
A partir de
Caterina, de Carlo Vecce
Leeremos, podremos ver también (sin mucho esfuerzo), “cosas que casi no puedo creer, aventuras que podrían leerse en una novela o escucharse en un cantar de gesta, pero no creo que sea todo invención de la fantasía … Tiene que haber un fondo de verdad, que se modifica mediante formulaciones fabulosas que me parecen tan extrañas porque provienen de su manera de ver el mundo, y de vernos a nosotros”. Sí, de ese mundo, y de ese tiempo, tan lejanos ya; tan presentes de manera misteriosa.
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Ekaterini, princesa bárbara, y libre.
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Allá, en valle del Psoz “mi hija, de ojos azules y pelo largo y rubio … Ni siquiera sabía cómo se llamaba, e Irina se adelantó a la pregunta susurrando el nombre con el que la llamaban, Wafa-naka, Ojos de Cielo, porque los suyos eran de un azul profundo como los de su madre y su padre. Recordé con dolor lo azul que estaba el cielo sobre el claro el día que Theshxwe el Todopoderoso me había arrebatado a la mujer que amaba y me había dado una hija en lugar de un primogénito varón”, cuando el mismo día de su nacimiento murió su madre y él, el príncipe Yakov, partió a la guerra, regresando seis inviernos después. La bautizó como Ekaterini, Katiusha para su nodriza rus Irina, y volvió a partir a la guerra para regresar nuevamente otros seis inviernos después. La muerte y la guerra signaba sus vidas.
Aprendió esos años el cuidado de la tierra, del fuego del hogar, a hilar. Aprendió también “un arte que en nuestro pueblo estaba reservado únicamente a los chamanes, porque capturar la silueta de un ser vivo es como capturar su alma: el arte de reproducir figuras con líneas, utilizando una piedra roja friable o un trocito de carbón sobre un retal de lino, o bien grabándolas en cualquier superficie, una piedra lisa o una tabla de madera, con la punta del cuchillo o con obsidiana. Eran las mismas figuras de animales fantásticos que se veían en las alfombras o en el velo dorado, entrelazadas con complejos motivos estilizados de plantas y flores. La abuela tenía una gran habilidad para reproducirlos con una piedra roja sobre grandes pañuelos de lino que servían de modelo para los tejidos que hacían las demás mujeres. Tal vez a ella, que no hablaba, comunicarse a través de las imágenes le resultaba mucho más fácil que con las palabras”. Aprendió la caza y su abuela le entregó ropa de niño. A su vuelta, su padre le enseñó el uso del arco y la flecha, del cuchillo. Y le enseñó también mirando el cielo “lleno de estrellas, aquellas luces lejanas, que eran las almas de los antepasados. También debían estar allá en lo alto nuestras antepasadas más antiguas, las mujeres guerreras, cuyas hazañas se narraban en las leyendas, mujeres libres, vestidas como hombres, que luchaban y cazaban a caballo, armadas con arco y jabalina. No eran mitos, añadí: yo mismo había encontrado sus tumbas en Koban, y había visto, junto a los esqueletos, las espadas y los yelmos. Su adalid se llamaba Amezan, que significaba madre del bosque sagrado de la diosa Maza, la diosa de la luna. No podían casarse hasta que hubieran matado al menos a un hombre en batalla”. Pero su padre parecía quería entregarla en matrimonio, triste Ekaterini pensaba que “tal vez la libertad fuera el mayor bien solo para los hombres, no para las mujeres. Ella no quería casarse con nadie. Quería seguir siendo libre para siempre, con su padre, a caballo, bajo las estrellas, entre las montañas”.
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Caterina, esclava inocente y luminosa. Extraordinaria maestra del dibujo.
