Escribidora, de Dana Hart

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Escribidora, de Dana Hart

[Si Molly Bloom nos muestra el fluir de la conciencia de una mujer irlandesa de inicios del siglo XX, encontramos aquí, en nuestra autora entera más que en un, este, texto en particular: el fluir de miles de conciencias de mujeres a inicios del siglo XXI, hecho de palabras, emociones, experiencias. Y de una hechura que pareciera definirlas].

Recorremos días en su vida, hecha de muchas vidas, de otras y de otros. De sucesos que se suceden sin conexión entre ellos [¿o sí?: esa conciencia fluyendo, que no es un monólogo, es un registro, de un suceso sucediendo al otro, y, debajo de la superficie, una búsqueda, de un significado, desesperada búsqueda, desesperado significado]. Un niño enojado por su frustración. Una repentina enfermedad que, rara, va, viene y logra ser controlada, a tal punto que, personificada, es bautizada. La vida cotidiana, como la vida [sí, hace falta aclararlo, extrañamente], con sus violencias y sus luchas: balaceras en que niñas y niños son víctimas; obreros en busca de un fantasma que no encuentran, y un fantasma en busca de aquellas personas que lo invocaron para olvidar su invocación.

Aunque, tal vez, todo esto “no importe. Escribir bien, escribir mal. Ser escritora o escribidora. ¿A

quién le interesa? El tiempo borrará los daños, pero no las huellas que dejan las palabras”.

Pero recordémoslo, recordátelo: el tiempo no borrará las huellas de nuestras palabras.

[Es que, como Pedro Camacho, el escribidor de Vargas Llosa, “el Napoleón del Altiplano”, “el Balzac criollo”, fue, con sus melodramas radiales, el único de todo aquello mundillo literario que “sólo vivía para escribir”].

Por eso no hay que lamentarse con ese lamento que no se resigna a ese amor que interrumpe intempestivo queriendo detener el fluir de esa conciencia hecha de muchas conciencias para detenerla y fijarla con sus dolores; ese lamento, parecer “estar hecha de papel”.

[Todos, un poco, y un mucho, estamos hechos de palabras, de los cuentos que nos contamos a nosotros mismos. Ese algo de todos nosotros que tenía el último Borges [no el primero]: “ya estoy perdiendo la memoria, pero guardo lo mejor, que son, no mis experiencias personales, sino los libros que he leído”: dándole otra vuelta de tuerca a las cosas].

Están allí, en sus días -sólo en los muchos días puede haber un fluir de la conciencia [como no puede haber diez, o veinte, años de Ulises, de Odiseo, en un sólo día]- esa estructura [que, como Joyce supo, y exageró] requiere de palabras nuevas: las “patri-arcadas”, asolando.

Sí, porque las patri-arcadas asolan.

“¿Te pareció que hablé? Porque yo no me escucho … ¿Te pareció que fui? Porque yo no me vi irme … ¿Te pareció que hay alguien? En la casa vieja dela esperanza. Porque cuando golpee no abrió

Nadie … ¿Te pareció que estaba? Porque a mi me pareció que no había nadie”.

Las patri- arcadas asolan, asolan las patri- arcadas.

Agatha. Abandono y soledad. Una pera para comer en todo un día. Unos ojos desorbitados. Una deuda por pagar, y los obligados modos de pagarla, y las sensaciones que quedan después, que son otras que las pensadas; así es el mundo. Pero no es esto lo importante.

Pero es Agatha y son Dolores, Dafne, Ingrid, Faby, Stefany, Arlene, Angela, Lucita, May, Abi, Amunay, Gabriela, Flor, Javiera, Mahanpa, Haze, Cata, Layla, Velia, Cora, Violeta …

Las patri- arcadas asolan, asolan las patri-arcadas.

“Hoy en día está muy de moda hablar del tema de la víctima, quienes han sufrido graves cuestiones, se habla de sobrevivientes, y esto está bien, pero yo me reivindico víctima. La gente dice a menudo “no te victimices”, o usan esa expresión, hay memes también, contra la mentalidad de víctima, yo estoy en contra, totalmente en contra de esa idea, yo me reivindico víctima. Fui víctima, soy víctima y seguiré siendo víctima, de muchas cosas, de la sociedad, de una infancia cruel, de haber comido una sola pera en todo el día, de la ausencia, del abandono, de ser mamá sola en el mundo, me reivindico víctima, como una bandera. Y no, no tengo esperanzas, ni sueños, ni deseos, justamente por eso”.

[Claro, claro. Audaz, valiente afirmación. Es que hoy, que se escuchan aquellas voces que no quieren hablar ni oír hablar de literatura de mujeres, pero cómo, cómo si siguen habiendo -pareciera que unas menciones borraran el silencio dominante- víctimas y victimarios; algo de esto hablamos aquí.

Las patri- arcadas asolan, asolan las patri-arcadas.

Víctimas sí; que no quiere decir cautivas.

Hay una revelación, que como toda revelación es verdadera y misteriosa; es insuficiente y colma.

“Sólo una mujer podría decirte con seguridad esto, pero yo, lo único que deseo, y me lo quedé pensando porque cuando volvía a casa vi pasar una estrella fugaz, y una pide un deseo rápidamente, sin pensar, sin meditar profundo en qué deseo pedir, sino que simplemente, pasa, lo pide, rápido y fugaz, y yo, ¿te imaginas qué pedí? Pedí que mi hijo fuera feliz. En realidad, es mi único deseo, y pienso que eso en algún punto me hace grande, me hace lo más grande, porque hay quienes desean fama, fortuna, riquezas, ser conocidos, que les hagan una estatua en la puerta, que les lleven un queque, que les carguen la Bip, y la verdad que yo no, que solamente deseo la felicidad de otro ser humano. ¿Es noble eso, o no? No creo que el padre de nadie tenga ese deseo tan realista, tan patente como lo tiene una mamá, cuando pasa una estrella fugaz rápidamente y solo tiene un segundo para pensar. Le había dado vueltas todo el día, a ese tema, de los deseos, las ilusiones, y una sola estrella fugaz, que pasó sobre mi cabeza, sin que nadie más la viera, o al menos eso creo, y el pensamiento se definió en mi cabeza, se detuvo y se quedó quieto, como la muchacha que se pone en el centro del zamba, la felicidad de mi hijo, es lo único que yo deseo”.

No, que no quiere decir cautivas; porque acaso esperanzadamente entre la desesperación; porque acaso alcanzando el fluir de la conciencia que Molly Bloom creyó haber encontrado hablándose de sí misma a sí misma a través de la conciencia de muchas otras; pueda alcanzar esa felicidad propia deseando noblemente la felicidad del propio hijo, de la propia hija.

No quiere decir cautivas.

Que acaso de amor y de dolor estamos hechos todos, quien más, quien menos. Todos en esa hechura.

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