Pierre Menard autor del Quijote [en Tlon], de Borges

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Pierre Menard autor del Quijote [en Tlon], de Borges

Sabemos de esta obra, “la interminablemente heroica, la impar”, la obra invisible de Pierre Menard, inconclusa, “tal vez, la mas significativa de nuestro tiempo”, que escribió los capítulos IX y XXXVIII de la Primera Parte del Don Quijote y un fragmento del capítulo XXII. “No quería componer otro Quijote -lo cual es fácil- sino el Quijote”.

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[Por eso dista de lo que aquí recorrimos. Dista de “esos libros parasitarios que sitúan a Cristo en un bulevar, a Hamlet en la Cannebiere o a Don Quijote en Wall Street. Como todo hombre de buen gusto, Menard abominaba de esos carnavales inútiles, sólo aptos -decía- para ocasionar el plebeyo placer de anacronismo o (lo que es peor) para embelesarnos con la idea primaria de que todas las épocas son iguales o de que son distintas”].

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Entonces, “inútil agregar que no encaró nunca una transcripción mecánica del original; no se proponía copiarlo. Su admirable ambición era producir unas páginas que coincidieran -palabra por palabra y línea por línea- con la de Miguel de Cervantes”.

Como método, intentó -simbolista francés- “conocer bien el español, recuperar la fe católica … ser Miguel de Cervantes”. Lo descartó: “ser, de alguna manera, Cervantes y llegar al Quijote le pareció menos arduo -por consiguiente, menos interesante- que seguir siendo Pierre Menard y llegar al Quijote, a través de las experiencias de Pierre Menard”.

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¿Puede la escritura, dar un Don Quijote idéntico?

“Es una revelación cotejar Don Quijote de Menard con el de Cervantes. Éste, por ejemplo, escribió (Don Quijote, primera parte, capítulo IX):

… la verdad, cuya madre es la historia, émula del tiempo, depósito de las acciones, testigo de lo pasado, ejemplo y aviso de lo presente, advertencia de lo porvenir.

Redactada en el siglo XVII, redactada por el ‘ingenio lego’ Cervantes, esa enumeración es un mero elogio retórico de la historia. Menard, en cambio, escribe:

… la verdad, cuya madre es la historia, émula del tiempo, depósito de las acciones, testigo de lo pasado, ejemplo y aviso de lo presente, advertencia de lo porvenir”.

No puede. Aunque, como vemos, alcanzó su propósito.

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¿Puede la lectura, dar un Quijote idéntico?

“El Quijote’, me dijo Menard, ‘fue ante todo un libro agradable; ahora es una ocasión de brindis patriótico, de soberbia gramatical, de obscenas ediciones de lujo’”.

Allá, reíamos; acá, celebramos la gloria de las letras españolas.

No, tampoco puede.

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Hay otro, que no es ni el Quijote, ni Cervantes, ni el texto.

‘Todo hombre debe ser capaz de todas las ideas’, escribió Menard. (Y que, “(acaso sin quererlo) ha enriquecido mediante una técnica nueva el arte detenido y rudimentario de la lectura: la técnica del anacronismo deliberado y de las atribuciones erróneas”).

Ese otro es el ser humano, cada persona, queriendo ser capaz de todas las ideas, habitar todos los mundos, ser todos.

[La lectura es el canal, el medio, el cómo lograrlo].

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Vamos con Menard a Tlon.

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En la quinta de la calle Gaona en Ramos Mejía, un espejo, que todo lo duplica. Y otro libro que es idéntico a otro más. En esa misma quinta está allí la enciclopedia “The Anglo- American Cyclopaedia (New York, 1917) y es una reimpresión literal, pero también morosa, de la Encyclopaedia Britannica de 1902”.

A su vez, ninguna edición conocida de la The Anglo- American Cyclopaedia tenía esa entrada que les llamó la atención, sólo en la edición de Bioy Casares, en la que conocieron de “esa región indocumentada”, Uqbar; de Uqbar supieron que su literatura “era de carácter fantástico y que sus epopeyas y sus leyendas no se referían jamás a la realidad, sino a las dos regiones imaginarias de Mlejnas y de Tlön”.

El inconcebible Tlon fue descrito en la First Encyclopaedia of Tlön. Vol. XI Hlaer to Jangr. “¿Quiénes inventaron a Tlön? El plural es inevitable, porque la hipótesis de un solo inventor ha sido descartada unánimemente”. Coincide esto con la filosofía de Tlön que “afirma que hay un solo sujeto, que ese sujeto indivisible es cada uno de los seres del universo y que éstos son los órganos y máscaras de la divinidad. X es Y y es Z”. Coincide esta idea a su vez con “los hábitos literarios en que también es todopoderosa la idea de un sujeto único. Es raro que los libros estén firmados. No existe el concepto del plagio: se ha establecido que todas las obras son obras de un solo autor, que es intemporal y es anónimo”.

Fue una invención.

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Una invención intrusa. Años más tarde, la princesa de Faucgny Lucinge recibe de Poitiers su vajilla de plata. Va sacando del cajón los objetos, y aparece uno que no reconoce con un grabado con la letras de Tlön. “Tal fue la primera intrusión del mundo fantástico en el mundo real”.

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Acaso sin saberlo eso hizo Menard. Introdujo en el mundo real al Don Quijote confirmando la filosofía de Tlön, cada persona es todas las personas, no hay plagio, cada obra es todas las obras; escribió un Quijote idéntico.

Mera replica el Quijote apócrifo, Menard radicaliza al licenciado Avellaneda, genuino borramiento de las fronteras entre ficción y realidad. Don Quijote es Alonso Quijano que es Cervantes que es Menard que es Borges; que es lo mismo que decir que la ficción es la realidad que es otra ficción. ¿O acaso no nos informó la literatura fantástica de Uqbar de la obra de Johannes Valentinus Andreä y que “un par de años después, di con ese nombre en las inesperadas páginas de De Quincey (Writings, decimotercer volumen) y supe que era el de un teólogo alemán que a principios del siglo XVII describió la imaginaria comunidad de la Rosa- Cruz -que otros luego fundaron, a imitación de lo prefigurado por él”?, ¿que “siglos y siglos de idealismo no han dejado de influir en la realidad”?, ¿y que (es el reverso de esto) “una doctrina filosófica es al principio una descripción verosímil del universo; giran los años y es un mero capítulo -cuando no un párrafo o un nombre- de la historia de la filosofía”?

El Quijote del licenciado Avellaneda, desembozada, amenazante, infértil réplica. La mujer Quijote de Charlotte Lennox, fértil recreación, contenida sí, con los mandatos de género, a aventuras sólo imaginarias. La historia de las aventuras de Joseph Andrews, de Henry Fielding, fértil modelo, ante- Quijote, espada enfundada de la ingenua bondad humana fundada en la lectura infértil para la realidad que nada le enseña, figura de Alonso Quijano, el Bueno. El Quijote de Salman Rushdie, segundo acto supremo de cervantismo, diluyendo las fronteras entre ficción y realidad, que se despliegan simultáneamente, superpuestas, unas invadiendo a las otras, para, finalmente, reconstituirlas. El Don Quijote de Borges es el primer acto de cervantismo, no sólo borroneando las fronteras entre ficción y realidad, sino haciendo de la realidad el resultado de la ficción que la invade. Como el Quijote que recorriendo La Mancha era un caballero andante que fundaría una literatura, y, con ello, un mundo.

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