encuentro de las fieras.

Hizo también el ilustre cojo de ambos pies un gran prado en hermoso valle, donde pacían las cándidas ovejas, con establos, chozas techadas y apriscos.

El ilustre cojo de ambos pies puso luego una danza como la que Dédalo concertó en la vasta Cnoso en obsequio de Ariadna, la de lindas trenzas. Mancebos y doncellas de rico dote, cogidos de las manos, se divertían bailando: éstas llevaban vestidos de sutil lino y bonitas guirnaldas, y aquéllos, túnicas bien tejidas y algo lustrosas, como frotadas con aceite, y sables de oro suspendidos de argénteos tahalíes. Unas veces, moviendo los diestros pies, daban vueltas a la redonda con la misma facilidad con que el alfarero, sentándose, aplica su mano al torno y lo prueba para ver si corre, y en otras ocasiones se colocaban por hileras y bailaban separadamente. Gentío inmenso rodeaba el baile y se holgaba en contemplarlo. Entre ellos un divino aedo cantaba, acompañándose con la cítara; y así que se oía el preludio, dos saltadores hacían cabriolas en medio de la muchedumbre.

En la orla del sólido escudo representó la poderosa corriente del río Océano.

Después que construyó el grande y fuerte escudo, hizo para Aquiles una coraza más reluciente que el resplandor del fuego; un sólido casco, hermoso, labrado, de áurea cimera, y que a sus sienes se adaptara, y unas grebas de dúctil estaño.

Cuando el ilustre cojo de ambos pies hubo fabricado todas las armas, entrególas a la madre de Aquiles. Y Tetis saltó, como un gavilán desde el nevado Olimpo, llevando la reluciente armadura que Hefesto había construido”.

El escudo de Eneas

“Mas Venus, la blanquísima diosa, se presenta entre nubes etéreas llevando sus dones, y cuando vio a su hijo solitario a lo lejos en un apartado valle junto a las frescas aguas, se le apareció y le habló con estas palabras:

«Aquí tienes la ayuda prometida del arte de mi esposo. No dudes ya, hijo, en entrar en combate

contra los orgullosos laurentes y el fiero Turno.»

Dijo, y buscó Citerea los abrazos del hijo y enfrente colocó las armas brillantes bajo una encina.

Él, satisfecho con los presentes de la diosa y por honor tan grande, no podía saciarse de mirar todo con sus ojos, y se asombra, y entre brazos y manos da vueltas al yelmo terrible con su penacho y que llamas vomita, y a la espada portadora de muerte y la rígida loriga de bronce color de sangre, inmensa, cual la nube cerúlea cuando se enciende con los rayos del sol y brilla a lo lejos.

Después las bruñidas grebas de electro y oro refinado, y la lanza, y la trama indescriptible del escudo.

Aquí las hazañas ítalas y las gestas triunfales de los romanos, conocedor de vaticinios y no ignorante de la edad por llegar, había representado el señor del fuego; aquí toda la raza de la futura estirpe de Ascanio y las guerras libradas por orden.

Había figurado también en la verde gruta de Marte la loba tumbada recién parida, con los niños gemelos jugando colgados de sus ubres y mamando sin miedo de su madre; ella, con su suave pescuezo agachado, los lamía por turno y moldeaba sus cuerpos con la lengua.

No lejos de aquí había añadido Roma y las sabinas raptadas brutalmente de entre el gentío del teatro

durante los grandes circenses y de pronto surgir nueva guerra entre los hijos de Rómulo y el viejo Tacio y los austeros hombres de Cures.

Después los mismos reyes, dejando la guerra entre ellos, en pie aparecían armados ofreciendo ante el ara de Jove sus páteras y el pacto firmaban con la muerte de una cerda.

No muy lejos, cuadrigas azuzadas en contra destrozaban a Meto (¡pero tú, albano, deberías mantener tu palabra!) y Tulo las entrañas del embustero arrastraba por el bosque, y sangre goteaban los abrojos empapados.

También Porsena ordenaba acoger a Tarquinio expulsado y a la ciudad apremiaba con ingente asedio; los Enéades se lanzaban al hierro por su libertad.

Podrías verlo igual que quien se indigna e igual que el que amenaza, porque había osado Cocles arrancar el puente y Clelia cruzaba el río a nado, rotas sus cadenas.

En lo alto estaba Manlio, guardián de la roca Tarpeya delante del templo y ocupaba las alturas del Capitolio, erizado de la paja de Rómulo el palacio reciente.

