ARTE Y LITERATURA. Jardín de lirios, Van Gogh. Gabriela Mistral

“Ayer salí a caminar a la buena de Dios. Una pareja de campesinos me llevó hasta el sanatorio donde Van Gogh trataba de sanarse con soledad y con pinceles. Estuve caminando entre los lirios que él retrató con llamaradas de lapislázuli y turquesa. Sigue todo igual a como lo dejara, es decir, absolutamente cambiado para siempre: los pinos se retuercen como las lamentaciones de Isaías, el sol es de una gloria mayúscula y los cipreses cantan de pie como legiones arcangélicas.

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Me mostraron a lo lejos, el trigal donde se disparó al pecho. Y sentí de nuevo la vieja emoción ante los desesperados de la vida, terriblemente valientes, capaces de esa violencia contra sí mismos, a la que yo nunca pude, ni en esas horas o días en que mi vida fuera también un vórtice.

¡Qué extraño agonizar en medio de un trigo glorioso, bajo la luz potente que dobla los tallos! Menos raro fuera ir muriendo entre los sudarios de una niebla nórdica”.

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