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Combaten juntos, padre e hija; son derrotados, muere el padre, enfrentados a una partida de la ciudad comercial de Tanais, la más lejana colonia veneciana, de esta partida es Iosafà Barbaro, apodado Yusuf, rico ciudadano de la República, devoto de Santa Caterina, que los vencen y, vestida de muchacho, Ekaterini es entregada como botín a Yusuf, a quien se la roba su sirviente y la vende al capitán del barco Santa Caterina, el genovés Termo da Sarzana, que zarpa, pasando por la colonia genovesa de Matrega donde está su protector y amigo el judío Simone, rumbo a Constantinopla, y que al ver que es una joven decide protegerla, cortarle el pelo, recomendar siga vistiendo de muchacho y a quien llama Tainin para que su tripulación no reconozca a la mujer que hay debajo. Al llegar a Venecia, se la vende a bajo precio al comerciante veneciano Iachomo Badoer, que la une a su otra esclava, la rusa María, que la llamará Katiusha, la cuidará y se amarán en secreto; y el hermano, Ieronimo Badoer, al frente de la rica familia quiere poner un taller clandestino para emitir calderilla barata, monera falsa, para con malas artes eludir la crisis financiera que asola a Italia, poniendo a cargo de esta misión a Donatus Philippi de Silvestro, que lo que quería era un taller para hilar ricas telas de seda y finos hilos de oro y plata, y como una de sus esclavas para este taller a Caterina que, extraordinaria dibujante, daría los diseños de las telas de Donatus, y despertaría la admiración de todos; pero otro esclavo del taller intenta violarla, Donatus la salva, huyen los dos, el esclavo, igual que Caterina, igual que el taller, era propiedad de Ieronimo Badoer; los persiguen una ballesta hiere a Donato, ahora es ella quien lo salva a él, y llegan a Florencia, se refugian en la casa de su infancia y llega Ginevra el amor de siempre de Donato para sanarlo. Viven juntos, Caterina con ella. Llega un día, “de un pueblucho más allá de Mont’Albano, entre Arno y Valdinievole. ¿Cómo se llama ese pueblo del que viene? Ah, sí, me parece que se llama Vinci”, un notario para ayudarles, ya viejos, a poner sus papeles en orden; y dejar embarazada a Caterina, su hijo entregado, para evitar el escándalo al Orfanato de los Inocente, y entonces la arriendan como nodriza para amamantar a la recién nacida hija del cavaliere Francesco Castellani y Lena, María, a cuya casa llega ser Piero da Vinci, vuelve a quedar embarazada y, esta vez, se la lleva secretamente con él.
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Caterina, mujer libre, madre de Leonardo da Vinci.
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Y nació, el 14 de abril de 1452, y fue bautizado ese hijo ilegítimo como Leonardo. “El nombre del santo que libra de las cadenas, que libra de la esclavitud, para que le dé la gracia suprema que todo ser humano anhela: la gracia de la libertad”. Y poco después, consigue la manumisión de Caterina: recupera su libertad y con ello su dignidad humana: ya no es esclava. Donato, quien le debe la vida y la quería como un padre les dice a todos: “Caterina es libre, siempre ha sido libre desde que él la conoce, más libre que cualquiera de las personas que están en esta sala, libre de prejuicios, de leyes, de maldad, de mezquindad, de las infinitas cadenas que nos hacen a cada uno esclavos de lo peor de nosotros mismos. Caterina le regaló a él, a Donato, la vida y la libertad, en un momento en que estaba a punto de perder tanto una como la otra. Y probablemente nos ha regalado a muchos de nosotros en esta sala la alegría de vivir y el amor, libremente, sin cálculo ni interés”.
Caterina murió un 26 de junio del año 1494, cuidada por su hijo Leonardo que tanto la amaba, y que por primera vez pudo llamarla mamá.
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De aquellas tierras, encuentro de mundos donde pululan, viven, transitan venecianos, genoveses, turcos, judíos, griegos, rusos, cabardinos, circasianos, tártaros; unos, comerciantes, que hacen circular todas las monedas: ducados de oro o cequíes venecianos, besantes de oro, ducados, torneses, ásperes de plata de Caffa, Tanais, Trabesonda, dirhams, ducados y aspros turcos; otros, piratas, soldados, aventureros, esclavistas, marineros, curas, banqueros, prestamistas, especuladores, contratistas; de esas tierras bulliciosas, prometedoras, peligrosas, venía con sus bravuras y desventuras, Caterina.
“Pensaría casi que se trata de una novela, de no tener la certeza de que es una historia real”.
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Caterina, princesa bárbara, esclava, mujer libre, madre de Leonardo da Vinci.
Caterina, todas las mujeres.
“Aquí todo se mueve gracias a las mujeres, son ellas las que hacen avanzar la historia, las que proporcionan amor y alegría, las que acogen en su cuerpo el misterio de la vida, las que nos alimentan durante nueve meses en total simbiosis y luego nos dan a luz con sufrimiento, y nos siguen alimentando y acompañando en el camino, llevándonos en sus brazos y luego de la mano, enseñándonos a caminar, a hablar, a pensar, a amar. Que ellas, las mujeres, no son seres inferiores y sometidas como siempre han creído y exigido los varones, sino criaturas infinitamente más libres y sensibles que nosotros. En cada una de ellas refulge una chispa de esa belleza que resplandece entera solo en la corte del paraíso. La belleza que nos salvará. Si todavía hay posibilidad de salvación, solo una, en esta tierra, para esta humanidad enferma, pasa a través de la mujer”.
(Alfaguara. Traducción de Carlos Gumpert)