
A partir de
Tesis sobre una domesticación, Camila Sosa Villada
Una tormenta de celos; una domesticación que todo lo acepta. Y su contraparte: un amor cobarde; una domesticación que la mantiene alejada de quien realmente desea.
No para siempre.
Tal vez, por su manera de ser -ganada a golpes de un éxito, de una fama alcanzada desde los fondos de sus inicios, merecidamente-: satisfacer sus caprichos.
Pero, ¿cuáles eran esos caprichos?
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El capricho de una empresa imposible. Nuestra actriz, “rara vez piensa en sus caprichos. Los satisface”, y emprendió la empresa de protagonizar La voz humana de Jean Cocteau, que todos le dijeron sería un fracaso. Es un éxito.
Se desnuda en el escenario y vuelve a desnudarse en el camarín donde se mira, mira “su pene que cuelga pequeño entre las piernas, encogido por el frío, como sus pezones. Ella sonríe al ver su pito tan pequeño y retraído y se espanta por el tamaño de sus pezones”. Coge con el director y se va para su casa, con “su marido que la espera. Seguramente cocina a esta hora, tal vez la pasta prometida ya está lista. Y la otra es su hijo. Un niño lúcido y muy querido. Después están las plantas. Su estudio, los libros, los recuerdos de viaje que trae consigo y que pone a juntar polvo en las estanterías”.
El capricho del marido homosexual. Se conocieron con su marido, “la actriz comenzaba a expandir su poder sobre él. Y era de la única forma que entendía la atracción por los hombres. No como un acontecimiento sentimental, no como un asunto hormonal, sino como una cuestión de poder. De sometimiento del mundo privado de los hombres que se le acercaban”.
El capricho de la adopción. Aunque era, también casi una cruzada travesti: “Ya había en el país antecedentes de madres adoptivas travestis. Luego de tantas crisis económicas, aparecía un huérfano nuevo cada día. Las familias empobrecían, los niños se escapaban del alcoholismo de sus padres, muchas veces a los adultos se los tragaba la tierra, también morían de hambre, de rebrotes de sarampión, de los virus recientes para los que el cuerpo aún no encontraba anticuerpos, las pestes para las que aún no había vacunas. Las travestis se ocupaban de ese tendal de niños sin padre ni madre que boyaban por la ciudad. Cuando desde los medios de comunicación salían a la caza de la opinión pública —¿Usted cree que es posible que las travestis se hagan cargo de la vida de un niño? ¿Cree que pueden ser niños sanos? ¿Acaso no están condenados los niños a la homosexualidad? ¿Los violarían? ¿Sabrán dar amor?—, las personas respondían que el mundo se encontraba en tal proceso de devastación, tal podredumbre, que era mejor el amor venido de esas madres que el desamor. No era una novedad que las travestis se prostituían para mantener a sus hermanos menores, para enviar dinero a sus casas en provincias lejanas u otros países. Daban ese dinero a sus sobrinos, a los hijos de sus amigas. Tías, madres postizas, madrastras, nadie desconocía que, desde hacía muchos años, muchísimos, las travestis ocupaban el rol que nadie en este mundo podía o quería ocupar, ni siquiera el Estado, que son esos afectos sin nombre, sin estatuto, esos afectos inclasificables en los que vivían todavía las travestis. Madres de nadie, hijas de nadie, amores de nadie, vecinas de nadie, tías de nadie”.
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Parecía ya domesticada por esta familia.
El marido puto otra vez con el venezolano. Ya una vez ella rompió todo en pedazos por lo mismo. Pero, domesticada, “ella actúa como una esposa que nunca terminará de agradecer lo suficiente por esta vida doméstica. Pero, al igual que en el teatro, un monólogo paralelo sucede mientras finge ser otra”.
Está ahí, por ejemplo, esa atracción y ese amor mutuo con el director de su obra. Pero hay algo más.
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La actriz, de su madre, “había sido una gran discípula en el arte de enloquecer a un hombre. Había aprendido que no era el amor, que no era la rutina o los días de despertar junto al otro lo que importaba, sino la satisfacción de tener a un tipo con quien jugar y confundir. El arte de quitarle a un hombre cualquier punto de apoyo, herirlo, hacerle promesas, amenazarlo, dibujarle un mundo que se podía destruir con un suspiro”.
Aunque parecía que seguía ejerciendo ese arte, en realidad no. Estaban allí, su marido y su hijo, “encadenándola a la ternura. No el de una travesti casada con un tipo que la aburre y asfixia intentando domesticarla”.
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Se había repetido que ella no amaba. Era, tal vez, el único capricho que no reconocía como tal. Y que le impedía dejar que la amaran los únicos que la amaban.