
“En un verdadero estado de éxtasis vivía el joven Elías desde que el Maestro le escogiera para trabajar con él aquella pieza que, antes del primer brochazo, ya tenía el único título que podía tener, el mismo que en otras ocasiones había utilizado el pintor, tan vulnerable a sus obsesiones, tan complaciente con ellas: Los peregrinos de Emaús. «No me interesa el lado místico del relato, sino su condición humana, que es inagotable. Por eso vuelvo siempre sobre este pasaje, hasta que consiga domesticarlo, sentirlo definitivamente mío», le había explicado el pintor la tarde en que, apenas llegado el aprendiz, le comunicara su decisión. «Desde hace casi veinte años me obsesiona esa escena. La primera vez que la pinté hice de Cristo un espectro misterioso y del discípulo que lo reconoce un hombre asombrado… Ahora quiero pintar a unos tipos corrientes que tienen el privilegio de ver al hijo de Dios resucitado mientras este ejecuta la más común y la más simbólica de las acciones: partir el pan, un simple pan, no el símbolo cósmico del que habla tu jajám Ben Israel», recalcó. «Unos hombres comunes, llenos de miedo por las persecuciones que están sufriendo, en el instante en que su fe es superada por el más grande de los milagros: el regreso desde el mundo de los muertos. Pero sobre todo quiero pintar a un Jesús de carne y hueso, un Jesús que ha vuelto del más allá y ha caminado como ser vivo con esos discípulos hacia Emaús, y debe parecer tan humano y cercano como nunca nadie lo ha pintado. Más vivo que el del gran Caravaggio… Pero a la vez dueño de un poder. Y ese Jesús al que voy a reproducir como un hombre vivo va a tener tu cara y tu figura…» Entonces el Maestro, para comenzar a rodear su objetivo, le había propuesto al conmocionado Elías realizar un experimento: pintaría al óleo un tronie del joven judío -aquellos bustos habían sido la primera especialidad del Maestro, allá en sus remotos días de tanteos en su natal Leiden-, pues lo que más le interesaba era conseguir una patente expresión de humanidad en el rostro divino. Pero, y aquí dio el giro inesperado: lo harían a dos manos. Mientras él hacía el retrato de Elías, Elías haría su autorretrato, y entre ambos buscarían las profundidades carnales del hombre marcado por la trascendente condición de haber regresado de los dominios de la muerte y estar en un breve tránsito terreno, humano, antes de ir a ocupar su lugar junto al Padre”.
“Él quería, necesitaba, buscaba expresiones muy convincentes del rostro de Elías-Cristo en las cuales se respirara humanidad, solo la humanidad de un hombre, a pesar de su estirpe y misión en la tierra, a pesar incluso de ser un resucitado en la tremenda coyuntura de estar otra vez entre los mortales y pecadores. Esa misma tarde, en su libreta de apuntes -junto a la carpeta de dibujos y su archivo de obras desde hacía unos meses escondida en la casa del Maestro-, Elías trató de reproducir las palabras del hombre, obsesionado y vehemente: «No puede ser el Cristo de Leonardo, humilde y desasido, demasiado santo, demasiado dios respecto a los discípulos…, aunque vamos a ponerle la camisola roja de La última cena. Tampoco el de la primera Cena de Emaús de Caravaggio: demasiado bello y teatral, casi femenino…, también con su camisa roja. Debe parecerse más a la segunda estampa de Caravaggio, más hombre, más humano, aunque resultó bastante dramático y perfecto, como no podía dejar de ser tratándose de Caravaggio. Mi Cristo tiene que ser un hombre que, delante de otros hombres, revela su esencia a través de un gesto que hacemos todos los días, pero que en Él se convirtió en el símbolo de la eucaristía. El pan será un pan de los más corrientes, y corriente el acto de partirlo en pedazos antes de iniciar la cena… Sin misticismo, sin teatralidad… Humanidad, eso es lo que quiero, humanidad», había recalcado, casi furibundo, y añadido: «Y tú tienes que entregarme ese rostro y nosotros conseguir plasmarlo del natural». La idea del Maestro con las dos versiones era que Elías trabajase sobre la tabla, más dúctil con los pigmentos, y le ofreciera un rostro de Cristo con un leve perfil y la cabeza inclinada con suavidad, creando una línea de fuga que partiera de la barbilla, recorriera la nariz y, a través de la raya del cabello, alcanzara el ángulo superior derecho de la superficie. De este modo pretendía que se pudiera ver toda la mejilla cercana al espectador y el contorno completo de la interior, a la vez que marcaba una salida hacia lo infinito a partir de un gesto cotidiano. En aquella postura, la mirada, algo inclinada hacia abajo, debía expresar introspección. La luz tenía que ser uniforme, plena, y por eso había levantado las cortinas, buscando el paso libre de la densa luminosidad estival hacia el interior del estudio: su interés, en aquel momento, era el rostro y solo el rostro de un hombre. Y para que su propósito se concretara del mejor modo posible, el Maestro trazó sobre la tabla imprimada y vuelta a cubrir con el mismo gris mate la forma de la cabeza y la disposición de los hombros, hasta cuya altura llegaría el cabello. Mientras, su propio tronie de Elías-Cristo, que él ejecutaría sobre el lienzo, miraría casi al frente y, en el proceso de trabajo, decidiría el nivel de su mirada, aunque ya suponía que tendría una orientación diferente pero también debía estar dirigida hacia más allá de lo terrenal. Buscaría la mirada de alguien que, desde su humanidad, ya está viendo la gloria anunciada y que le fue sustraída por treinta y tres años durante los cuales tuvo que sufrir, como hombre, todos los dolores y frustraciones, incluidas la traición, la humillación y la muerte. «Como hombre…, el Hombre que en la cruz le había preguntado al Padre por qué le hacía pasar por aquellos trances.
Elías, consciente de cuanto ponía en juego, se aplicó a la labor. Siguiendo las orientaciones del Maestro, terminó de delinear el rostro, el pelo y la curva descendente de los hombros, para dejar el sitio de las facciones como reserva. Trabajó entonces en lo que sería el fondo, rellenado con el rojo-naranja matizado con aportes de ocre que tanto lo había intrigado, pues el Maestro no solía utilizarlo para esas funciones. Elías descubrió al fin el propósito del pintor: restarle profundidad a la pieza, darle una iluminación propia sin que se trabajaran fuentes de luz y ayudar a resaltar lo que sería el rostro. Más que a recortarlo, asomarlo hacia el espectador.
Elías pudo al fin ver el pequeño lienzo trabajado por el pintor y quedó deslumbrado: aquel rostro era el suyo, o no, en verdad resultaba ser más que el suyo, y por esa razón, a la vez no lo era. La mirada inclinada hacia arriba lo ponía a escudriñar a ninguna parte, o tal vez a un sitio que para los demás hombres podía ser ninguna parte, y por tal razón ofrecía una poderosa sensación de trascendencia, de ruptura de los límites humanos, para asomarse a lo infinito y lo desconocido. Sin duda se trataba de él mismo, Elías Ambrosius Montalbo de Ávila, pero renacido, diríase que divinizado en vida, gracias al pincel del Maestro”.