Y aquí, revoloteando por los dorados pórticos una oca de plata anunciaba que estaban los galos a las puertas; los galos llegaban por las zarzas y el alcázar ocupaban protegidos por las tinieblas y el regalo de una noche oscura.

Con su cabellera de oro y de oro vestidos relucen con sus ropas listadas, y sus cuellos de leche se ven trabados de oro; en la mano dos jabalinas de los Alpes agita cada uno, cubiertos los cuerpos con grandes escudos.

Aquí había moldeado a los Salios saltando y a los Lupercos desnudos, y los gorros de lana y los escudos caídos del cielo; castas matronas portaban los objetos del culto por la ciudad en blandas carrozas. Añadió también lejos de aquí las sedes del Tártaro, las bocas profundas de Dite y el castigo de los crímenes y a ti, Catilina, colgado de roca amenazante y temiendo el rostro de las Furias, y a los justos, separados, y a Catón dándoles leyes.

Entre todo esto se extendía la imagen de oro del mar henchido, mas el azul espumaba de blancas olas. Y alrededor en círculo brillantes delfines de plata surcaban la superficie con sus colas y cortaban las aguas. En el centro escuadras de bronce, las guerras de Accio, aparecían, y toda Leucate podías ver hirviendo con Marte en formación y las olas refulgiendo en oro.

A este lado César Augusto guiando a los ítalos al combate con los padres y el pueblo, y los Penates y los grandes dioses, en pie en lo alto de la popa, al que llamas gemelas le arrojan las espléndidas sienes y el astro de su padre brilla en su cabeza.

En otra parte Agripa, con los vientos y los dioses de su lado guiando altivo la flota; soberbia insignia de la guerra, las sienes rostradas le relucen con la corona naval.

Al otro lado, con tropa variopinta de bárbaros, Antonio, vencedor sobre los pueblos de la Aurora y el rojo litoral, Egipto y las fuerzas de Oriente y la lejana Bactra arrastra consigo, y le sigue (¡sacrilegio!) la esposa egipcia.

Todos se enfrentaron a la vez y espumas echó todo el mar sacudido por el refluir de los remos y los rostros tridentes.

A alta mar se dirigen; creerías que las Cícladas flotaban arrancadas por el piélago o que altos montes con montes chocaban, en popas almenadas de mole tan grande se esfuerzan los hombres.

Llama de estopa con la mano y hierro volador con las flechas arrojan, y enrojecen los campos de Neptuno con la nueva matanza.

La reina en el centro convoca a sus tropas con el patrio sistro, y aún no ve a su espalda las dos serpientes. Y monstruosos dioses multiformes y el ladrador Anubis empuñan sus dardos contra Neptuno y Venus y contra Minerva. En medio del fragor Marte se enfurece en hierro cincelado, y las tristes Furias desde el cielo, y avanza la Discordia gozosa con el manto desgarrado acompañada de Belona con su flagelo de sangre.

Apolo Accíaco, viendo esto, tensaba su arco desde lo alto; con tal terror todo Egipto y los indos, toda la Arabia, todos los sabeos sus espaldas volvían. A la misma reina se veía, invocando a los vientos, las velas desplegar y largar y largar amarras.

La había representado el señor del fuego pálida entre los muertos por la futura muerte, sacudida por las olas y el Yápige; al Nilo, enfrente, afligido con su enorme cuerpo y abriendo su seno y llamando con todo el vestido a los vencidos a su regazo azul y a sus aguas latebrosas.

Mas César, llevado en triple triunfo a las murallas romanas, consagraba un voto inmortal a los dioses  itálicos, trescientos grandes santuarios por la ciudad entera. vibraban las calles de alegría y de juegos y de aplausos; en todos los templos coros de madres, aras en todos; ante las aras cayeron a tierra novillos muertos. Y él mismo sentado en el níveo umbral del brillante Febo agradece los presentes de los pueblos y los cuelga de las puertas soberbias; en larga hilera avanzan las naciones vencidas, diversas en lenguas y en la forma de vestir y de armarse.

Aquí la raza de los nómadas había labrado Mulcíber y los desnudos africanos; aquí los léleges, carios y gelonos con sus flechas; iba luego el Éufrates con corriente más calma, y los morinos, los últimos de los hombres, y el Rin bicorne, y los indómitos dahos y el Araxes rechazando su puente.

Todo eso contempla en el escudo de Vulcano, regalo de su madre, y goza con las imágenes sin conocer los sucesos, y al hombro se cuelga la fama y el destino de sus nietos”.

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